Evan
<<Detestaba los ruidos muy fuertes y más que nada, detestaba que a mis padres adoptivos les gustaran tanto las fiestas y las cenas familiares. A veces extrañaba el silencio del orfanato, aunque mi dormitorio con los Anderson era increíble y muy cool. Además tenían una piscina y me encantaba nadar, o bueno, flotar, lo de nadar todavía estaba en proceso de aprendizaje. Y eran buenos padres, me contaban historias antes de dormir, me daban galletas como merienda, y aunque Emily podía ser irritante y molesta era una buena hermana. Eran la familia en la que hubiese amado crecer.
Ya estaba acostumbrándome a estar aquí. Y aunque no quería, también estaba tomándoles cariño. No quería irme. No quería despertar un día y darme cuenta que ya no me querían en sus vidas y me devolverían al orfanato.
Por eso no podía quererlos, por eso no quería quererlos. Porque podían abandonarme en cualquier momento. Tal como lo hicieron mis padres cuando decidieron que ya no me querían en sus vidas.
¿Qué pasaba si un día los Anderson decidían que ya no querían a un niño extraño como yo? Emily y yo éramos muy distintos. Quizá se darían cuenta de eso muy pronto y me devolverían.
Mejor debería irme. Debería volver antes de que me echen a la calle y deba volver a esa habitación sucia con otros cinco niños que me odiaban y siempre me quitaban parte de mi almuerzo. Irme ahora es mucho mejor a esperar a que los Anderson me lleven de vuelta al orfanato. Puedo volver solo y decir que no me agradaron, puedo volver y decir que fue una pesadilla, aunque sería la mayor mentira de mi vida. Pero estar aquí y acostumbrarme para que después me echen a patadas dolería mucho más.
Estábamos en la casa de unos amigos del señor y la señora Anderson. Me costaba bastante decirles mamá y papá todavía. Había pasado tres semanas desde que me mudé a vivir con ellos y aunque tratara de negarlo, habían sido las mejores semanas de mi vida.
Una dulce melodía de piano llegó hasta mí y la seguí mientras caminaba por el jardín. Los dueños de esta casa también tenían una piscina y un gran invernadero, la música parecía venir de allí.
Me acerqué con cautela y entonces la vi...
Estaba bailando en medio de todas las plantas. El cabello rubio oscuro era sostenido en una coleta alta y traía ropa rosada junto a un tutú de esos que usan las bailarinas en las películas que ve Emily.
Se veía concentrada bailando al ritmo de la música con una enorme sonrisa en su rostro.
Sentí algo extraño mientras la veía. Ella lucía como una estrella, era como una luz brillante y no podía dejar de verla.
Era la bailarina más linda que había visto. No se comparaba para nada con las películas que veía mi hermana. Esta niña era magnética y la sonrisa que tenía en su rostro me hizo sonreír también.
Tenía una corona de flores en su cabeza, todas eran flores rosas. No tenía idea de flores y ni siquiera me gustaban. Pero desde hoy las que llevaba sobre su cabeza eran mis favoritas.
Era la niña más bonita que había visto. Deseé en este momento haber traído conmigo la cámara fotográfica que me habían regalado los Anderson cuando me mudé con ellos. Le habría tomado mil fotos.
Di un paso hacia ella y una rama bajo mis pies crujió asustándola y me detuve de golpe. Se giró hacia mi con miedo en sus ojos color almendra.
No pude decirle nada. Parecía una verdadera princesa.
Nos miramos por unos segundos y ella se acercó lentamente.
—¿Eres Evan? —preguntó y noté la duda en su voz.
Estaba inmóvil, ni siquiera podía asentir.
—Emily dijo que vendrían a cenar con su nuevo hermano, ¿ese eres tú?
Retrocedí por inercia en cuanto se acercó demasiado. No podía dejar de ver sus ojos brillantes y ademas tenía una mejilla y la nariz llena de purpurina.
Su mirada pareció estudiarme y de pronto sonrió. El corazón se me detuvo y me tambaleé. Su sonrisa era muy bonita.
Tan bonita como ella.
—Si debes ser Evan —dijo, pensativa—. Em dijo que no hablas mucho.
¿Emily le había hablado de mi? Me gustaba que supiera mi nombre pero yo no sabía el suyo, no era justo. Quería saber como se llamaba, quería saber su color favorito, quería saber su princesa favorita, quería saber que la hacía reír... quería saber todo de ella.
—¿Tú quién eres? —pregunté, al segundo me di cuenta de que había sido grosero—. Soy Evan.
Sonrió... me sonrió a mí... y en ese mismo instante me dije que haría cualquier cosa con tal de verla sonreír todos los días.
—Soy Rae —dijo sonriente—. ¿Quieres que seamos amigos?
El corazón me latía como un tren a toda prisa mientras asentía sin poder decir una sola palabra.
Rae.
Rae.
Rae.