Delilah
Las siguientes dos semanas de clases fue caóticas y a la vez llenas de las inducciones que le hacen a los estudiantes de primer año. Me topé a Emily en alguna de las actividades y aunque ella ya tenía bastantes conocidos en el campus no me dejó sola en ninguna oportunidad. También coincidíamos en algunos recesos que pasábamos juntas y quedamos de almorzar al menos dos días a la semana por si después teníamos muchas cosas que hacer.
Los días transcurrieron rápido y aunque mis migrañas aumentaron también pude recordar unas cuantas cosas de mi vida. Como cuando fuimos a dejar a Matthew a Hardvard cuando se mudó a las residencias y mi último recital de ballet. Recordar para mi era como ganarme la lotería. Me alegré tanto que lo primero que hice fue llamar a mi hermano y contarle con detalle cuanto había podido desbloquear de mis recuerdos y Matt estaba feliz por mi, Olive también lo estaba y aunque era una niña pequeña que no entendía mucho del mundo siempre sabía como hacerme sonreír. Ambos eran el mayor pilar de mi vida. Los extrañaba demasiado, y a la vez el echarlos de menos me motivaba aún más. Después de todo estaba aquí por ellos.
—¿Cómo se conocieron Sam y tú? —la curiosidad me gana por saber mientras Emily pone unas cosas más en el carrito de compras.
Hemos venido al supermercado juntas, según ella había muchas cosas que faltaban en la despensa. En mi opinión, había de todo.
—En la escuela, yo iba dos cursos por debajo de los chicos. Era primer día, nos habíamos mudado recién a Hall Springs. Discutí con Evan ese día, la verdad solíamos discutir mucho cuando niños, aunque eso era mi culpa, lo presionaba demasiado —sonríe recordando su infancia—. A todo el mundo le decía que tenía un hermano, quería hacer de todo con él y a Evan no le entusiasmaba mucho la idea. Era más reservado, más silencioso. Mis padres me decían que tenía que tener paciencia porque incluso le costaba abrirse con ellos, y conmigo mucho más.
La escucho con atención mientras pasamos por los pasillos y ella pone lo que necesitamos en el carro.
—Ese primer día de escuela, estaba muy nerviosa y cuando vi a Evan al terminar la primera clase corrí hacía él. Cuando pequeña no era buena haciendo amigas. Y Evan al parecer encontró niños con quienes hablar y jugar. Yo llegué corriendo y lo abracé en cuanto lo vi, se molestó tanto que me dijo que me fuera a jugar con las niñas y que lo dejara en paz. Me dijo que estaba harto de mi. Yo salí llorando y me di de bruces con un chico que estaba juntando a la pelota. La pelota me dio a mí para ser exacta —toma aire y ríe, de pronto toca el collar en su cuello—. Creo que en ese mismo momento me enamoré de Sam. O me gustó mucho, no lo sé, pero siempre ha sido él. Tenía siete años cuando le conocí y desde ese día estuve colada por él.
Sus palabras son tan cálidas y sinceras que es imposible no sonreír.
—¿Qué pasó después?
—Sam vino a disculparse conmigo. Dijo que no me vio y yo no podía dejar de llorar. No por el golpe que me acababa de caer en la nariz, sino porque mi hermano acababa de rechazarme y yo lo quería más que a nada. Siempre había querido un hermano y a Evan lo quise desde el primer día. Sam me puso de pie como todo un caballero, me limpió las rodillas y me pasó un pañuelo. Evan corrió en mi rescate, se puso todo modo hermano mayor lo empujó y le dijo que porque tocaba a su hermana, que como se atrevía a hacerme llorar, pero yo no lloraba por el golpe, lloraba porque me habían puesto triste sus palabras. De pronto Sam que estaba a punto de golpearlo por haberlo empujado, lo llama por su nombre. Evan se quedó perplejo porque no se acordaba de él, Sam le dice algo de la guerra de las galaxias y desde ese entonces han sido inseparables. Se conocían de antes, iban en el mismo orfanato. Llámalo coincidencia o destino, pero las probabilidades de que se reencontraran en la misma ciudad y en el mismo colegio eran una en cien. Unos años después comenzamos a salir a escondidas de Evan, estábamos asustados y no sabíamos cómo decirle. Un día nos pilló besándonos en el pasillo de nuestra casa y se molestó con nosotros. No porque estuviésemos juntos, sino porque le habíamos mentido y se lo habíamos ocultado. Según Evan, era obvio que tarde o temprano acabaríamos juntos. Siempre ha sido más observador de lo que me gustaría admitir. Yo había cumplido los dieciséis, Sam ya había cumplido dieciocho. Ellos estaban por entrar a la universidad, a mi aún me quedaba un año de instituto. Fue complicado, pero pudimos llegar hasta aquí. No ha sido fácil, pero no me arrepiento de nada.
Me sonríe y veo ese brillo en sus ojos, ese sentimiento de plenitud y amor incondicional. Em es una persona totalmente transparente a los ojos de todos por lo que me he dado cuenta. Y a la vez tiene esa presencia y esa luz que la caracteriza donde sea que vaya.
—¡Oh! —exclama de pronto y corre hacia la máquina de helados. Me hace reír y la sigo. Me muestra una cajita de paletas de chocolate blanco y frambuesa—. Es mi sabor favorito, ¿te gusta? O podemos llevar otro si es que prefieres.
—Ese está bien.
—Era el sabor de helado favorito de mi mejor amiga. Ella me enseñó esas paletas y se convirtieron en mis favoritas también —dice de pronto con un tono más suave—. Son muy deliciosas, ¡Te gustarán!
Lo pone en el carrito sonriendo y terminamos de buscar las cosas que según ella son imprescindibles para nuestro departamento. Sonrío más de la mitad del tiempo y pido al cielo que estos días llenos de sonrisas y felicidad no terminen jamás.