CAPÍTULO 45: EL OCaso DE LOS GUARDIANES
El otoño de ese año fue el más hermoso que recordaban en el valle.
Las hojas de los árboles que crecían en las laderas se tiñeron de tonos dorados y carmesí, creando un espectáculo de color que atraía a visitantes de todos los enclaves. Las terrazas de cultivo ofrecían su cosecha más abundante, y los almacenes rebosaban de tal manera que hubo que construir otros nuevos. Los niños jugaban en las calles con una libertad que sus abuelos nunca conocieron, y los ancianos sonreían al verlos, recordando tiempos más difíciles.
Pero en medio de tanta belleza, una sombra se cernía sobre la cabaña de Shen.
El anciano maestro había enfermado. No era una enfermedad de las que curan las hierbas o las inscripciones, sino algo más profundo, más inevitable: el simple paso del tiempo. Sus fuerzas menguaban día a día, y aunque su mente seguía lúcida, su cuerpo ya no respondía.
—No estés triste —decía a quienes lo visitaban—. He vivido más de lo que merecía. He visto cosas que ningún escriba había visto en milenios. He enseñado a cientos de alumnos. He dejado un legado. Eso es más de lo que la mayoría puede decir.
Lian pasaba horas con él. Se sentaba a su lado, a veces en silencio, a veces hablando de tiempos pasados, de las lecciones del Viejo Chen, de los secretos de las inscripciones que solo Shen conocía.
—Hay algo que nunca te enseñé —dijo Shen una tarde, con voz apenas un susurro—. Algo que Lun me confió antes de morir.
—¿Qué?
—La última inscripción. La que completa la Técnica de las Nueve. La que nadie ha usado en milenios.
—¿Por qué nadie la ha usado?
—Porque requiere un precio que pocos están dispuestos a pagar. La propia vida del escriba.
Lian sintió un escalofrío.
—¿Para qué sirve?
—Para lo que más importa. Para proteger. Para sellar. Para asegurar que lo que has construido no sea destruido nunca.
—No entiendo.
—Lun me dijo que llegaría un momento en que esta inscripción sería necesaria. Que alguien tendría que decidir si pagaba el precio. Creo que ese momento se acerca.
—¿Por qué?
—Porque el Recolector no era el único. Había otros. Otros seres de las sombras que esperaban, que observaban. Y que ahora, con nuestra guardia baja, podrían intentar algo.
Lian apretó los puños.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé. En mis sueños. Lun me habla. Me dice que vigile, que prepare. Y yo, ya sin fuerzas, te transmito el mensaje.
Shen extendió una mano temblorosa y tomó la de Lian.
—La inscripción se llama Protección Eterna. Para usarla, debes grabarla en tu propio corazón. Literalmente. Con el pincel, sobre tu piel, sobre tu pecho. Y cuando lo hagas, tu vida se fundirá con la del lugar que quieras proteger. Mientras tú vivas, ese lugar será indestructible. Pero cuando mueras, la protección se desvanecerá.
—¿Y si no quiero usarla?
—Entonces otro tendrá que hacerlo. O el valle quedará indefenso ante lo que viene.
Lian guardó silencio. La decisión era enorme, aterradora.
—No tienes que decidir ahora —dijo Shen—. Pero cuando llegue el momento, recuerda mis palabras. Y recuerda que el amor es la fuerza más poderosa del universo.
Esa noche, Shen murió en paz, rodeado de los suyos.
Lian, Mei, Yue y Kira velaron su cuerpo durante tres días, según la tradición. Luego lo incineraron en una pira construida en lo alto de la colina, desde donde se veía todo el valle. Sus cenizas fueron esparcidas al viento, para que siempre formara parte del lugar que había amado.
—Se fue un grande —dijo Kira, con lágrimas en los ojos.
—Se fue un maestro —dijo Yue.
—Se fue un amigo —dijo Mei.
—Se fue un padre —dijo Lian.
Y todos supieron que nada volvería a ser igual.
Los meses siguientes, Lian no pudo quitarse de la cabeza las palabras de Shen. La inscripción, el precio, la amenaza. Habló con Mei, con Yue, con Kira. Todos coincidían en que debían prepararse, pero nadie sabía cómo.
—No podemos vivir con miedo —dijo Mei una noche—. Si lo hacemos, ya habrán ganado.
—Pero tampoco podemos ignorar la advertencia —respondió Lian—. Shen nunca se equivocaba en estas cosas.
—Entonces preparemos defensas. Reforcemos los enclaves. Entrenemos más guerreros. Pero no cargues con todo tú solo. No otra vez.
—No es solo la carga. Es que si la amenaza es real, y si la inscripción es la única solución, alguien tendrá que usarla.
—Que sea otro.
—¿Quién? ¿Tú? ¿Yue? ¿Kira? ¿Estás dispuesta a que uno de vosotros pague ese precio?
Mei no respondió.
Pasó un año. Luego dos. La amenaza no llegaba, y la vida continuaba. Los niños crecían, los ancianos morían, las estaciones se sucedían. Lian comenzó a pensar que quizá Shen se había equivocado, que sus sueños eran solo eso, sueños.
Pero una noche, el Emisario apareció.
Su rostro, normalmente impasible, mostraba una gravedad que Lian no le había visto nunca.
—Las sombras se mueven —dijo—. El Recolector no era el único. Hay otros. Más antiguos. Más poderosos. Y han descubierto que el pergamino negro, el que recogiste, puede usarse para abrir un portal hacia este mundo.
—¿Un portal?
—Sí. Si lo activan, cientos, miles de criaturas de las sombras cruzarán. Y no habrá fuerza que las detenga.
Lian sintió que la sangre se le helaba.
—¿Dónde está el pergamino?
—En tu poder. Y es el único que puede detenerlos. Pero para eso, alguien debe usarlo. Alguien debe grabarlo en su corazón.
—La inscripción de Protección Eterna.
—¿La conoces?
—Shen me habló de ella antes de morir.
—Entonces sabes lo que hay que hacer.
Lian asintió. El peso de la decisión caía sobre él como una montaña.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Días. Quizá una semana. Las sombras ya están reuniéndose en el límite entre mundos.
—Entonces tengo que decidir.
—Tienes que decidir.
El Emisario se desvaneció.