El escriba que desafío los cielos

Capitulo 41

CAPÍTULO 41: EL NUEVO AMANECER

Pasaron tres meses desde la batalla contra el Recolector.

Tres meses de reconstrucción, de duelo, de adaptación. El valle había curado sus heridas físicas: las cabañas dañadas fueron reparadas, las terrazas de cultivo restauradas, las defensas reforzadas. Pero las heridas del alma tardarían más en sanar. Cuarenta y siete muertos. Cuarenta y siete familias que habían perdido a alguien. Cuarenta y siete historias que se habían apagado para siempre.

Lian pasaba mucho tiempo con los deudos. Visitaba a las viudas, a los huérfanos, a los padres que habían perdido hijos. No llevaba discursos ni consuelos fáciles. Solo se sentaba con ellos, escuchaba, compartía su silencio. A veces, eso era suficiente.

—No tienes que hacer esto —le dijo Mei una noche, viéndolo regresar agotado de una de esas visitas—. Nadie te lo pide.

—Lo sé. Pero lo necesito. Necesito recordar por qué luchamos. Necesito que ellos sepan que no los olvido.

—Nunca olvidas a nadie. Es uno de tus problemas.

—¿Es un problema recordar?

—Cuando te impide vivir, sí.

Lian la miró. En sus ojos vio preocupación, pero también amor.

—Vivo —dijo—. Vivo más que nunca. Por ellos. Por nosotros. Por todo lo que construimos.

—Entonces vive también para ti. Para nosotros. Para los que estamos aquí.

—Lo intento.

Ella lo abrazó. El calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos, lo sostenían en los momentos de duda.

Kira se había convertido en una presencia constante en sus vidas. La niña, ahora de trece años, había florecido en los meses posteriores a la batalla. Su dolor por la pérdida de su hermano y de su cuidadora seguía ahí, pero ya no la paralizaba. Ayudaba en la escuela, cuidaba de los niños más pequeños, y había mostrado un talento natural para las inscripciones.

—Tía Mei —preguntó una tarde, mientras ambas trabajaban en el huerto—. ¿Crees que mi hermano estaría orgulloso de mí?

Mei dejó lo que estaba haciendo y se arrodilló para quedar a su altura.

—Kuro estaría más que orgulloso. Estaría asombrado. Eres fuerte, inteligente, valiente. Y tienes un corazón enorme. Eso es lo que importa.

—¿Y Lian? ¿Él también cree eso?

—Lian cree que eres especial. Siempre lo ha dicho. Eres como una hija para él.

—¿Una hija? —los ojos de Kira se iluminaron—. ¿De verdad?

—De verdad. Pero no se lo digas. Se pondrá colorado y negará todo.

Kira rió. Era un sonido que Mei atesoraba, porque significaba que la vida seguía.

Yue, por su parte, había restablecido contacto con las bestias de todas las montañas. La noticia de la derrota del Recolector se había extendido como la pólvora, y ahora criaturas que antes evitaban a los humanos se acercaban al valle con curiosidad y respeto.

—Vienen a verte —dijo Yue una mañana, mientras un grupo de lobos grises observaba desde la ladera—. Quieren conocerte. Quieren saber si es verdad que los humanos pueden cambiar.

—¿Y qué les dices? —preguntó Lian.

—Les digo que sí. Que tú eres la prueba. Pero que tienen que verlo por sí mismos.

Lian se acercó lentamente a los lobos. No hizo movimientos bruscos, no mostró miedo. Cuando estuvo a unos metros, se sentó en el suelo, en señal de respeto.

El lobo más grande, un macho anciano de pelaje canoso, se acercó y lo olió. Largo, profundamente. Luego, inclinó la cabeza.

—Dice que acepta tu presencia —tradujo Yue—. Que mientras tú y los tuyos respeten el territorio de las bestias, ellas respetarán el vuestro.

—Dile que así será. Siempre.

El lobo anciano asintió y se retiró con su manada. Desde ese día, los lobos se convirtieron en centinelas voluntarios de los accesos al valle, una alianza que ningún humano había logrado antes.

Shen, a sus ochenta y tres años, parecía haber encontrado una segunda juventud. Pasaba horas en la escuela, enseñando a decenas de alumnos los secretos de las inscripciones. Había incluso adaptado su método para que personas sin talento natural pudieran usar talismanes básicos, democratizando un poder que antes era solo para unos pocos.

—El conocimiento no debe ser un privilegio —decía—. Debe ser un derecho. Como la libertad. Como la esperanza.

Una tarde, mientras paseaba por las terrazas, Lian se encontró con Zhen. El anciano cojo, que había sido el pilar del valle desde sus inicios, lo miraba con una sonrisa tranquila.

—Pareces más en paz —dijo Zhen—. Desde la batalla, quiero decir.

—Lo estoy. Supongo que derrotar a un enemigo milenario da eso.

—No es solo eso. Es haber encontrado tu lugar. Tu propósito. La mayoría de la gente vive toda su vida sin eso. Tú lo tienes desde joven.

—A veces pienso que no lo elegí. Que me fue dado.

—Y a veces, lo que nos dan lo hacemos nuestro. Tú lo hiciste. No olvides eso.

Zhen siguió su camino, dejando a Lian con sus pensamientos.

Esa noche, el Emisario apareció de nuevo.

Pero esta vez no venía con noticias graves ni advertencias. Venía solo, con una expresión que Lian nunca le había visto: paz.

—Los cielos están en calma —dijo—. Por primera vez en milenios, no hay disputas internas. Tu victoria nos unió.

—Me alegro.

—Los ancianos quieren hacerte una oferta. Una oferta que solo se ha hecho tres veces en la historia de los cielos.

—¿Qué clase de oferta?

—La inmortalidad. Para ti y para quienes elijas. Podríais ascender a los cielos y vivir para siempre, libres de enfermedad, de vejez, de muerte.

Lian guardó silencio un momento. Luego, negó con la cabeza.

—No.

El Emisario pareció sorprendido.

—¿No? ¿Por qué?

—Porque la muerte es parte de la vida. Porque si vivo para siempre, veré morir a todos los que amo. Porque mi lugar está aquí, en este valle, con esta gente. Ellos son mi inmortalidad.

—Pero podrías traerlos contigo. A los que amas.

—Y ellos, ¿qué elegirían? ¿Vivir para siempre en los cielos, lejos de todo lo que conocen? No. La vida es aquí. Es ahora. Es finita. Y precisamente por eso es valiosa.




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