Moctezuma siempre se había considerado un hombre sabio, alguien que anteponía las necesidades de su pueblo antes que cualquier beneficio propio. Podría sonar absurdo, pero todo lo que hizo, lo hizo pensando en que sus tierras permanecieran prósperas durante muchos siglos más. Por eso, enterarse de que su imperio caería lo tomó por sorpresa… aunque no podía ignorar las señales tan claras que los dioses habían puesto frente a él.
Quizá por eso, cuando meses atrás supo de la presencia de aquellos invasores en una isla cercana a sus dominios, decidió dejarlo pasar. Ocultó la noticia como pudo, creyendo que mientras menos reconociera el inicio de su final, más lejos estaría de cumplirse la profecía.
Fue un tonto, uno que, al ver que no podía seguir alejando a aquellos extraños, pensó que lo mejor sería aliarse. Desde su posición, no veía maldad, veía beneficio… y también menos pérdidas, pues al no tener que enfrentarse a ellos, menos gente de su pueblo moriría.
Cuánto se arrepentía ahora de esos pensamientos. Si aquella mujer no hubiera llegado a intervenir con sus palabras, si su alabado Tezcatlipoca no se hubiese presentado ante él con tanta claridad… bueno, solo los dioses sabrían cuántas otras locuras más, habría cometido.
Pero contemplar todo aquel caos no le permitía revertir sus errores, no al menos con el escaso tiempo que aún les quedaba. Porque, aunque había enviado misivas a todos los pueblos conquistados que conformaban parte de su imperio, anunciando que los tributos serían reducidos y los sacrificios anulados, no sabía si eso bastaría para convencerlos de unirse y salvar la única tierra que realmente les pertenecía.
—Padre, ¿Me mandaste llamar?
El emperador del pueblo Mexica sabía, muy en el fondo de su corazón que para hacer un verdadero cambio, se requerían de más sacrificios y era hora de empezar a moverse. Ya había intentado dar su mejor cara a los pueblos conquistados, ahora, era el turno de comenzar alianzas para salvar a sus hijos, evitar que estuvieran en el palacio en el momento en que el desastre los alcanzara.
—Tecuixpo querida, ¿Interrumpí algo importante?
—No padre, estaba con Xipahuatzin y Macuilxóchitl viendo entrenar a nuestros hermanos Chimalpopoca y Tlaltecatzin— su hija miró con pesar a su padre, sabía que a últimos días habían estado rondando ideas extrañas por su mente y tenía miedo. Solo los dioses sabrían qué decisiones impulsivas podría tomar su tlatoani bajo su nerviosismo— ¿Está todo en orden?
Su padre le dio la espalda. No sé atrevía a ver la reacción de su hija más preciada cuando le dijera en voz alta aquello que no dejó de pensar desde que Xihuitl y Xicohténcatl se habían ido de sus tierras.
—En este momento, ¿Hay alguien a quien ames? ¿Hay alguien con quién quieras unir tu alma?
—Padre…
—Responde la pregunta hija, por favor.
Moctezuma jamás se atrevería a forzar a su hija a obedecer aquella petición, no si Tecuixpo ya guardaba en su corazón a alguien más.
—No, padre.
El tlatoani suspiró parcialmente aliviado.
—Jamás te diría esto si fueran otras las circunstancias.
Tecuixpo cruzó las manos detrás de la espalda, ella no necesitaba hablar con los dioses para saber qué era lo que su padre tenía en mente.
—¿Vas a casarme? — Moctezuma asintió, no se creía capaz de responder en voz alta, no cuando un leve rastro de tristeza inundó la voz de su hija—. ¿Es con algún guerrero o…?
—He estado pensando en los posibles candidatos y no es ningún pueblo con el que tengamos buena relación… Pero con lo que se avecina es mejor tener a los enemigos cerca, y contar con su apoyo— comenzó pasando saliva pesadamente—. Los pueblos K’iche’*, Iréchekua Ts'intsúntsani* y Ñuu Dzaa* son las opciones más viables para generar una alianza— su hija después de escuchar aquella lista de candidatos, se sentó, esperando a que su padre continuara—. Con los K’iche’ ya hemos hecho alianzas antes.
—Los pueblos más peligrosos son los Iréchekua Ts'intsúntsani y los Ñuu Dzaa. Han resistido con éxito nuestras campañas militares.
—Es por eso que pensaba hacer que tú, la más pequeña de las tres, vaya al sur. No creo que los K’iche’ se atrevan a hacerte daño.
Tecuixpo no supo qué decir. Sabía que era una tontería, pero en múltiples ocasiones se imaginó casándose con un valiente y noble guerrero, uno que la amara tanto como Popocatépetl a Iztaccíhuatl*, pero en vista de las circunstancias, no podía ponerse exigente, a pesar de su corta edad, ella tendría que tomar el papel que le correspondía.
—¿Xipahuatzin iría con…?
—Iría al pueblo de los Ñuu Dzaa. Sé que él señor de Tututepec, Casandoo*, perdió a su hijo hace años, lo que afectó profundamente la relación con su esposa. Quizá una nueva mujer pueda regresarle alegría a su vida.
Si Tecuixpo se incomodó al escuchar esto, no permitió que su expresión la delatara.
—Eso deja a mi hermana Macuilxóchitl con Tangáxoan Tzíntzicha*.
Su padre asintió, sin mostrarse feliz.
—No me gusta la idea de hacer que mis hijas sean las segundas esposas, pero…
—No es necesario que te lamentes así. Oxib-Keh*, no tiene esposa ni hijos, así que al menos una de nosotras estará bien. Es joven, justo lo que estaba buscando— Tecuixpo se obligó a sonreír, tratando de relajar a su padre con la afirmación, no era secreto para nadie que ella era su favorita— Además, si es necesario que todas hagamos estos sacrificios con tal de que tú vivas, aceptaremos con gusto la encomienda.
Moctezuma no estaba seguro de ser merecedor de tales sacrificios, pero de todas formas, él no lo hacía para salvar su vida, sino, la de sus hijas y su imperio.
—Gracias, hija.
Ambos se quedaron en silencio durante largos instantes, al menos hasta que Tecuixpo se levantó.
—¿Y con mis hermanos? ¿Qué pasa con ellos?
—Aún lo sé. Hacer alianzas implicaría traer a sus esposas aquí y no quiero exponer a ninguna de ellas a los invasores— confesó — Dejaremos ese tema para después, por ahora, llama a tus hermanas y diles que las quiero ver. Hablaré con ellas sobre esto, así que por el momento no comentes nada ¿Si?