Turquesa, desde hacía mucho, había aceptado todo lo que ocurría a su alrededor—esa nueva realidad en la que vivía—con la misma resignación con la que un preso que sabe que está condenado a permanecer en un lugar del que no puede escapar. Claro, ella estaba en condiciones mucho mejores que un presidiario.
Tenía a Xicohténcatl, a Axayacatzin, incluso a Tecuelhuetzin. Eran personas maravillosas que nunca habría conocido de no haber caído en ese lugar. Pero estar cerca de Huehue y de los demás miembros del pueblo… bueno, eso ya era distinto. Aquello no era agradable, menos ahora, cuando todos la miraban con recelo, con ira, incluso con un rencor difícil de disimular.
Quizá pensaban —y con razón— que era absurdo que alguien como ella estuviera a punto de contraer matrimonio con el líder de Tizatlán. A ojos de todos, Turquesa no era nadie en esa época: no tenía un linaje detrás, ni familia que la respaldara, mucho menos un nombre que justificara su lugar a lado de Xicohténcatl, de un guerrero formidable y apreciado por su gente.
—Sé que te preocupa cómo te ve la gente, pero créeme cuando te digo que no deberías hacerles caso. Mi hermano te aprecia, lo suficiente como para dejar de lado sus ideas sobre el matrimonio.
Tecuelhuetzin sonrió, tarareando una canción desconocida para Turquesa, quién realmente no le prestó mucha atención, no cuando esa conversación ya la habían tenido múltiples veces, teniendo el mismo resultado.
Tratando de no agobiarse, Xihuitl cerró los ojos, decidiendo expresar otros temores.
—Seguramente su padre va a querer quitarme el lugar de esposa legítima.
Turquesa soltó de golpe todo el aire que había estado conteniendo. Desde que Xicohténcatl y ella acordaron aquel matrimonio, no podía quitarse de la mente la idea de que Huehue, al no verla como una mujer “digna” para su hijo, intentaría meter a otra persona en medio de su peculiar relación. Después de todo, los nobles eran los únicos con permiso para la poligamia, y si alguien podía cambiar el rumbo de las cosas sin pedir permiso, era precisamente él, el líder de Tizatlán.
—No importa lo que haga, Xicohténcatl tiene una fascinación particular por ti y no creo que eso pase pronto. Además, aunque lo hiciera, eres la primera esposa, por lo tanto, eres la esposa legítima. Tus hijos serán los únicos capaces de heredar el trono.
Turquesa soltó una risa por lo bajo, con los españoles tan cerca, pensar en ese futuro era imposible.
—Tener hijos suena a mucha responsabilidad.
Tecuelhuetzin miró las flores en sus manos.
—Sé que quieres a mi hermano, pero también sé que no te casas con él por eso— admitió — Hay cosas que no me han dicho, aunque no es necesario que lo hagan, quién observa su entorno, tiene todas las respuestas necesarias. Aún así, no deberías de descartar la posibilidad de tener un futuro, nunca sabes qué puede pasar.
Turquesa jugó un poco con su huipil, observando los bordados mientras asentía para sí, meditando sus palabras.
—¿Puedo ser sincera contigo?
Contarle a Tecuelhuetzin parte de la verdad había sido algo natural, sobre todo porque, a una semana de su regreso, ella —junto con Axayacatzin— eran las únicas personas con las que podía conversar sin sentir que pisaba terreno peligroso, los únicos con los que podía sincerarse sin miedo a que sus palabras se malinterpretaran. Después de todo, preocupar de más a Xicohténcatl no estaba en sus planes, mucho menos cuando Huehue se había asegurado de mantenerlos separados asignándole más guardias, patrullas y rondas lejos del corazón de Tizatlán.
—Sabes bien que sé guardar secretos.
Turquesa se puso de pie, tocando los adornos de jade y concha que Tecuelhuetzin le había colocado en la cabeza.
—No sé si quiero volver.
Tecuelhuetzin la miró de arriba a abajo, siguiendo su ejemplo de ponerse de pie.
—Sé que serías incapaz de dejar a Xicohténcatl — aseguró sonriendo, tomando su mano antes de acomodarle el huipil —. Puede que vengas de otro tiempo, pero tú corazón ha encontrado su lugar aquí con nosotros... Solo, no te atormentes por eso, no ahora ¿Si? No cuando se supone que este tendría que ser el día más feliz.
Turquesa asintió, sabía que los preparativos para la boda habían sido demasiado rápidos, pero tanto a ella como a Xicohténcatl les urgía sentirse a salvo.
—Si, tienes razón, ¿Crees que podamos ir antes por Axayacatzin?
—Lo verás en el palacio de Huehue, no te preocupes— Tecuelhuetzin tocó por última vez los cabellos de Xihuitl—¿ Estás lista?
Turquesa asintió con lentitud, saliendo detrás de Tecuelhuetzin. Al poner un pie fuera, una de las casamenteras* de confianza de Huehue la miró de arriba a abajo antes de comenzar a caminar en dirección a la casa de Xicohténcatl, por su parte, Tecuelhuetzin, al ser la única amiga de Xihuitl y estar soltera, tomó entre sus manos una antorcha para iluminar el camino.
Siguiendolas de cerca, parte del cortejo avanzaba con música, tratando de transmitir una alegría que probablemente nadie sentía.
—Sonríe, a Xicohténcatl no le gustaría verte así.
Turquesa se obligó a sonreír en dirección a Tecuelhuetzin antes de apresurar el paso. Suspirando de alivio al ver el palacio de Huehue, que si bien no era tan elegante y majestuoso como el de Moctezuma, tenía su encanto. Cada rincón estaba adornado de flores, ramas y telas de muchos colores. No había sitio que no mostrara tal luz, incluso la habitación que pronto compartirían estaba llena de vida.
Los ojos de Xihuitl pronto se fijaron en el copal que estaba en medio de la habitación. Según recordaba ella, su uso era de purificación.
—Sé bienvenida a tu futura casa— la mujer que presidía la ceremonia movió la cabeza en dirección a Xihuitl, quién de inmediato sintió la mirada de Xicohténcatl sobre ella.
Antes de toda esa ceremonia no habían tenido tiempo de hablar como deberían y se notaba en la mirada del guerrero que estaba ansioso. Turquesa por un segundo se preguntó cómo es que había sido aquella semana para él, ¿La gente lo habría mirado con la misma rabia que a ella? ¿Se sentían traicionados por quién ellos consideraban un héroe?