El escriba que desafío los cielos

Capitulo 48

CAPÍTULO 48: EL VUELO DE LA FÉNIX

El valle despertó aquella mañana envuelto en una niebla espesa, como si la propia naturaleza quisiera guardar un momento de silencio antes de enfrentar la realidad.

Lian no se había movido de la roca junto al arroyo en toda la noche. Allí permaneció, con los ojos cerrados, sintiendo cada partícula de rocío que se depositaba sobre su piel, cada suspiro del viento entre los árboles, cada latido del corazón del valle que ahora era parte de él. Pero por encima de todo, sentía el vacío. El inmenso, insondable vacío que había dejado Mei.

Ella ya no estaba.

Su cuerpo descansaba en la cabaña, velado por Yue y Kira, esperando el ritual de despedida. Pero su esencia, esa chispa de fuego que la había definido durante toda su vida, se había apagado. Lian la había sentido irse, como una estrella fugaz que cruza el cielo y desaparece para siempre.

—Duele —susurró, y su voz resonó en todo el valle, en cada cabaña, en cada rincón—. Duele como nada había dolido antes.

Y la gente del valle, al oírlo, supo que su guardián estaba de luto. Y guardaron silencio con él.

Horas después, cuando el sol logró abrirse paso entre la niebla, Kira se acercó. Sus ojos estaban enrojecidos, pero su voz era firme.

—Lian, tenemos que preparar el ritual. Ella lo habría querido.

—Lo sé —respondió él, sin abrir los ojos—. Pero no sé si puedo.

—Puedes. Porque ella te hizo fuerte. Porque el amor que os teníais no termina con su muerte. Sigue aquí. En ti. En todos nosotros.

Lian abrió los ojos. Por un instante, Kira vio en ellos el reflejo de mil años de historias, de alegrías y penas, de vidas enteras condensadas en una mirada.

—Tienes razón —dijo—. Vamos.

El ritual fue sencillo, como Mei lo habría querido.

En lo alto de la colina donde descansaban las cenizas de Shen, prepararon una pira con madera de los árboles que ella había plantado años atrás. La rodearon de flores silvestres, de las que tanto le gustaban, y de pequeños objetos que habían sido importantes en su vida: su primera espada, ya oxidada; un trozo de metal del taller de su padre; el cuerno roto de Yue, que ella había guardado como recuerdo; y una página del cuaderno de Lian, donde él había escrito, años atrás, el significado de su nombre.

—Flor de ciruelo —leyó Kira en voz alta, mientras la pira comenzaba a arder—. La que florece en el frío. La que resiste. La que nunca se rinde.

El fuego crepitaba, elevándose hacia el cielo. Las llamas bailaban como si tuvieran vida propia, como si la propia Mei estuviera allí, despidiéndose.

Lian no lloró. Permaneció inmóvil, con la mirada fija en el fuego, sintiendo cómo el calor envolvía el cuerpo de su amada, cómo las llamas lo transformaban en luz, en humo, en recuerdo.

—Vuela —susurró—. Vuela alto, Mei. Siempre quisiste volar.

Y entonces ocurrió.

De entre las llamas, una figura emergió. No era un cuerpo, sino una forma de luz, etérea, casi transparente. Tenía la silueta de Mei, pero también algo más: alas. Grandes alas de fuego que se desplegaban a su espalda, bañando la colina en un resplandor dorado.

—Mei —susurró Lian, sin poder creer lo que veía.

La figura sonrió. La misma sonrisa de siempre, la que él había amado durante toda una vida.

—No podía irme sin despedirme —dijo, y su voz era como el rumor del viento, como el crepitar del fuego, como el rumor del arroyo—. No podía irme sin decirte gracias.

—¿Gracias? —Lian dio un paso hacia ella, pero la figura se mantuvo a distancia—. ¿Gracias por qué?

—Por todo. Por creer en mí cuando yo no creía. Por buscarme cuando todos me daban por perdida. Por amarme cuando yo apenas sabía lo que era el amor. Por darme una vida que no merecía.

—Sí merecías. Merecías todo.

—Y lo tuve. Te tuve a ti. A Yue. A Kira. A todos. Fui feliz, Lian. Más feliz de lo que nunca imaginé.

—¿Te vas? —preguntó él, con la voz quebrada.

—Tengo que hacerlo. Pero no del todo. Seré parte del viento que acaricia tu rostro. Seré parte del fuego que calienta tus noches. Seré parte de cada amanecer, de cada atardecer, de cada estrella que brille sobre este valle.

—No es suficiente.

—Lo sé. Pero es todo lo que puedo darte.

La figura comenzó a desvanecerse, sus alas de fuego batiendo lentamente, elevándose hacia el cielo.

—Mei —gritó Lian, corriendo hacia ella—. ¡Mei, no te vayas!

—Siempre estaré aquí —dijo ella, y su voz era ya apenas un susurro—. En tu corazón. En tus recuerdos. En cada latido. Siempre.

Y desapareció.

Pero en el cielo, una estrella nueva brillaba con más fuerza que las demás. La más brillante de todas. La que todos, desde entonces, llamarían la Estrella de la Fénix.

Lian cayó de rodillas. Las lágrimas, que había contenido durante todo el ritual, brotaron por fin, incontenibles. Yue se acercó y apoyó su cabeza en su hombro. Kira lo abrazó por detrás. Los tres, juntos, lloraron la pérdida de la mujer que había sido el centro de sus vidas.

El fuego de la pira se apagó lentamente. Las cenizas de Mei se mezclaron con la tierra de la colina, con el viento, con el valle entero.

Y Lian supo, con una certeza que iba más allá de la razón, que nunca estaría solo. Porque ella estaría siempre con él.

En cada rincón.

En cada recuerdo.

En cada latido.

Los días siguientes fueron de una quietud extraña.

Lian apenas se movía de la cabaña. Pasaba horas mirando por la ventana, sin ver realmente, sumido en sus pensamientos. Yue y Kira se turnaban para acompañarlo, para asegurarse de que comiera, de que bebiera, de que no se abandonara por completo.

—Tiene que superarlo —dijo Kira una tarde, mientras paseaban por las terrazas—. Pero no sé cómo ayudarle.

—No puedes —respondió Yue—. El duelo es suyo. Solo él puede atravesarlo. Lo único que podemos hacer es estar cerca, para cuando necesite apoyarse en alguien.




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