—¿Cómo te sientes?
Turquesa, al escuchar la voz de Tecuelhuetzin, hizo una mueca de dolor. Lo último que ella recordaba era haberse arrastrado por el suelo de aquel pueblo, con la respiración entrecortada y el sudor resbalándole por la frente para poder llegar hasta el palacio de Huehue, el único lugar donde podía enterrar el corazón de aquella cosa. En medio del delirio, Turquesa había rogado porque, al depositarlo, brotaran plumas en lugar de una masa negra semejante al carbón; porque lo primero significaría que Tezcatlipoca había visto la pureza de su corazón, mientras que lo segundo…
—¿Dónde estoy?
Ella intentó incorporarse pero las suaves manos de su ahora joven cuñada le impidieron moverse de su lugar.
—En tu habitación, de la que anoche escapaste— respondió con una leve molestia en la voz—. Te encontramos afuera, con las manos llenas de sangre… apenas respirabas, creíamos que estabas muerta.
—Xicohténcatl, ¿Dónde está? ¿Axayacatzin está bien?
Con lentitud, Turquesa abrió los ojos, observando que estaba rodeada de varias mujeres que ya no la veían con preocupación, sino con ¿Admiración?
—El niño está bien, lo he dejado con mi madre alejado de todo este caos, además, él no puede entrar aquí, no hasta que pasen los cuatro días de purificación. Y mi hermano, bueno, él está afuera, esperando mis indicaciones para entrar— con un suspiro pesado, Tecuelhuetzin colocó su mano en la frente de Xihuitl— ¿Qué fue lo que pasó?
Turquesa no estaba segura de decir toda la verdad rodeada de aquellas extrañas.
—Youaltepuztli— con cierta timidez, la más joven de todas ellas, la única que mostró amabilidad desde el inicio, se acercó a ambas mujeres, con la vista puesta en el suelo en señal de respeto—. Todos dicen que usted lo vio y le pidió un deseo.
—¿Cuál… ¿Cuál es tu nombre?
—Aquetzaly, mi señora.
Turquesa la miró unos segundos antes de apretar los ojos con fuerza, no podía permitirse estar así cuando el peligro estaba a centímetros de ellos.
—Aquetzaly, diles a todos que salgan. Solo pueden quedarse tú y Tecuelhuetzin — la joven mujer asintió, ordenando en voz clara, fuerte y firme que las dejaran solas. Al principio, muchas se mostraron reacias a aceptar, pero al ver la irritación de Tecuelhuetzin por no seguir sus órdenes, salieron en silencio— ¿Ya desenterraron el corazón?
—Eso tienes que hacerlo tú, si alguien más intenta abrirlo, podría dañar tu petición.
—Quiero ir, quiero abrirlo.
En contra de las protestas de las dos mujeres, Turquesa se puso de pie, caminando hasta la salida, donde Xicohténcatl no dejaba de moverse de un lado a otro, al menos hasta que la vio.
—¿Cómo estás? — sin medir palabra, el guerrero la atrajo hacía su cuerpo para poder abrazarla, para en ese gesto poder protegerla— Cuando regresé, me dijeron cómo te encontraron y…
—Estoy bien, lo juro— prometió ella dejando que los fuertes y firmes brazos de Xicohténcatl la rodearan—. ¿Todo fue real? ¿Nosotros…?
Las mujeres al escuchar esto de inmediato se dieron media vuelta para dejarlos solos.
—Si, nos casamos— el guerrero se apartó de Turquesa con una seriedad inusual— ¿Te arrepientes? Porque si es así, aún se puede anular, solo tengo que…
Ella negó, buscando tomar la mano del guerrero para transmitirle seguridad.
—No me refiero a eso, no del todo— admitió— No esperaba casarme así, pero no me arrepiento. Cuando te miró tengo la certeza de que eres el único hombre en el mundo con el que querría estar.— Xicohténcatl sin darse cuenta suspiró de alivio al escucharla hablar con tanta firmeza.
—Necesitaba escuchar eso para sentirme mejor.
—¿Tan mal te fue en tu primer enfrentamiento con los invasores de las costas?
El rostro del guerrero mostró una mueca de disgusto ante la pregunta.
—No había nadie, cuando llegué esperaba verlos cara a cara, pero estaba desierto el lugar, caminamos por horas y nada. Pregunté con uno de los vigilantes que dejamos cerca de la costa pero dijo que él no había dado ninguna señal de alerta.
Xihuitl apretó la mandíbula, ni cabía duda que el padre de su esposo estaba intentando eliminarla de cualquier manera posible.
—Tengo que ir a ver algo.
Xicohténcatl poco dispuesto a soltarla y dejarla ir sola, caminó detrás de ella hasta llegar a la parte trasera del palacio. Turquesa miró a su alrededor hasta dar con la tierra que parecía recién removida, ahí, se hincó y con sus manos empezó a escarbar hasta dar con el pañuelo que había envuelto a aquel corazón.
—¿Te encontraste con Youaltepuztli? — El tono de Xicohténcatl era de sorpresa y preocupación, pero Turquesa lo ignoró hasta que se aseguró que eran plumas las que Tezcatlipoca había dejado en el interior— ¿Qué le pediste? ¿Le pediste regresar a tu pueblo?
—Le pedí ganar esta guerra.
—Pedirle favores a Tezcatlipoca suele ser peligroso.
—No cuando él ha visto toda la verdad de tu corazón.
Xicohténcatl no respondió, no cuando sintió varias miradas de curiosidad mal disimulada sobre ellos.