El escriba que desafío los cielos

Capitulo 43

CAPÍTULO 43: EL RELEVO

Pasaron cinco años.

Cinco años desde la fundación del Consejo de Iguales. Cinco años de paz, de crecimiento, de sueños hechos realidad. El Valle de los Renacidos ya no era un valle, sino una pequeña ciudad, con calles empedradas, mercados, talleres, y una escuela que era la envidia de todos los enclaves. Las terrazas de cultivo se habían extendido hasta cubrir casi todas las laderas, y los almacenes rebosaban de grano, frutas y verduras.

Los niños que habían llegado como refugiados ahora eran adolescentes. Algunos habían formado sus propias familias, y nuevos niños correteaban por las calles, heredando la libertad que sus padres apenas habían conocido. Kira, con dieciocho años, se había convertido en una de las mejores inscriptoras del valle, superando incluso las expectativas de Shen.

—Tienes un don —le dijo el anciano una tarde, mientras revisaba sus últimos trabajos—. No solo para trazar caracteres, sino para sentir su significado. Eso no se enseña. Nace con uno.

—Usted me enseñó todo lo que sé —respondió Kira, sonrojándose.

—Te enseñé la técnica. El resto lo pusiste tú. Estoy orgulloso.

Kira sonrió, pero en sus ojos había una sombra. Shen la conocía bien.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada. Bueno, sí. Es Lian. Últimamente lo veo... diferente. Como si llevara una carga que no comparte.

Shen asintió lentamente.

—Lian siempre ha cargado con mucho. Pero tiene razón: últimamente hay algo más. Algo que no nos cuenta.

—¿Deberíamos preguntarle?

—Deberíamos. Pero con cuidado. Lian es como un animal herido cuando se siente acorralado. Se cierra. Hay que abordarlo con suavidad.

Esa noche, durante la cena en la cabaña que ahora compartían los cuatro —Lian, Mei, Yue y Shen—, Kira se armó de valor.

—Lian —dijo, mientras servían el té—. ¿Estás bien?

Lian la miró, sorprendido.

—Sí, ¿por qué?

—Porque últimando te noto... no sé. Distante. Como si estuvieras en otro lugar.

Mei y Yue intercambiaron una mirada. También lo habían notado.

Lian guardó silencio un momento. Luego, suspiró.

—No quería preocuparos. Pero tenéis razón. Hay algo.

—¿Qué? —preguntó Mei, con el ceño fruncido.

—El pergamino. El de "Esperanza". Últimamente... habla conmigo.

—¿Habla? —repitió Shen, sorprendido—. ¿Cómo?

—No con palabras. Con sensaciones. Con imágenes. Me muestra cosas. El pasado, a veces. El futuro, otras. Y últimamente me muestra lo mismo una y otra vez.

—¿Qué?

—A mí. Viejo. Muy viejo. Solo. Y el pergamino en mis manos, apagándose.

Un silencio tenso se instaló en la cabaña.

—¿Estás diciendo que vas a morir solo? —preguntó Yue, con voz queda.

—No lo sé. Pero el pergamino me muestra eso. Y no sé si es una profecía o una advertencia.

—Los pergaminos no muestran el futuro —dijo Shen—. Muestran posibilidades. Posibilidades basadas en el presente. Si algo te preocupa, puedes cambiarlo.

—¿Cómo cambio verme viejo y solo?

—No estando solo. No envejeciendo solo. Rodeándote de los que te quieren. Eso ya lo tienes.

—Pero en la visión, están todos muertos. O lejos. No lo sé.

Mei se levantó y fue hacia él. Lo abrazó por detrás, apoyando la cabeza en su hombro.

—Escúchame —dijo—. No sé cuánto tiempo nos queda. Nadie lo sabe. Pero pase lo que pase, estaremos juntos. Hasta el final. Eso te lo prometo.

—No puedes prometer eso.

—Puedo. Y lo hago.

Lian la miró. En sus ojos vio la misma determinación de siempre, la misma fuerza que lo había salvado tantas veces.

—Gracias —susurró.

—De nada. Para eso estamos.

Los días siguientes, Lian intentó no pensar en la visión. Se concentró en el trabajo, en el consejo, en la escuela. Pero la imagen volvía una y otra vez, como un eco que no se callaba.

Una tarde, mientras paseaba por las terrazas, se encontró con Shen. El anciano estaba sentado en una roca, mirando el atardecer.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó Lian.

—Claro. Siempre.

Se sentaron juntos, en silencio, viendo cómo el sol se ocultaba tras las montañas.

—Shen —dijo Lian al cabo de un rato—. ¿Tú crees que hay vida después de la muerte?

El anciano lo miró, sorprendido.

—Vaya pregunta.

—Lo sé. Pero últimamente pienso mucho en eso.

—No lo sé —respondió Shen—. Los cielos tienen sus propias creencias. Los escribas, las suyas. Yo... yo creo que lo que dejamos es lo que importa. Nuestras obras, nuestras enseñanzas, las personas que tocamos. Eso vive después de nosotros.

—¿Y si no dejo nada?

—Dejas todo. Este valle, esta gente, esta paz. Todo es gracias a ti. Aunque no quieras reconocerlo.

—No fue solo yo.

—No. Pero tú fuiste la chispa. Y las chispas, aunque pequeñas, encienden grandes fuegos.

Lian asintió, pero la duda seguía ahí.

Esa noche, mientras dormía, la visión volvió.

Pero esta vez era diferente. Esta vez no estaba solo. A su lado, en la imagen, había figuras. Borrosas al principio, luego más nítidas. Mei, con el cabello cano pero la misma mirada. Yue, más lenta pero igual de orgullosa. Shen, apoyado en su bastón, sonriendo. Y Kira, ya adulta, con niños a su alrededor.

—No estás solo —dijo una voz. La voz de la primera escriba—. Nunca lo estarás. Porque el amor que has dado vuelve a ti. Siempre.

Lian despertó con lágrimas en los ojos, pero también con una sonrisa.

—¿Otra visión? —preguntó Mei, medio dormida.

—Sí. Pero esta era buena.

—Cuéntame mañana. Ahora duerme.

—Sí.

Se acurrucó contra ella y durmió profundamente, sin pesadillas, sin miedos.

A la mañana siguiente, Lian convocó a los suyos.

—He decidido algo —anunció—. Voy a empezar a preparar el relevo.

—¿El relevo? —preguntó Kira.

—Sí. No voy a vivir para siempre. Y cuando yo falte, alguien tiene que continuar. Alguien en quien confíe, alguien que entienda lo que hemos construido.




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