El espejo de la serpiente

— MAYAS—

Tan solo tres días después del primer enfrentamiento, Xihuitl tuvo que abandonar el pueblo de Tlaxcala en plena madrugada. La vigilancia había aumentado en cada rincón de aquella tierra y, si Cuitláhuac o Cuauhtémoc llegaban a acercarse demasiado, seguramente notarían su presencia. Por lo que era claro que a esas alturas, a nadie le convenía revelar más de lo necesario sobre su plan.

Xihuitl hubiera deseado despedirse como correspondía, con calma y con los rituales que dictaba su corazón, pero la urgencia por llegar a las cuevas le arrebató cualquier intención, pues apenas si tuvo tiempo de encomendarle a Tecuelhuetzin el cuidado de Axayacatzin. Y, por precaución —pues ya sabía que cuando los españoles llegaran, casarían a la hermana de Xicohténcatl con Pedro de Álvarado—, le pidió también a Aquetzaly que, si notaba algo extraño en torno a la princesa, tomara al niño bajo su protección, prometiéndole en el proceso una generosa recompensa,

Como respuesta, la mujer le había dicho que no tenía nada de qué preocuparse, que ella lo cuidaría como si fuera su propio hijo. Con esta promesa, Xihuitl corrió sin mirar atrás hasta la cueva donde los guerreros la estaban esperando. Cualquiera podría pensar que se abrazaron de felicidad al volverse a ver, o al menos, habían sonreído, tratando de ponerse al corriente de todo lo que les había sucedido desde que se alejaron, pero la realidad era que ninguno se atrevió a hablar, solo se aseguraron de que todo estuviera en orden antes de seguir caminando dentro de aquel sistema de cuevas que les permitía pasar desapercibidos.

Durante al menos tres días no conversaron de absolutamente nada, se limitaron a comer y turnarse para dormir. No fue hasta que estuvieron seguros de que habían dejado atrás a Tlaxcala que pudieron hablar al menos más de cuatro palabras seguidas, fue ahí donde Xihuitl se enteró que Tlahuicole se había quedado en el pueblo mexica por seguridad, pues no sabían si llegarían antes de que los españoles tocaran sus tierras.

—Quizá si dormimos menos, podríamos llegar más rápido.

Aunque a Xihuitl su propia sugerencia podría parecerle absurda, Cuitláhuac pareció tomarlo muy en cuenta, pues a la mañana siguiente, el itinerario cambió a solo tres horas de sueño por día, incluso comer, tendrían que hacerlo en movimiento para no perder tiempo valioso. Como era evidente, nadie se quejó ante el cambio, no cuando todos tenían alguien por quien volver.

Esta decisión dio como resultado que su llegada a tierras mayas, se diera en solo cuatro días más, y aunque Xihuitl trataba de no contar el tiempo, su misma ansiedad le recordó que con ese tiempo, ya llevaba alejada del guerrero una semana completa, una semana en dónde los españoles seguramente ya habrían terminado el segundo combate con el pueblo tlaxcalteca.

—¿Sabes que vas a decirles a los mayas cuando los veas?

—Lo que ellos quieran saber.

Xihuitl había comprendido que la mayoría de los líderes solo buscaba conocer su futuro, y si ella les entregaba aquello que ansiaban, era mucho más sencillo que confiaran en sus palabras. Incluso hablar un poco sobre el pasado de cada persona que le preguntaba por el porvenir le aseguraba credibilidad.

Con ese pensamiento en mente, ella caminó hasta el hogar de quienes serían conocidos después como mayas. En cada paso que daba, ella trataba de mostrar seguridad, después de todo la vida de Xicohténcatl dependía de que tanto podría cambiar la historia.

—Si te sientes en peligro, solo dinos, nosotros sabremos cómo actuar.

Aunque no lo dijeran, tanto Cuauhtémoc como Cuitláhuac estaban preocupados por ella. No solo porque se había hecho cercana a ellos en el tiempo en que estuvo en su pueblo, sino también, porque era una pieza fundamental para toda su misión. Si algo le ocurría, perderían la ventaja que les daba conocer su destino.

—Gracias.

En su época, Xihuitl había preferido una vida tranquila, una que no la obligara a enfrentarse a retos que irrumpieran su paz, pero la vida siempre encontraba formas de ponernos en nuestro lugar.

—Deberíamos tener una señal o un movimiento para saber que nos sentimos en peligro — tratando de relajar el tenso ambiente que llevaban desde que salieron de sus pueblos, Cuauhtémoc sonrió, haciendo movimientos con sus manos.

Xihuitl sonrió un poco más tranquila ante el comentario y aunque Cuitláhuac sabía que no podía bajar la guardia, le tranquilizó ver a los más jóvenes de su grupo un poco menos tensos.

—Podríamos rascarnos el brazo derecho.

Cuauhtémoc negó.

—Eso es muy evidente, mejor, tocarnos el pelo.

—¿Y si nos ponen en sitios donde no podamos vernos? ¿Si yo estoy enfrente y ustedes atrás o al contrario?

—Entonces tampoco tu sugerencia serviría, Xihuitl.

Cuitláhuac al escuchar su pela negó de un lado a otro, al parecer los jóvenes no conocían lo que era la discreción.

—Si creemos que estamos en algún apuro, simplemente intentaremos ayudarnos, ya sea interrumpiendo verbalmente o evitando un conflicto que involucre una batalla innecesaria.

Ninguno pudo decir que no a su sugerencia porque varios hombres aparecieron frente a ellos. No llevaban armas visibles, pero seguramente no las necesitaban, no cuando su cuerpo era su mejor instrumento.

—Ba'ax k'a'abet teen u tsikbe'enil a xíimbal.*

Todos se quedaron en absoluto silencio cuando un hombre alto, con visibles marcas de guerra por todo el cuerpo, perforaciones en los oídos y tatuajes en el rostro, apareció frente a ellos. Xihuitl nunca había tenido la posibilidad de ver alguna foto o descripción de cómo lucía Gonzalo Guerrero, pero estaba segura de que era él. No importaba cómo se viera ahora, ni que su piel no coincidiera con el tono que ella habría esperado ver un español; era él, su instinto se lo decía.

—¿A qué debo el honor de su visita?

Para fortuna de todos, el traductor al ver sus expresiones dio un paso al frente. Cuitláhuac al verlo, también caminó, dejando tras de sí a Xihuitl y a Cuauhtémoc.



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 29.11.2025

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