CAPÍTULO 38: EL CONSEJO DE GUERRA
La noticia del inminente ataque del Recolector se extendió por el valle como un reguero de pólvora.
En cuestión de horas, la atmósfera de esperanza y celebración que había reinado las últimas semanas se transformó en una tensión palpable, casi física. La gente se miraba unos a otros con preguntas en los ojos, preguntas que nadie sabía responder. ¿Podrían defenderse? ¿Estaban preparados? ¿Valdría la pena todo lo que habían construido si al final iban a ser destruidos?
Lian convocó un consejo de emergencia en la casa comunal. Esta vez no solo asistieron los líderes del valle, sino también representantes de los nuevos enclaves satélite, los exploradores más experimentados, y algunos de los refugiados que habían llegado en las últimas semanas y que, por sus historias, podían aportar información valiosa.
La sala estaba abarrotada. La gente se apretujaba en los bancos, de pie contra las paredes, incluso asomada por las ventanas. Todos querían oír, todos querían saber.
Lian tomó la palabra cuando el murmullo se apagó.
—El Emisario ha venido a advertirnos —dijo, con voz grave pero serena—. El Recolector no ha muerto. Solo se ha retirado para recuperar fuerzas. Y cuando vuelva, no vendrá solo. Traerá un ejército de seres de las sombras, antiguos como él, que los cielos sellaron hace milenios.
Un silencio absoluto se instaló en la sala.
—¿Qué clase de seres? —preguntó alguien desde el fondo.
—No lo sabemos con certeza. Pero según el Emisario, son criaturas anteriores a los cielos, anteriores al sistema de destinos. Seres que existieron en el Caos Primordial, antes de que hubiera orden.
—¿Y podemos vencerlos?
—No lo sé. Pero lo intentaremos.
Otro silencio. Luego, una voz temblorosa:
—¿No podemos huir? ¿Escondernos en algún lugar que no encuentren?
—No —respondió Lian con firmeza—. Si huimos, nos perseguirán. Si nos escondemos, nos encontrarán. El Recolector quiere el pergamino en blanco, y no descansará hasta obtenerlo. La única opción es enfrentarlo.
—Pero... pero somos mortales. Ellos son dioses, o algo parecido.
—No son dioses. Seres poderosos, sí. Pero nosotros tenemos algo que ellos no tienen.
—¿Qué?
—Unidad. Propósito. Amor. Y el pergamino, que ya no está en blanco, sino que lleva escrita la palabra "Esperanza". Eso cuenta.
Mei se levantó y se colocó junto a Lian.
—Yo he luchado contra cultivadores, contra bestias, contra cazadores —dijo—. He perdido a gente que quería. He visto morir a mi padre. Pero nunca, nunca me he rendido. Y no voy a rendirme ahora. Porque esto que hemos construido, este valle, esta gente, vale más que mi vida. Y si tengo que darla para protegerlo, lo haré con alegría.
Yue se levantó también, su pelaje plateado brillando a la luz de las antorchas.
—Las bestias hemos sido perseguidas durante milenios —dijo—. Nos han cazado, nos han esclavizado, nos han exterminado. Pero seguimos aquí. Porque somos más fuertes de lo que creen. Porque cuando nos unimos, somos imparables. Y ahora, humanos y bestias lucharemos juntos. Como iguales.
Shen se puso en pie lentamente, apoyado en su bastón.
—He dedicado mi vida al estudio de las inscripciones —dijo—. He visto el poder de la palabra escrita, el poder de la voluntad, el poder de la verdad. Y os digo: el Recolector puede ser antiguo, puede ser poderoso, pero no conoce la verdad. No conoce el amor. No conoce el sacrificio. Y eso, al final, es lo que determina una batalla.
Uno a uno, otros líderes se levantaron. Zhen, con su cojera, se puso de pie con esfuerzo. Kenji, Lina, los hermanos Taro y Hana, y tantos otros que habían luchado y sobrevivido. Todos se pusieron de pie.
La sala entera se puso de pie.
Lian sintió que los ojos se le humedecían.
—Entonces, preparemos la defensa —dijo—. No será fácil. Morirá gente. Pero si tenemos que morir, que sea luchando. Por lo que amamos. Por lo que hemos construido.
La asamblea terminó con un rugido de aprobación.
Los días siguientes fueron de actividad frenética.
Se organizaron turnos de vigilancia las veinticuatro horas. Se cavaron trincheras en los accesos al valle. Se almacenaron armas, talismanes, provisiones. Los herreros trabajaban sin descanso forjando puntas de lanza y hojas de cuchillo. Los curanderos preparaban vendas, ungüentos, pociones.
Lian apenas dormía. Pasaba las noches estudiando el pergamino, buscando en él algún secreto, algún poder oculto que pudiera inclinar la balanza. La palabra "Esperanza" brillaba suavemente en la oscuridad, como una estrella lejana.
—No lo fuerces —dijo Shen una noche, encontrándolo absorto en sus pensamientos—. El pergamino es un reflejo de ti. Si te esfuerzas demasiado, solo obtendrás frustración.
—¿Y si no es suficiente? —preguntó Lian—. ¿Y si todo esto, todo lo que hemos hecho, no basta para detenerlo?
—Entonces habremos vivido. Habremos amado. Habremos luchado. Eso es más de lo que muchos pueden decir.
—Pero quiero más. Quiero que ellos vivan. —Señaló el valle, las cabañas donde la gente dormía—. Quiero que los niños crezcan, que los ancianos mueran en paz, que los jóvenes encuentren su camino. Quiero que todo esto no desaparezca.
—Y lucharás por ello. Como siempre. Pero el resultado no depende solo de ti. Depende de todos. Y todos están dispuestos.
Shen se retiró, dejando a Lian solo con sus pensamientos.
La luna brillaba alta en el cielo. El valle dormía. Pero Lian no podía.
Una sombra se movió a su lado. Mei.
—¿No duermes? —preguntó.
—No puedo.
—Yo tampoco. Demasiados pensamientos.
Se sentaron juntos, mirando las estrellas.
—¿Crees que lo lograremos? —preguntó Mei.
—No lo sé. Pero lo intentaremos.
—Eso es lo que siempre dices.
—Porque es lo único que puedo decir. Lo único que sé hacer.
Mei apoyó la cabeza en su hombro.