El espejo de la serpiente

— TLAXCALLAN —

“Los invasores del sur se han aliado con los totonacas.”

Cuando Xicohténcatl leyó aquella nota enviada por su hermano, tuvo la certeza de que todo sería más complicado de lo que esperaba. Se habían concentrado tanto en buscar la alianza con los mexicas y mayas que descuidaron los pueblos por los que pasaría Cortés, lo que abrió el camino para que los invasores pudieran tener aliados.

—Maxixcatzin…

—No hay que preocuparnos por ellos, somos mejores guerreros.

El líder del señorío de Ocotelulco sonrió al guerrero más joven mientras señalaba unas formaciones con su dedo índice.

—Ellos vienen por ese camino, nosotros nos ocultaremos aquí, al estar por encima de ellos, matarlos será fácil.

Xicohténcatl sabía que eso no era verdad, su esposa ya le había dicho todo lo que ocurriría con ellos y estaba seguro que aún no habían cambiado las cosas lo suficiente como para en esta primera batalla salir vencedores. Aún así, no iba a decirle nada a Maxixcatzin, no quería hacer que la seguridad que él tenía por esta batalla se perdiera.

—Lamento no haberte invitado a mi boda.

El guerrero miró por última vez el campo de batalla antes de dar la media vuelta. Era mejor cambiar de tema.

—Podría reclamarte pero ni siquiera tú has disfrutado cómo se debe tu matrimonio— Maxixcatzin se encogió de hombros, mirando a sus hombres ir y venir con sus armas—. A segundos de haber finalizado tu matrimonio, tuviste que salir corriendo por la falsa alarma de ataque, tu esposa se encontró con nuestro señor Tezcatlipoca cara a cara y ahora, en vez de estar descansando para pasar tus cuatro días de purificación, estás aquí, apunto de pelear contra esos extraños que tantos problemas le han llevado a otros pueblos.

—Bueno, si lo dices así…

Maxixcatzin le dio un golpecito amistoso en el hombro.

—Cuando todo esto termine, podremos festejar cómo se debe— prometió — Tengo mucha curiosidad por conocer a tu esposa. He oído hablar muchas cosas de ella.

Xicohténcatl de inmediato se tensó.

—Espero que sean cosas buenas.

—Excelentes, ha decir verdad, quiero que vea que me tienen deparado los dioses, dicen que sus predicciones son bastante desalentadoras y precisas. Creo que mucha de nuestra gente que se dedica a esas artes siente envidia de su vasto conocimiento.

—Creo que ella estará encantada de conocerte— admitió — Solo se ha mantenido indispuesta por todo lo que ha ocurrido estos últimos días. La gente estaba tensa, y ahora que se ha corrido el rumor de que habló en persona con Tezcatlipoca, bueno, todos quieren estar cerca de ella.

Maxixcatzin sonrió de lado al escuchar esto último.

—Sé que no te gusta compartir, pero tarde o temprano tendrás que dejar que la gente se acerque a ella. Hace mucho que no tenemos en estas tierras a alguien con sus dones.

Xicohténcatl asintió, poco dispuesto a seguir hablando del tema.

—Respecto a los rumores de traición, yo…

—No tienes que explicar nada, icniuhtzin (amado amigo). Chichimecatecuhtli ya me explicó que todo fue un mal entendido— Xicohténcatl sintió un estremecimiento al escuchar el nombre de ese traidor—. Era evidente, jamás harías una alianza con los mexicas.

El guerrero guardó silencio unos segundos. Xihuitl le había confesado que no recordaba con claridad si Maxixcatzin terminaba traicionando su amistad, pues decía que había demasiada información contradictoria: una versión afirmaba que, al ver el caos, él intentó derrocar a Maxixcatzin para hacerse con el control de su fuerza militar; otra narraba que acudió al señorío de Ocotelulco para aliarse primero con su amigo y así, juntos restaurar el orden en Tlaxcallan.

Claramente no llegó a concretar ninguna de sus ideas porque Chichimecatecuhtli sospechando de sus intenciones, lo delató y por ello, fue ahorcado bajo la mirada de los invasores de las costas.

—¿Estás bien?

Xicohténcatl murmuró un “sí” antes de enderezar su espalda. Mientras no tuviera certeza de las verdaderas intenciones de Maxixcatzin, no podía decirle nada de lo que sabía.

—Creo que es mejor irnos a preparar, quiero estar listo para cuando ellos lleguen.

Maxixcatzin nunca se había caracterizado por ser alguien especialmente observador o intuitivo. En Tlaxcallan todos estaban hechos para la guerra, el combate y el honor. Pero conocía desde hacía años a Xicohténcatl; para él era vital reconocer qué tan estable se encontraba su compañero, no sólo por afecto, sino porque en batalla un descuido podía significar la muerte… Así que notar lo extraño de su comportamiento no le resultó difícil.

—¿Está todo en orden? ¿Algo malo ocurre contigo y tu esposa?

Xicohténcatl abrió los labios para responder, pero cualquier cosa que hubiera estado a punto de decir quedó opacada con el sonido de un fuerte silbato, uno que indicaba que la batalla estaba a punto de comenzar.

Ambos intercambiaron una breve mirada que decía todo y nada a la vez.

—No es el momento.

—Xicohténcatl…

—Hablaremos cuando todo esto acabe.

· · ─ ·𖥸· ─ · ·

Xihuitl se movía de un lado a otro con nerviosismo, a cada segundo que pasaba se mordía las uñas o se limpiaba el sudor de la frente bajo la atenta mirada del pequeño Axayacatzin, Tecuelhuetzin y su nueva amiga, Aquetzaly.

—¿Está segura de que no quiere nada de comer o beber mi señora? Puedo ir rápido a preparar lo que me pida.

Ella se vió tentada a negar, pero no había probado bocado desde hacía al menos un día y aunque no lo quisiera, su estómago estaba reclamando algo de alimento.

—Xokolatl, quiero xokolatl (chocolate), por favor.

La joven mujer asintió, inclinando un poco la cabeza antes de salir de la habitación. Al verse solos el niño por fin se frotó los ojos, dejando a un lado la libreta que Xihuitl le había dado para mantenerlo entretenido.

—Ellos son muy buenos guerreros, deberías de estar tranquila. Además, sabes bien que no van a morir.



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 29.11.2025

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