El escriba que desafío los cielos

Capitulo 47

CAPÍTULO 47: EL GUARDIÁN ETERNO

Los primeros rayos del sol iluminaron el valle como si nada hubiera cambiado.

Pero todo había cambiado.

Lian yacía en la cama de su cabaña, con el pecho descubierto, donde el carácter Protección Eterna brillaba débilmente, como una estrella que se niega a apagarse. Su respiración era leve, casi imperceptible, pero estaba viva. Su corazón latía, lento pero firme.

Mei no se había movido de su lado en toda la noche. Permaneció sentada en el suelo, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, su mano aferrada a la de él. No había dormido. No había llorado. Solo velaba.

Yue entró en silencio, con los primeros rayos del alba. Su pelaje plateado brillaba suavemente, pero sus ojos estaban hundidos, cansados.

—¿Cómo está? —preguntó en voz baja.

—Igual —respondió Mei, sin apartar la mirada—. No despierta, pero tampoco empeora.

—Kira fue a la colina. Quiere ver desde allí si las sombras siguen ahí.

—¿Y?

—No se ven. La barrera las detuvo. El valle está a salvo.

—A salvo —repitió Mei, con una voz quebrada—. A costa de él.

Yue se acercó y apoyó su cabeza en el hombro de Mei. Un gesto de consuelo, de compañía, de amor.

—Él eligió esto —dijo—. Lo sabía. Y lo hizo por nosotros. Por todos.

—Lo sé. Pero duele igual.

—Siempre duele. Pero estamos juntas. Como siempre.

Horas después, Kira regresó. Su rostro, aunque marcado por la preocupación, mostraba también algo de alivio.

—No hay rastro de las sombras —informó—. Los exploradores han recorrido todo el perímetro. Nada. La barrera funciona.

—¿Y Lian? —preguntó.

—Sigue igual.

Kira se acercó a la cama y tomó la otra mano de Lian. Estaba caliente, viva.

—Lian —susurró—. Si puedes oírme... gracias. Por todo. Por creer en mí. Por darme un hogar. Por ser mi padre.

Una lágrima cayó sobre su mano. Y entonces, ocurrió.

Los ojos de Lian se abrieron.

No eran los mismos ojos de antes. Eran más profundos, más luminosos, como si contuvieran todas las estrellas del cielo. Miró a Kira, a Mei, a Yue, y una sonrisa suave se dibujó en su rostro.

—Os oí —dijo, con una voz que parecía venir de muy lejos—. A todas.

—¡Lian! —gritó Mei, abrazándolo—. ¡Estás despierto!

—Estoy... diferente. Pero sigo aquí.

Intentó incorporarse, y aunque su cuerpo se movía con lentitud, pudo hacerlo. Se miró las manos, el pecho, el carácter que ahora era parte de él.

—Lo logré —murmuró—. La barrera está activa.

—Lo sabemos —dijo Yue—. Las sombras se retiraron.

—Bien. Entonces mi sacrificio no fue en vano.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Kira.

—Extraño. Como si fuera parte de todo esto. Del valle, de las montañas, del arroyo. Los siento. Los siento a ustedes. Sus latidos, sus alegrías, sus penas. Todo.

—¿Puedes levantarte? ¿Caminar?

—Creo que sí. Pero será diferente. Mi cuerpo ya no es solo mío. Es parte del lugar.

Con ayuda de Mei, se puso de pie. Dio unos pasos vacilantes, pero se mantuvo firme.

—Funciona —dijo—. Estoy débil, pero puedo moverme.

—¿Podrás vivir así? —preguntó Yue.

—Viviré. Mientras el valle exista, yo existiré. De alguna manera.

Salió al exterior. El sol de la mañana bañaba las calles, las casas, la gente que comenzaba su jornada. Al verlo, muchos se detuvieron, con expresiones de asombro y alivio.

—¡Lian! —gritó alguien—. ¡Está vivo!

—¡La Pluma del Hereje vive! —corearon otros.

Pronto, una multitud se congregó a su alrededor. Preguntas, abrazos, lágrimas. Lian respondía con paciencia, con calma, pero también con una distancia que antes no tenía. No era que estuviera ausente, sino que su atención se dividía entre las personas y el valle entero, entre lo cercano y lo lejano.

—Necesita descansar —dijo Mei, apartando suavemente a la gente—. Luego podréis verlo. Ahora, dejadle respirar.

La multitud se dispersó lentamente, no sin antes dejar muestras de cariño y gratitud.

Regresaron a la cabaña. Lian se sentó junto a la ventana, mirando el valle con una expresión de profunda paz.

—¿Qué ves? —preguntó Kira.

—Todo. La niña que juega en la plaza. El anciano que conversa en la terraza. Los enamorados que se besan junto al arroyo. La bestia que pace en la ladera. Todo.

—¿No es abrumador?

—Al principio sí. Pero aprendes a filtrar. A concentrarte en lo que importa.

—¿Y qué importa?

—Esto. —Señaló a Mei, a Yue, a Kira—. Vosotras. Siempre vosotras.

Pasaron los días. Lian se adaptó a su nueva existencia. Su cuerpo era más débil, pero su conciencia era más vasta. Podía estar en todas partes y en ninguna. Podía sentir el dolor de un niño que se caía y la alegría de una madre que veía crecer a su hijo.

Nunca volvió a salir del valle. No podía. La barrera que lo mantenía a salvo también lo mantenía dentro. Pero no lo necesitaba. Todo lo que amaba estaba allí.

Mei nunca se separó de él. Pasaban las tardes juntos, como siempre, junto al arroyo. Hablaban de todo y de nada, reían, a veces lloraban. El amor que los unía no había disminuido; al contrario, se había vuelto más profundo, más eterno.

Yue seguía siendo la guardiana de las bestias, pero siempre volvía a la cabaña al atardecer, a compartir el calor del hogar con los suyos.

Kira se convirtió en la líder que Lian había previsto. El consejo prosperó bajo su guía, y el valle creció en paz y armonía. A veces, cuando dudaba, acudía a Lian. Él no le daba respuestas, sino preguntas. Y en esas preguntas, Kira encontraba su propio camino.

Una tarde de primavera, muchos años después, Mei se sentó junto a Lian en su lugar favorito. Su cabello era ahora completamente blanco, y sus movimientos, más lentos. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: vivos, curiosos, llenos de luz.

—¿Sabes qué he estado pensando? —dijo.

—Dime.

—Que hemos tenido suerte. Mucha suerte. De encontrarnos. De construir esto. De amarnos.




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