CAPÍTULO 39: LA BATALLA DEL VALLE
La primera oleada de sombras chocó contra las defensas del valle como una ola contra un acantilado.
Los arqueros lanzaron una lluvia de flechas, cada una grabada con pequeñas inscripciones que Shen había preparado durante días. Al impactar contra las criaturas, las flechas estallaban en diminutas explosiones de luz, disolviendo las sombras en chispas de oscuridad. Pero por cada sombra que caía, dos más ocupaban su lugar.
—¡No cesan! —gritó Kenji desde su posición en la ladera—. ¡Son demasiadas!
—¡Mantened la formación! —respondió Lian, con el pincel en una mano y el pergamino en la otra—. ¡No dejéis que os rodeen!
Las criaturas eran de todas las formas imaginables. Algunas parecían lobos hechos de tinieblas, con ojos rojos que brillaban en la penumbra. Otras tenían forma humana, pero alargada, distorsionada, como si la oscuridad se hubiera estirado para crear brazos y piernas demasiado largos. Y otras no tenían forma definida, eran solo masas de negrura que se deslizaban por el suelo, buscando pies que atrapar.
Mei estaba en primera línea, su fuego bailando a su alrededor como un escudo viviente. Cada vez que una sombra se acercaba demasiado, una llamarada la reducía a cenizas. Pero el esfuerzo era agotador. Su núcleo, aunque más fuerte que antes, tenía límites.
—¡Lian! —gritó, mientras incineraba a tres criaturas a la vez—. ¡No puedo mantener esto para siempre!
—¡Lo sé! ¡Aguanta un poco más!
Yue se movía como un relámpago plateado entre las filas enemigas, sus pezuñas y cuernos segando sombras a cada paso. Pero incluso su velocidad legendaria comenzaba a flaquear. Las criaturas eran demasiadas, y cada vez se acercaban más al centro del valle.
Shen, desde una posición elevada, coordinaba a los inscriptores que había entrenado en los últimos meses. Jóvenes y adultos lanzaban talismanes, trazaban caracteres en el aire, creaban pequeñas barreras de luz que frenaban el avance enemigo. Pero también ellos se agotaban.
—¡Lian! —la voz de Zhen llegó desde la retaguardia—. ¡Los heridos empiezan a llegar! ¡Xian no da abasto!
—¡Enviad a los que puedan caminar a las cuevas! —respondió Lian—. ¡Los que no, que los curanderos hagan lo que puedan!
La batalla se prolongó durante horas. El sol, que apenas había asomado al comenzar, ahora estaba alto en el cielo, pero su luz parecía no afectar a las criaturas de sombra. Avanzaban, siempre avanzaban, implacables.
Lian usaba el pergamino una y otra vez, escribiendo órdenes, creando barreras, deshaciendo sombras con la palabra "Esperanza". Pero cada uso le costaba. La sangre comenzó a manar de su nariz, de sus oídos. Las visiones volvían, fragmentos de otros tiempos, otras vidas.
—¡Lian, para! —gritó Mei, viéndole tambalearse—. ¡Te estás matando!
—Si no lo hago, nos matan a todos —respondió él, con la voz quebrada.
Entonces ocurrió.
Una sombra más grande que las demás, una masa de oscuridad del tamaño de una casa, emergió de entre las filas enemigas. No tenía forma definida, solo un remolino de tinieblas que absorbía la luz a su alrededor. Donde pasaba, la tierra se volvía gris, las plantas se marchitaban, el aire se helaba.
—¿Qué es eso? —preguntó Yue, retrocediendo instintivamente.
—Uno de los antiguos —respondió Shen, con terror en la voz—. Un señor de las sombras. De los que los cielos sellaron hace milenios.
La criatura avanzó hacia ellos. Los guerreros que intentaron detenerla fueron disueltos en el acto, sus cuerpos convertidos en polvo gris. Los arqueros lanzaron flechas que se desintegraron antes de tocarla. Las inscripciones de Shen rebotaron en su superficie como si fueran agua contra una roca.
—¡Retirada! —gritó Lian—. ¡Todos a las cuevas!
—¿Y tú? —preguntó Mei.
—Yo me quedo.
—¡No!
—¡Tengo que hacerlo! El pergamino... es la única esperanza. Si puedo alcanzarlo, si puedo escribir sobre él...
—¡Morirás!
—Lo sé. Pero si no lo intento, moriremos todos.
Mei lo miró. En sus ojos vio la misma determinación de siempre, el mismo fuego que la había salvado tantas veces.
—Entonces morimos juntos —dijo.
—Mei...
—No discutas. Ya lo decidí.
Yue se colocó a su lado.
—Yo también.
Shen, aunque tembloroso, dio un paso adelante.
—Los viejos también podemos ser útiles.
Lian los miró. Su familia. Su gente. Sus compañeros.
—Está bien —dijo—. Juntos.
La sombra gigante se acercaba. Detrás de ella, el ejército de criaturas esperaba, como perros ante su amo.
Lian extendió el pergamino. La palabra "Esperanza" brilló con una luz cegadora.
—Ahora —dijo—. Todos juntos. Como antes.
Mei puso su mano sobre la de Lian. Su fuego se fusionó con la luz del pergamino. Yue apoyó su cabeza contra ellos, su velocidad, su lealtad, su historia, todo se vertió en la llama. Shen colocó su mano arrugada sobre las demás, sus conocimientos, sus años, sus sueños.
La luz creció. Y creció. Y creció.
La sombra gigante se detuvo, confundida. Por primera vez, algo parecido al miedo brilló en sus ojos rojos.
—¡Ahora! —gritó Lian.
Y la luz estalló.
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La primera oleada de sombras chocó contra las defensas del valle como una ola contra un acantilado.
Los arqueros lanzaron una lluvia de flechas, cada una grabada con pequeñas inscripciones que Shen había preparado durante días. Al impactar contra las criaturas, las flechas estallaban en diminutas explosiones de luz, disolviendo las sombras en chispas de oscuridad. Pero por cada sombra que caía, dos más ocupaban su lugar.
—¡No cesan! —gritó Kenji desde su posición en la ladera—. ¡Son demasiadas!
—¡Mantened la formación! —respondió Lian, con el pincel en una mano y el pergamino en la otra—. ¡No dejéis que os rodeen!
Las criaturas eran de todas las formas imaginables. Algunas parecían lobos hechos de tinieblas, con ojos rojos que brillaban en la penumbra. Otras tenían forma humana, pero alargada, distorsionada, como si la oscuridad se hubiera estirado para crear brazos y piernas demasiado largos. Y otras no tenían forma definida, eran solo masas de negrura que se deslizaban por el suelo, buscando pies que atrapar.