CAPÍTULO 49: LA ÚLTIMA PÁGINA
La luz que envolvía a Lian no era como ninguna que hubiera sentido antes.
No cegaba, no quemaba, no abrumaba. Era una luz suave, cálida, que parecía nacer de su propio interior y expandirse hacia el infinito. En ella, Lian podía sentir cada vida que había existido, cada amor que había florecido, cada esperanza que había alumbrado el mundo. Eran como hilos de un tapiz inmenso, y él, por primera vez, podía ver el dibujo completo.
—Esto es el tejido del destino —dijo la voz de la primera escriba, que ahora flotaba a su lado como una estrella más entre infinitas—. Cada hilo es una vida. Cada nudo, una decisión. Cada color, una emoción.
Lian observó maravillado. Veía el hilo de Mei, brillante como el fuego, entrelazado con el suyo propio, que no tenía color porque estaba en blanco. Veía el de Yue, plateado y veloz, unido a los suyos por lazos de gratitud y lealtad. Veía el de Shen, sabio y tranquilo, extendiéndose hacia atrás hasta alcanzar a Lun, y más allá, a generaciones de escribas.
—Es hermoso —susurró.
—Y frágil —dijo el Viejo Chen, apareciendo a su otro lado—. Por eso hay que cuidarlo. Por eso hay que escribirlo con amor.
—Pero yo no sé escribir destinos —protestó Lian—. Solo sé escribir palabras.
—Los destinos son palabras —respondió Mei, surgiendo frente a él con una sonrisa—. Palabras que se hacen carne. Palabras que se hacen vida. Tú has escrito toda tu vida sin saberlo. Cada decisión, cada elección, cada amor fue un trazo en el pergamino del mundo.
—Pero esto es diferente. Esto es para siempre. Esto afectará a todos.
—Por eso tienes que hacerlo bien —dijo la primera escriba—. Por eso estamos aquí. Para guiarte. Para sostenerte. Para recordarte quién eres.
Lian miró a los tres. En sus ojos vio siglos de sabiduría, de sacrificio, de amor incondicional.
—¿Y si me equivoco? —preguntó—. ¿Y si creo algo peor de lo que había?
—Entonces lo intentarás de nuevo —respondió el Viejo Chen—. Como siempre has hecho. Como todos hacemos. La perfección no existe. Solo la intención. Solo el amor con el que haces las cosas.
—Pero...
—Lian —lo interrumpió Mei, tomando su rostro entre sus manos. Aunque era un eco, Lian podía sentir su calor, su fuerza, su ternura—. Tú has vivido sin destino toda tu vida. Has cometido errores, has tenido aciertos, has amado, has perdido, has seguido adelante. ¿Quién mejor que tú para escribir un sistema que permita eso mismo a los demás?
—Yo...
—Confía en ti. Como yo confié. Como todos confiamos.
Lian cerró los ojos. Respiró hondo. Y cuando los abrió, había en ellos una paz que nunca había tenido.
—Está bien —dijo—. Hagámoslo.
La primera escriba se adelantó. En sus manos sostenía un pincel, pero no era de jade ni de madera. Era de luz pura.
—Este es el Pincel Original —dijo—. El que usé para arrancar tu página del Libro. El que ha esperado milenios a que alguien digno lo empuñara. Tómalo.
Lian extendió la mano. Cuando sus dedos rozaron el pincel, sintió una descarga de energía que recorrió todo su ser. No era dolor, sino conocimiento. En un instante, supo todo lo que la primera escriba había sabido: la creación de los cielos, la guerra de los escribas, el sacrificio que había hecho por una posibilidad remota.
—Gracias —susurró—. Por creer en mí antes de que existiera.
—No tenía certezas —respondió ella—. Solo esperanza. Y la esperanza, a veces, es suficiente.
Lian se volvió hacia el tapiz infinito. Allí, en el centro, había un espacio vacío. Un lugar donde no había hilos, donde todo era posible.
—Ahí —dijo el Viejo Chen—. Ahí debes escribir.
Lian se acercó. El pincel temblaba ligeramente en su mano, no por miedo, sino por la emoción de lo que estaba a punto de hacer.
Comenzó a escribir.
No fueron palabras, al menos no como las conocía. Eran trazos de luz que se convertían en ideas, en posibilidades, en caminos. Escribió la libertad, pero no la libertad sin límites que lleva al caos. Escribió el orden, pero no el orden rígido que oprime. Escribió el amor, la amistad, la lealtad, el sacrificio. Escribió el derecho a equivocarse y a intentarlo de nuevo. Escribió la esperanza.
Mientras escribía, sentía a los tres a su lado. El Viejo Chen le susurraba palabras de aliento. La primera escriba le corregía suavemente los trazos. Mei le sostenía la mano cuando flaqueaba.
—No estás solo —decían—. Nunca lo has estado. Nunca lo estarás.
El tapiz comenzó a cambiar. Los hilos rígidos se volvieron flexibles. Los nudos apretados se aflojaron. Los colores se volvieron más brillantes, más vivos. Millones de vidas, millones de destinos, de repente tenían un margen de maniobra, una posibilidad de elección.
—Ya casi está —dijo la primera escriba—. Solo falta una cosa.
—¿Qué? —preguntó Lian, agotado pero exultante.
—El nombre. Tu nombre. Debe ir al pie, como autor de esta nueva obra.
Lian dudó.
—¿Mi nombre? ¿No debería ir el de todos?
—Todos están en el tapiz. Pero la chispa, la semilla, fuiste tú. Tu nombre debe quedar.
Lian asintió. Con mano firme, escribió al pie del tapiz:
LIAN, EL QUE NO TUVO DESTINO Y CREÓ EL SUYO PROPIO
El tapiz brilló con una luz cegadora. Lian sintió que algo se desprendía de él, que su misión, por fin, había terminado.
—Lo lograste —dijo Mei, abrazándolo—. Lo lograste, amor mío.
—Lo logramos —corrigió él—. Todos.
—Ahora tienes que volver —dijo el Viejo Chen—. El valle te espera. Tu gente te espera.
—¿Y vosotros?
—Nosotros nos quedamos aquí. Somos parte del tapiz ahora. Parte de esta nueva historia que has creado.
—Pero os volveré a ver, ¿verdad?
—Cada vez que mires las estrellas. Cada vez que sientas el viento. Cada vez que alguien ame gracias a la libertad que sembraste.
Lian abrazó a cada uno. Al Viejo Chen, su maestro, su padre adoptivo. A la primera escriba, su antepasada, su esperanza. A Mei, su amor, su vida, su todo.