El espejo de la serpiente

— CHICHIMECATECUHTLI —

Xicohténcatl no estaba feliz.

Y no tenía nada que ver con Turquesa, ni con la suave calma que le producía caminar a su lado bajo el cielo nocturno, ni con la tentación constante de entrelazar sus dedos con los de ella.

Era otra cosa. Era un peso raro en el pecho que no lo dejaba respirar bien.

Extrañaba su hogar. A su hermana y a su hermano, a su gente, a las voces que conocía desde niño. Extrañaba el color de las montañas al amanecer, el humo de los fogones, la risa que le producía los comentarios y opiniones de su hermana. En verdad anhelaba regresar, volver a estar con los suyos... pero ese mismo deseo de volver se había transformado en miedo y preocupación ¿Qué sería de los suyos cuando finalmente llegara el momento?

—¿Sabes? Cuando mi padre murió… —ella bajó la voz, como si el aire también le recordara su propio dolor— perdí las ganas de vivir. No quería comer, no quería hablar… solo quería hundirme en mi cama y desaparecer por completo— con cuidado y lentitud, la mujer soltó un largo suspiro, después, extendió su brazo, buscando la mano de Xicohténcatl, dejando que sus dedos rozaran los de él antes de entrelazarlos—Pero un día —continuó— comprendí algo. Nadie puede cargar solo con un dolor así. Ni siquiera los más fuertes. Y tú… —lo miró, directamente, con esa honestidad que solo tienen los que ya han perdido algo en la vida— tú no tienes por qué hacerlo tampoco.

Xicohténcatl apretó la mano de Turquesa con delicadeza, sintiendo su corazón acelerado por aquellas palabras.

—No sé qué va a pasar con tu pueblo… con toda esta gente. No sé si con mi intervención podremos detener lo que viene. Pero sí sé que no vas a enfrentarlo solo— Xicohténcatl sintió que perdió el aliento cuando Xihuitl se acercó a él, con los ojos brillando, con aquella determinación que solo había visto en sus más valientes guerreros—Si vas a pelear por ellos, yo pelearé contigo. Si vas a llorar por ellos, lloraré contigo. Si vas a caer… estaré ahí para levantarte.

Xicohténcatl no tuvo la menor idea de que responder. No había palabras capaces de sostener todo lo que se revolvía dentro de su pecho. Era como si el mundo se hubiera decidido a dejarlo expuesto, vulnerable cuál niño que anhela ser consolado y alejado de todo mal.

Cerrando los ojos, el guerrero abrazó a Turquesa, pero no como alguien que busca desesperadamente consuelo, sino, más bien como quién encuentra su hogar, su lugar en el mundo al fundirse con un cuerpo que no era el suyo. Su rostro quedó hundido en el espacio entre el cuello y el hombro de Xihuitl, respirando lento y profundo, como si el aroma de ella fuera suficiente para anclarlo a la realidad.

Turquesa al notar este gesto, rodeó los hombros del guerrero, abrazándolo con fuerza, como si intentara protegerlo de todo lo que los rodeaba.

—No estás solo, nunca más vas a estarlo.

En ese instante, el corazón de Xicohténcatl golpeó con fuerza contra su pecho. Había algo abrumador en ese calor, en ese contacto, en ese instante lleno de cariño que parecía no pertenecer al mundo que comenzaba a desmoronarse con ellos.

¿Cómo se suponía que iba a dejarla ir después de esto? ¿Cómo se suponía que tendría que ordenarle a su corazón dejar de quererla, dejar de anhelarla cuando tuviera que irse?

La sola idea lo destrozaba. Lo desgarraba por dentro con una fuerza que desconocía. No era justo que los dioses la hubieran puesto ante él para después arrebatarsela.

—Cuando te vayas…

Turquesa de inmediato negó, ella también había pensando en que ocurriría cuando llegase el momento de regresar a su época, no había dejado de pensar en todo lo que pasaría a su partida, pero haber besado a Xicohténcatl se había sentido tan… Ni siquiera podía encontrar las palabras adecuadas para explicar todo lo que él guerrero le había hecho sentir en aquella caricia.

Por más que lo intentaba, ella no podía pensar con claridad. La única certeza que tenía en el corazón era que no iba a dejarlo atrás, no iba a dejar a Xicohténcatl, ni a toda la nación a su suerte.

—No pienses en eso, por favor.

—Alguno de los dos tiene que pensar en la posibilidad de…

—Ven conmigo — Turquesa se mordió el interior del labio al darse cuenta de lo que había dicho, pero ya no podía retractarse—. Si nada de esto termina como esperamos, vámonos juntos, estoy segura que mi época tiene un lugar para ti.

Xicohténcatl se separó un poco de Turquesa, solo lo suficiente para poder verla. Su seguridad al decir aquellas palabras, la firmeza que tenía lo estaban destrozando.

Ambos sabían que aunque la propuesta estuviera hecha, él no sería capaz de dejar a su pueblo atrás, no podría olvidarse nunca de las personas que amaba, de quienes dependían de él para sobrevivir. No tendría el corazón, de dejar todo sin mirar atrás.

Aún así, decidió que aquel momento no era el indicado para romperle el corazón a Xihuitl. No sé perdonaría destrozar las ilusiones de aquellos brillantes ojos de esa manera.

—No importa lo que venga, ni cuántos caminos tenga que cruzar… Aunque el mundo se quiebre y la noche se alargue, aunque los caminos se borren y las voces callen, no voy a dejarte atrás. Si alguna vez te pierdes, buscaré tu nombre en el viento, en el agua y en la tierra hasta encontrarte. Mi corazón, siempre sabrá cómo regresar a ti.

Turquesa se habría sentido maravillada de aquella demostración de amor si no fuera porque una parte de ella sabía que esas palabras eran solo un intento dulce de suavizar la negativa que se escondía detrás de sus labios.

—Xicohténcatl.

—¿Si?

—Promete que vas a pensarlo.

Negándose a responder, el guerrero colocó su frente sobre la de ella antes de mover el resto de su cabeza para unir sus labios a los de Xihuitl. A diferencia de la primera vez, este beso fue dado con miedo, era una caricia que llevaba incertidumbre, pero al mismo tiempo la calma de haber encontrado aunque fuera por un instante, algo en lo que valía la pena perderse.



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 29.11.2025

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