El escriba que desafío los cielos

Capitulo 44

CAPÍTULO 44: EL LEGADO

Diez años después de la fundación del Consejo de Iguales, el Valle de los Renacidos era irreconocible para quien lo hubiera visto en sus inicios.

Lo que antes era un puñado de cabañas alrededor de una plaza, ahora era una próspera ciudad de más de cinco mil habitantes. Las calles empedradas se extendían en todas direcciones, flanqueadas por talleres, mercados, posadas y viviendas de dos y hasta tres pisos. La escuela, dirigida ahora por Kira y un equipo de maestros, ocupaba un edificio propio con aulas para más de doscientos estudiantes. El hospital de Xian se había ampliado tres veces, y contaba con médicos formados por ella misma que atendían no solo a humanos, sino también a bestias que acudían desde las montañas.

Los enclaves satélite se habían multiplicado. Ya no eran tres, sino doce, dispersos por todas las montañas circundantes, cada uno con su propia identidad pero todos conectados por la red de comunicación que Lian había diseñado años atrás. El consejo se reunía cada dos meses, y sus decisiones eran respetadas por todos.

Lian, a sus cincuenta y siete años, era un hombre diferente.

El cabello, antes negro, ahora estaba salpicado de canas. Su rostro mostraba las arrugas de quien ha reído y llorado mucho. Su cuerpo, aunque todavía ágil, se movía con más parsimonia, como si hubiera aprendido que no todo requería prisa. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: vivos, curiosos, llenos de luz.

—Te miro y no puedo creer que seas el mismo muchacho que me tiraba ceniza —dijo Mei una mañana, mientras desayunaban en el porche de su cabaña.

—Tú tampoco eres la misma —respondió él, sonriendo—. La niña que soñaba con volar ahora vuela más alto que ningún pájaro.

—No vuelo. Solo camino.

—Caminas sobre el mundo, Mei. Eso es volar.

Ella sonrió y le dio un codazo, igual que hacían de niños.

—Siempre tan poeta, archiverito.

—Siempre tan testaruda, herrera.

Se rieron. El sonido se perdió entre las calles de la ciudad que habían construido.

Yue, a sus más de trescientos años, seguía siendo la misma. El tiempo apenas la había tocado; su pelaje plateado brillaba igual que siempre, y su velocidad, aunque ligeramente disminuida, seguía siendo legendaria. Pero algo había cambiado en ella: una serenidad, una sabiduría, que solo dan los años y las experiencias vividas.

—Los jóvenes me preguntan cómo era antes —dijo una tarde, mientras paseaba con Lian por las terrazas—. Cómo era cuando solo éramos nosotros, un puñado de locos, enfrentándonos al mundo.

—¿Y qué les dices?

—Que era más simple. Y más difícil. Que todo era una lucha, pero que cada pequeña victoria sabía a gloria. Que éramos pobres, pero ricos en sueños.

—Suena bonito.

—Era bonito. Y terrible. Pero sobre todo, era auténtico.

—¿Añoras esos tiempos?

—No. Añoro a algunas personas. Bei. Kuro. Los que se fueron. Pero no los tiempos. Estos son mejores. Porque lo que construimos entonces nos permite vivir ahora.

Lian asintió. Compartía ese sentimiento.

Shen, a sus noventa y tres años, era el más anciano del valle. Su cuerpo se había vuelto frágil, y ya no podía caminar sin ayuda. Pero su mente seguía siendo aguda, y sus conocimientos, inagotables. Pasaba las tardes en la escuela, sentado en una silla especial que le habían construido, respondiendo preguntas, contando historias, transmitiendo sabiduría.

—Maestro —le dijo un día un joven estudiante—. ¿Cómo se hace para vivir tanto?

—Viviendo —respondió Shen con una sonrisa—. Y teniendo razones para seguir vivo. Eso es todo.

—¿Y usted tiene razones?

—Muchas. Ver crecer a todos ustedes. Ver cómo este valle florece. Saber que lo que enseñé no se perderá. Eso es suficiente.

Kira, ahora con veintiocho años, se había convertido en una líder excepcional. Bajo su guía, el consejo había tomado decisiones difíciles pero acertadas, y la red de enclaves se había fortalecido como nunca. Era respetada no solo por su habilidad con las inscripciones, sino por su justicia, su empatía, su capacidad de escuchar.

Pero a veces, en los momentos de duda, acudía a Lian.

—¿Crees que lo estoy haciendo bien? —preguntó una tarde, mientras paseaban junto al arroyo.

—¿Tú qué crees?

—A veces sí. A veces no. A veces me pregunto si estoy a la altura de lo que construiste.

—No construí nada solo. Y tú tampoco. Pero si algo he aprendido en todos estos años es que la duda es buena. Te mantiene alerta. Te impide volverte arrogante.

—¿Tú dudabas?

—Siempre. Cada día. Cada decisión. Pero aprendí a dudar sin paralizarme. Ese es el truco.

Kira asintió, asimilando sus palabras.

—Te quiero, Lian —dijo—. Como a un padre.

—Y yo a ti, hija. Más de lo que imaginas.

Se abrazaron bajo el sol de la tarde. El arroyo cantaba su canción eterna.

Una mañana, mientras desayunaban, un mensajero llegó al valle con noticias inesperadas. Era un joven explorador, de los que Yue había entrenado, y traía un pergamino sellado con el emblema de los cielos.

—¿De los cielos? —preguntó Lian, sorprendido—. Hacía años que no recibíamos nada.

—El emisario dijo que era urgente —respondió el joven—. Que lo leyera de inmediato.

Lian rompió el sello y leyó. Su expresión cambió gradualmente, de la curiosidad a la sorpresa, y luego a algo parecido a la nostalgia.

—¿Qué dice? —preguntó Mei, acercándose.

—Los ancianos celestiales quieren verme. A mí y a los que me acompañaron en la batalla contra el Recolector. Dicen que ha llegado el momento de honrarnos como merecemos.

—¿Otro honor? —dijo Yue, con escepticismo—. Ya nos dieron suficientes.

—No es un honor. Es un reconocimiento. Quieren que nuestros nombres queden grabados en la Sala de los Ecos, para que todas las generaciones futuras sepan lo que hicimos.

—Eso... es grande —murmuró Shen.

—Sí. Pero tengo que preguntaros algo. ¿Queréis ir? Porque yo, sin vosotros, no voy.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.