CAPÍTULO 46: EL PRECIO DE LA ETERNIDAD
La noche se cernía sobre el valle como un manto de silencio y estrellas.
Lian permaneció inmóvil junto al arroyo mucho después de que el Emisario se desvaneciera. Las palabras resonaban en su mente una y otra vez, como un eco que no podía acallar: "La inscripción de Protección Eterna... alguien debe grabarla en su corazón... el precio... la propia vida del escriba."
—¿Lian?
La voz de Mei llegó desde atrás, suave, preocupada. Debía haberlo estado buscando al notar su ausencia.
—¿Qué pasa? —preguntó, sentándose a su lado—. Noté que saliste y no volviste. ¿Otra visión?
—Peor —respondió Lian, sin apartar la mirada de las estrellas—. El Emisario vino.
Mei esperó. Conocía ese tono. Sabía que lo que seguía sería difícil de escuchar.
—Las sombras vuelven —continuó Lian—. No el Recolector, sino otros. Más antiguos. Más poderosos. Tienen el pergamino negro, el que recogí después de la batalla. Planean usarlo para abrir un portal. Miles de criaturas cruzarán. Y nada podrá detenerlas.
—¿Nada? —repitió Mei, con un hilo de voz.
—Nada excepto una cosa. La inscripción de Protección Eterna. La que Shen me enseñó antes de morir.
Mei recordó las palabras del anciano maestro. Recordó el precio.
—No —dijo, con firmeza—. No vas a hacerlo.
—Mei...
—No. Tiene que haber otra forma. Siempre la hay. Enviamos mensajeros a los cielos. Pedimos ayuda. Movilizamos a todos los enclaves.
—No hay tiempo. Los cielos no pueden intervenir en esto. Y aunque pudieran, las sombras son anteriores a ellos. Su poder es limitado.
—Entonces huimos. Llevamos a la gente a otro lugar. Empezamos de nuevo.
—¿Y dejar que las sombras destruyan todo lo que hemos construido? ¿Todo por lo que hemos luchado? ¿La gente que no pueda huir? ¿Los ancianos, los niños, los enfermos?
Mei calló. Sabía que Lian tenía razón. Sabía que no era de los que huían.
—¿Por qué tienes que ser tú? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué no otro? Cualquier otro.
—Porque soy el Guardián del Equilibrio. Porque llevo el pergamino de Esperanza. Porque fui yo quien derrotó al Recolector. Porque... porque si alguien tiene que pagar ese precio, que sea yo.
—No quiero que pagues ningún precio. Te quiero vivo. A mi lado.
—Y yo a ti. Pero a veces el amor no es solo estar juntos. A veces es proteger, aunque duela.
Mei rompió a llorar. Lian la abrazó con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo temblaba entre sus brazos.
—No me dejes —susurró ella—. Por favor, no me dejes.
—Nunca te dejaré —respondió él, acariciando su cabello—. Pase lo que pase, siempre estaré contigo. En cada amanecer, en cada atardecer, en cada niño que ríe, en cada anciano que sonríe. Seré parte de este valle para siempre.
—Pero no podré abrazarte. No podré oír tu voz.
—Me oirás en el viento. Me sentirás en la lluvia. Me verás en las estrellas. Siempre.
Se abrazaron largo rato, bajo el cielo infinito, mientras el arroyo cantaba su canción eterna.
A la mañana siguiente, Lian convocó a los suyos.
En la cabaña, junto al fuego, se reunieron Mei, Yue y Kira. Las tres mujeres que más amaba en el mundo. Las tres que habían compartido su viaje, sus luchas, sus sueños.
—Tengo que deciros algo —comenzó Lian—. Y no será fácil de escuchar.
Habló sin pausa, contándoles todo lo que el Emisario había revelado, todo lo que Shen le había enseñado, todo lo que había decidido durante la noche. Cuando terminó, el silencio fue absoluto.
—No —dijo Kira, levantándose de un salto—. No puedes. Te necesitamos. Te necesito.
—Y me tendréis. Siempre.
—No es lo mismo y lo sabes.
—Lo sé. Pero es lo único que puedo ofrecer.
Yue, que había permanecido en silencio, se acercó y apoyó su cabeza en el regazo de Lian, igual que hacía cuando ambos eran más jóvenes, cuando el mundo era más simple.
—Compañero —dijo, con voz grave—. Has sido lo mejor que me pasó en trescientos años. Me diste un hogar, una familia, un propósito. Si este es tu camino, lo respeto. Pero duele.
—Lo sé. Y lo siento.
—No lo sientas. Has vivido como pocos. Has amado como pocos. Eso es lo que importa.
Kira se sentó de nuevo, con lágrimas rodando por sus mejillas.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó—. Cuando te hayas ido, quiero decir.
—Que sigas. Que lideres el consejo con la sabiduría que tienes. Que enseñes a otros lo que aprendiste. Que hagas crecer esto que construimos. Y que seas feliz. Eso es lo único que pido.
—Lo haré —susurró Kira—. Te lo prometo.
Mei no dijo nada. Solo se aferró a su brazo, como si pudiera retenerlo con la fuerza de su amor.
Pasaron el día juntos. Recorrieron el valle, visitaron los lugares que habían sido importantes en sus vidas: la primera cabaña, la escuela, el hospital, las terrazas donde tantas veces habían trabajado codo con codo. Lian se despidió de cada rincón, de cada persona, de cada recuerdo.
Al atardecer, subieron a la colina donde descansaban las cenizas de Shen. Desde allí, la vista del valle era completa: las calles, las casas, la gente yendo y viniendo, los niños jugando, los ancianos conversando.
—Es hermoso —dijo Lian—. Todo esto. Nunca imaginé que llegaríamos tan lejos.
—Tú lo hiciste posible —dijo Yue.
—Nosotros. Siempre nosotros.
El sol se ocultó tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violáceos. La noche caía, y con ella, el momento se acercaba.
—¿Cuándo? —preguntó Mei.
—Esta noche. Cuando la luna esté en lo más alto. Es el momento propicio, según Shen.
—Entonces aún tenemos unas horas.
—Sí.
Bajaron de la colina y regresaron a la cabaña. Allí, Lian se preparó en silencio. Se quitó la túnica y quedó con el pecho descubierto. Sobre su piel, las cicatrices de años de batallas contaban la historia de su vida.
—¿Duele? —preguntó Kira.
—Sí. Pero he pasado por cosas peores.