—¿Estás seguro de que no tienes hambre?
—No señorita. Gracias.
Turquesa antes de partir del corazón del imperio mexica, había dudado mucho en tomar la mano de Axayacatzin para llevárselo con ella, pero cuando los ojos del pequeño niño brillaron al verla, no tuvo corazón de negarse a nada, después de todo el hijo de Cuitláhuac tenía menos de ocho años y condenarlo a ver de cerca la destrucción de su pueblo, sería inhumano, sobretodo si tenía entre sus manos la posibilidad de salvarlo.
Así que después de agradecer a Moctezuma, Cuauhtémoc y Cuitláhuac por su hospitalidad, Turquesa había comenzado a caminar con Xicohténcatl siguiendolos de cerca. Muchas veces, ella intentó preguntar de qué habían hablado en las reuniones de emergencia que tuvieron, pero el guerrero se mantuvo en silencio, desviando el tema todo lo que podía.
Seguramente Xihuitl habría insistido en saber más, sino hubiera sido porque Axayacatzin iba con ellos, y no quería perturbar aún más al niño, suficiente tenía con alejarse de sus padres y de todo lo que conocía.
Para hacer más ameno el camino, Turquesa se dedicó a contarle al pequeño algunas historias infantiles que recordaba, su madre le contaba. Axayacatzin parecía feliz con la cercanía y amabilidad, mientras que Xicohténcatl solo los miraba, como si se sintiera ajeno a la burbuja de paz que ella y él niño habían formado.
Era claro que algo estaba mal, pero no era el momento de preguntar, después de todo Xicohténcatl era un guerrero y no estaba acostumbrado a transmitir sus preocupaciones en voz alta.
Lo único bueno de aquel viaje además de la compañía había sido la rapidez con la que regresaron, pues en esa ocasión, los mexicas les habían permitido usar su sistema de cuevas que conectaban a toda la región, por lo que al estar menos expuestos a los peligros de la naturaleza, tardaron cuatro días en llegar a las afueras del pueblo de Xicohténcatl, quién ya se veía preocupado, nervioso y ansioso.
Turquesa ni siquiera tenía que preguntar el por qué.
—¿Xicohténcatl?
—Estoy bien, gracias.
Xihuitl asintió mirando los restos de la fogata que tenían enfrente. Habían sido días muy fríos y la noche prometía ser más cruda.
—¿Puedo jugar?
Axayacatzin alzó la mirada, señalando su pequeño perrito elaborado con arcilla que tenía un par de ruedas, lo que permitía arrastrar mejor el artefacto.
—No muy lejos — Turquesa sonrió, mirando como el niño se alejaba un par de pasos de ellos. Sin despegar sus ojos de los movimientos del niño, se acercó al guerrero, tomando su mano— ¿Estás bien?
Xicohténcatl negó.
—Estoy preocupado— admitió en voz baja, como si le diera miedo hablar de lo que seguramente consideraba una debilidad —. De mi hermana Tecuelhuetzin no he sabido nada y de Tlilcuetzpalin, bueno, aunque sus notas son alentadoras, no sé que le pueda pasar si se interna más en la selva.
Xihuitl no tuvo ni siquiera tiempo de procesar la preocupación del guerrero, pues todo pensamiento coherente se vio interrumpido cuando de entre los árboles, hombres armados aparecieron. Axayacatzin al verlos, corrió hasta Turquesa, que abrazó con fuerza al niño mientras miraba a Xicohténcatl, mismo que no tardó en identificarlos como guerreros de su pueblo.
—¿Qué hacen aquí? ¿Quién los mandó? — sabiendo que algo no andaba bien, el guerrero tomó su arma con fuerza, listo para dar el primer golpe si era necesario.
—No es momento de alterarnos así, hijo.
La sangre de Xicohténcatl hirvió de ira al ver aparecer la figura de su padre, que iba acompañado de Chichimecatecuhtli.
—Joven Xicohténcatl Axayacatzin, es un placer verlo— Chichimecatecuhtli ignorando la evidente tensión que los rodeaba, sonrió al guerrero para después colocar sus ojos frente al niño y Xihuitl—. No sabía que venía acompañado.
Respirando profundo para tratar de calmarse, Xicohténcatl con sutileza se colocó enfrente de ambos.
—Si quieres hablar conmigo, podemos hacerlo cuando estemos en el pueblo. Aquí estamos muy expuestos.
—No voy a hacerles nada. Nadie de los demás señoríos va a hacerles nada si me dices que has estado haciendo— el guerrero no dijo nada, solo esperó a que Chichimecatecuhtli — ¿Crees que lo que haces no tiene consecuencias? ¿Creíste en verdad que no nos íbamos a enterar de tu visita a los asquerosos mexicas? Sabes tan bien como cualquier otro que eso significa traición.
—No fui con ellos, no fui a buscarlos. Mucho menos estoy cometiendo traición. Primero me arrancaría el corazón antes de vender mi lealtad, a diferencia de otros, no tengo precio.
—¿Está tratando de insinuar algo, joven Xicohténcatl? — Chichimecatecuhtli avanzó unos cuantos pasos para tratar de ponerse a la altura del guerrero— No somos conocidos por hacer insinuaciones sin fundamentos, mucho menos por no decir las cosas de frente.
—Me acompañó a buscar mi hogar— Turquesa sabiendo que delatar las intenciones de ese hombre antes de tiempo podría ser contraproducente, decidió tomar con fuerza la mano del pequeño para poder erguirse, no iba a bajar la cabeza ante un hombre como ese— Caí en sus tierras hace poco y él se ofreció a ayudarme—. Era una excusa tonta, pobre y barata pero era mejor que seguir alimentando las creencias de ese hombre.
Chichimecatecuhtli divertido se alejó del guerrero, mirando con interés a la mujer. Su mirada logró incomodarla pero ella se mantuvo firme en su lugar, no iba a darle el placer a ese hombre de verla con miedo.
—¿Quién eres tú?
—Xihuitl.
—Jamás había oído hablar de ti, ¿Quién es tu familia? ¿Es alguien poderoso de Tizatlán? Si no, no me explico cómo es que llegaste a relacionarte con el hijo de Huehue.
—Ella llegó a nuestras tierras sin recordar nada— Xicohténcatl desvió la mirada de su padre, quién también lo miraba con odio—. Se golpeó y nosotros la ayudamos. Salí de mi pueblo para ver si encontrábamos respuestas.