Evan
No había muchas cosas que me llamaran la atención. Mis gustos siempre fueron los mismos. Y no tenía muchos cambios en mi rutina diaria. Pasaba más de la mitad del tiempo tratando de capturar el momento perfecto. Porque en eso se basaba mi día a día. En capturar el instante que lo marcaría todo. La absoluta evidencia que había un antes y un después de cada momento.
—Manténganse quietos un momento, cambiaré el lente. —anuncio a los novios frente a mí mientras ajusto el lente de mi cámara tratando de no perder el enfoque perfecto para esta toma.
Ellos tratan de mantenerse quietos lo más posible sin borrar las sonrisas de sus rostros pero noto la incomodidad de los modelos en la sesión. No son novios de verdad, es publicidad para una revista. No soy mucho de fotografiar personas, pero trabajo es trabajo y además me sirve para mi portafolio de la universidad.
Tomo las últimas fotos en diversos ángulos y con diferente iluminación, pero para mi todas se ven iguales. Y todas las siento falsas, sin sentimientos de verdad, sin ninguna emoción real de por medio. Creo que por esa misma razón las personas no solían llamar tanto mi atención a la hora de fotografiar. Porque era fácil fingir una sonrisa o un llanto, pero los animales y los paisajes los sentía más reales. Llenos de vida.
La gente me parecía efímera, se me hacía irrelevante la existencia de muchas personas y de todos en general cuando tenía un mundo por conocer y por fotografiar.
Continúo tomando unas cuantas fotos más pero de pronto la escena me parece tosca, ya no tiene sentido para mí. Como muchas cosas al final del día.
—Eso es todo por hoy, —informo a los modelos, mi voz suena aburrida. Ellos se miran extrañados. —Nos vemos mañana a la misma hora.
No alcanzo ni a llegar a la puerta cuando una figura femenina se interpone en mi paso. Zoé me sonríe jugueteando con un mechón de cabello negro en sus dedos. —¿Hoy estuve bien?
—Sí, —la corto, incómodo—¿Me dejarías pasar?
Ella no parece entenderme porque de pronto da un paso más en mi dirección. Retrocedo por inercia. Ella pone cara de ofendida. He sido claro con ella desde el principio. Esto es trabajo y yo no me lío con el trabajo. Y tampoco me apetece liarme con nadie ahora.
—Tengo que irme, Zoé. —resoplo.
—¿Puedo acompañarte? Podríamos pasar a comer algo o ir por un trago.
—Yo no bebo y es mejor que no. Tengo demasiadas cosas que hacer. Nos vemos mañana para terminar la sesión de fotos.
Ella abre la boca para decir algo y rápidamente paso por su lado saliendo del edificio. El frío atardecer de Calgary me invade junto a la brisa otoñal.
En otra ocasión quizá hubiera dicho que si. Pero hoy no me apetecía mucho la compañía. Honestamente pocas veces lo hacía. No me gustan las relaciones vacías. Creo que el haber vivido mi infancia en un orfanato me llevó a pensar así. Sin embargo, cuando veo a mis padres adoptivos con los que crecí, pienso que vale la pena esperar. Mis padres me han vuelto un cursi cuando la mayoría del tiempo siento que no tengo sentimientos. Ahí están ellos siempre con una sonrisa, dando todo por mi hermana y yo.
Amé una vez a alguien. Y la vida se encargó de quitármela. El pensamiento me retuerce el estómago. Después de ella nunca volví a tener una relación formal, o no una que durara mucho de todos modos. Han pasado casi cinco años y su recuerdo aún duele. Aún la extraño. Sin siquiera desearlo, siempre la busco inconscientemente a cada lugar que voy. Mi mente traicionera siempre la recuerda como si pudiera volver a encontrarla. Pero jamás volví a verla y jamás tuve el valor de ir a despedirla.
Quizá es eso, un adiós olvidado para resguardar un corazón herido.
Un golpe en mi auto hace que me sobresalte. ¿Qué demonios? Me bajo del auto hecho una furia, ¿a qué idiota se le ocurre conducir en dirección contraria? Me han chocado por el costado.
No puede ser. Mi día va de mal en peor. Nadie baja del auto. Me acerco y golpeo la ventanilla. Escucho lo que podría ser un grito de frustración. Genial ahora tengo que lidiar con una loca.
Ella baja el vidrio del auto. Sus ojos encuentran los míos. Y su mirada me golpea con intensidad. El corazón se me dispara en el pecho. Sus ojos color chocolate parecen brillar reflejando la oscuridad, pero estoy seguro que si me acerco lo suficiente podré ver que no son tan oscuros como pienso. Sus ojos, las pecas en su nariz... una parte de ella luce como...
—¿Por qué te atravesaste? —pregunta interrumpiéndome, trayéndome de vuelta a la realidad. Luce molesta. Suelta un largo suspiro —¿Y bien? ¿no sabes hablar o qué?
Vuelvo a la realidad.
—¿Disculpa? —estoy atónito. Está culpándome a mí por algo que ella tiene toda la culpa. —Tú me chocaste.
—Te atravesaste, —volvió a repetir. Esta vez más cabreada. —en mi camino, te me cruzaste y chocamos.
—¿Chocamos? —estoy completamente incrédulo, —Tú me chocaste a mí.
—Porque tú te atravesaste en mi camino. —repite, un mechón de cabello marrón rojizo cae por su rostro. Acaba de chocarme, no la conozco para nada y yo lo único en lo que puedo pensar es en lo bonita que es y en lo mucho que me recuerda a ella.