Delilah
Siempre he sentido que estoy buscando algo o alguien. Es un sentimiento que no importa cuanto trate de evitar siempre está ahí. Y no importa a donde sea que vaya siempre tengo la sensación de que algo me falta. Como si fuera un rompecabezas incompleto. Y por más que busque la pieza restante no consigo encontrarla.
Nunca logro encontrarla.
Algunas veces se siente como un nudo en la garganta, otras como un vacío que persiste en mi interior. La pregunta que más me repetía era si algún día podré dejar de sentirme así de... vacía.
El accidente no solo acabó con la vida de mis padres, también cambió por completo la vida de mi hermano mayor y la mía. En unas semanas se cumplirán cinco años. Cinco años del accidente. Cinco años que Olive llegó a nuestras vidas.
Cinco años desde que la vida nos golpeó de la peor manera. Y nada volvió a ser lo mismo desde aquel día. Al menos no para mí.
Cierro mis ojos con brusquedad y subo el volumen de mi parlante. No hay día que no piense en mis padres. En lo que perdí ese día. En los recuerdos olvidados de mi mente. Y no hay día que no me arrepienta de todo lo que hice después. Pero no puedo volver en el tiempo. No puedo cambiar lo que pasó ni mucho menos lo que hice. El accidente se llevó todos mis recuerdos. Todo lo que soy. Y aunque a veces tengo alguna especie de recuerdo efímero, nunca he podido recuperar todas mis memorias. Era como si mi cerebro se hubiese programado desde cero. Solo recordaba a mis padres y a mi hermano.
—¡Rae, baja la música! —grita mi hermano asomándose por mi habitación aventándome un cojín.
—No te oigo, Matthew. —respondo para fastidiarlo. —La música está muy fuerte.
Él niega sonriendo y sale de mi habitación. Sonrío victoriosa y subo al máximo mi reproductor de música.
Tarareo con entusiasmo cuando de pronto todas las luces de mi habitación se apagan y también el equipo de música. Otra vez lo mismo.
—Matthew, por todos los cielos, —exclamo sin aguantar la risa, —¡¿Quieres dejar de cortar la luz?!
Su risa es todo lo que escucho por respuesta. Extrañaré esto. Siempre pensé que cuando dejara mi casa para ir a la universidad lo haría feliz y contenta, y lo estoy. Solo que una parte de mí siente que no es justo. Mi hermano abandonó sus estudios y toda su vida por cuidar de nosotras. Siento que no es justo que me vaya y los deje. Además ni siquiera sé si es la decisión correcta.
—Voy a buscar a Olive, —ríe entrando en mi cuarto. Su sonrisa me recuerda a mamá al instante. —¿Quieres venir?
—Lo siento, debo terminar de empacar. —me apoyo en el escritorio y miro alrededor de mi habitación. —Extrañaré oír el de karaoke de Olive y Lucas cada vez que voy a buscarla a preescolar.
Mi hermano ríe y suelta un largo suspiro que me estruja el corazón.
—Hoy es día de rock, o al menos eso dijo Livvy. Mañana dijo que sería día Disney, tienen un calendario y todo.
Río recordando que yo misma la ayudé a ambos pequeños a hacer las plantillas para el calendario. Mi hermano sonríe y aunque sé que nos ama, siempre pensaré en todo lo que sacrificó y dejó por nosotras. Por mí.
Trago el nudo que se forma en mi garganta y comienzo a guardar unos libros en la estantería. Cualquier cosa con tal de que no vea que los ojos se me han llenado de lágrimas.
—¿Quieres que te traiga algo?
—No hace falta, por mientras bajaré a adelantar la cena.
Él solo sonríe y viene hacia mi dejando un beso en mi cabeza. Las lágrimas amenazan con salir y hago de todo por contenerlas.
—La prepararemos los tres juntos.
Deposita un beso más en mi cabeza y desaparece tras la puerta. Lo escucho bajar las escaleras y la música vuelve a sonar por altavoces. La canción cambia de pronto, y se reproduce una de las piezas de mis padres. El corazón se me encoge en el pecho. Me siento frente a mi piano y lo observo. Mis dedos se saben esta pieza de memoria y pican por tocar. Es una de las pocas piezas que extrañamente recuerdo a la perfección. Acaricio las teclas del piano pero no soy capaz de hacerlo. Siento mis ojos llenarse de lágrimas esta vez de impotencia.
Casi cinco años y aún sigo sin poder tocar música. Es irónico que no sea capaz de recordar mi vida, pero si una pieza musical que mis padres me dedicaron.
No sé cuánto tiempo pasa cuando de pronto siento unos pequeños bracitos rodeándome.
—¿Vas a tocar hoy, Rae? —la voz de Olive suena con esperanza y me estruja el pecho. Mi hermanita espera sonriente mi respuesta.
—No hoy, Liv. —susurro tragándome la angustia y me obligo a darle mi mejor sonrisa. —Otro día, ¿está bien?
Ella me abraza sin dejar de sonreír. Es la niña más amorosa del mundo entero.
—Quizá mañana antes de irte puedas tocarme algo.
—Quizá. —le sonrió en respuesta, aunque sé que mañana tampoco seré capaz de tocarle y algo me dice que ella también lo sabe. —¿Quieres practicar tú?
Sus ojos azules brillan con entusiasmo.
—Cuidaré mucho de tu piano cuando vayas a la universidad.