CAPÍTULO 50: EL ESCRIBA Y EL AMANECER (EPÍLOGO)
"Y así, el que no tuvo destino escribió el suyo propio, y en ese acto, liberó a todos los demás."
— Inscripción en la base de la estatua de Lian, Valle de los Renacidos.
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El sol se elevaba sobre el Valle de los Renacidos como lo había hecho durante mil amaneceres, pero este era diferente.
Habían pasado cincuenta años desde la batalla contra las sombras. Cincuenta años desde que Lian grabó en su pecho la inscripción de Protección Eterna. Cincuenta años de paz, de crecimiento, de sueños cumplidos.
El valle era ahora una ciudad próspera de más de veinte mil almas. Sus calles empedradas se extendían por toda la hoya, con plazas, mercados, fuentes y jardines. La escuela de inscripciones, dirigida por los discípulos de los discípulos de Shen, era famosa en todo el mundo conocido. El hospital, fundado por Xian y ampliado por generaciones de médicos, atendía no solo a humanos, sino a bestias de todas las especies. El consejo, ahora con representantes de más de cien enclaves, se reunía en un edificio propio, una hermosa construcción de piedra blanca y madera tallada.
Pero en lo alto de la colina, donde las cenizas de Shen y Mei descansaban junto a las de tantos otros, una figura permanecía sentada en una roca, mirando el amanecer.
Lian.
Su cuerpo era ahora frágil, consumido por más de un siglo de vida. Su cabello, completamente blanco, caía sobre sus hombros como nieve. Su piel, surcada de arrugas, contaba la historia de cada año, cada pérdida, cada alegría. Pero sus ojos... sus ojos seguían siendo los mismos. Vivos, curiosos, llenos de luz.
—Siempre madrugas —dijo una voz a sus espaldas.
Kira. Tenía ahora más de setenta años, pero se mantenía erguida, con la energía de quien ha dedicado su vida a una causa justa. Su cabello, canoso, lo llevaba recogido en un moño sencillo. En su mano, un bastón de madera de cerezo, el mismo que había pertenecido a Shen.
—El amanecer es mi momento favorito —respondió Lian, sin apartar la mirada del horizonte—. Me recuerda que cada día es un nuevo comienzo.
Kira se sentó a su lado, con la agilidad que aún conservaba.
—Los del consejo quieren hacer una celebración —dijo—. Por el aniversario. Cincuenta años de paz.
—Ya lo sé. Me lo han dicho veinte veces. No pienso ir.
—Lo sé. Por eso he venido a acompañarte.
Lian sonrió. Una sonrisa suave, cansada, pero auténtica.
—Siempre has sido mi mejor alumna, Kira. No solo en las inscripciones, sino en entenderme.
—Fue fácil. Solo te observaba. Como hacía mi hermano con sus presas, pero con amor.
—Kuro estaría orgulloso.
—Lo sé. A veces lo siento. En el viento. En las noches tranquilas. Él también es parte de esto.
Guardaron silencio un momento, contemplando el valle que despertaba. Las primeras luces iluminaban los tejados, las calles, la gente que comenzaba su jornada.
—¿Duele? —preguntó Kira—. Vivir tanto, digo.
—A veces. Cuando recuerdo a los que se fueron. Pero también es un regalo. He visto crecer a generaciones. He visto cómo este lugar, que empezó siendo un puñado de cabañas, se convirtió en esto. He visto a niños que enseñé convertirse en ancianos sabios. He visto el amor florecer una y otra vez. Eso no duele. Eso llena.
—¿Y Mei? ¿La sigues extrañando?
—Cada día. Pero también la siento. En el fuego de las hogueras. En el calor del sol. En cada sonrisa de los niños. Ella está aquí. Siempre.
Kira asintió, comprendiendo.
—Yue quiere verte —dijo—. Esta tarde. Dice que tiene algo importante que contarte.
—Yue siempre tiene algo importante que contarme. Pero iré.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Ve a la celebración. Ellos te necesitan. Yo estaré bien.
Kira dudó un momento, pero luego asintió. Lo abrazó con fuerza, sintiendo la fragilidad de su cuerpo, la firmeza de su espíritu.
—Te quiero, Lian —susurró.
—Y yo a ti, hija. Más de lo que imaginas.
Kira se levantó y emprendió el camino de regreso al valle. Antes de desaparecer tras la colina, se volvió una última vez. Lian seguía allí, mirando el horizonte, inmutable como la montaña.
—Siempre —murmuró, y siguió su camino.
La tarde llegó con una luz dorada que envolvía el valle en un abrazo cálido. Lian bajó de la colina lentamente, apoyándose en su bastón, pero con la dignidad de quien ha caminado mil caminos.
Yue lo esperaba junto al arroyo, en el lugar de siempre. Su pelaje plateado, aunque más apagado que en su juventud, aún conservaba algo de su brillo legendario. A su lado, dos crías de gacela lunar, las primeras que nacían en el valle en décadas, jugueteaban entre las piedras.
—Viniste —dijo Yue, con esa voz grave que el tiempo no había logrado cambiar.
—Siempre vengo. ¿Qué querías decirme?
—Mira —señaló con el hocico hacia las crías.
Lian observó a los pequeños. Eran ágiles, curiosos, llenos de vida. Sus ojos, aún sin la sabiduría de los años, brillaban con la misma luz que había visto en Yue cuando la encontró, herida, tantos años atrás.
—Son hermosos —dijo—. ¿Tus nietos?
—Bisnietos. Mi especie vuelve a reproducirse. Por primera vez en siglos. Gracias a este lugar. Gracias a ti.
—Gracias a todos. A los que creyeron.
—Sí. Pero tú fuiste el primero.
Yue se acercó y apoyó su cabeza en el hombro de Lian, igual que había hecho mil veces a lo largo de los años.
—Mei estaría contenta —dijo.
—Lo sé. Lo está.
—¿La sientes?
—Siempre.
Permanecieron así, en silencio, viendo cómo las crías jugaban, cómo el sol se ocultaba lentamente tras las montañas, cómo la vida seguía su curso eterno.
—Lian —dijo Yue al cabo de un rato—. ¿Crees que volveremos a vernos? Todos, digo. Los que se fueron.
—No lo sé. Pero si hay algo que he aprendido en todos estos años, es que el amor no desaparece. Se transforma. Se vuelve parte de todo. Así que sí, de alguna manera, siempre estaremos juntos.