—Extrañas tu hogar, ¿Verdad?
Tlilcuetzpalin suspiró profundamente al escuchar la voz de Ayelén cerca de él. Su presencia no le molestaba; al contrario, le brindaba calma y tranquilidad, una que creyó dejar atrás junto con su hogar. Sin embargo, en ese momento, mientras observaba las casas de aquel pueblo desconocido, no pudo evitar sentirse expuesto y frágil, extrañaba a sus tierras, a su hermanos, incluso a su padre.
Después de tanto tiempo fuera, ¿Anhelarían verlo? ¿Sentirían la misma añoranza que él al pensar en todo lo que dejó atrás?
—Como no tienes una idea— admitió — Quiero ver a mi familia, contarle de todas estas aventuras. Seguro que cuando me vean llegar con Atleinemik, van a quedar sorprendidos.
Ayelén sonrió, extendiendo la mano en su dirección.
—No creo que debas esperar mucho tiempo más para poder verlos— ante las palabras, los ojos de Tlilcuetzpalin se iluminaron—. El hermano que esperábamos, ya ha llegado— informó —. Habla con él, dile todo lo que nos has dicho, convencelo de venir con nosotros. Mientras tanto, Ankatu y yo prepararemos todo para regresar a tus tierras.
En ese momento a Tlilcuetzpalin poco le importó saber cómo es que iban a volver, pues estaba más concentrado en correr hasta el encuentro del famoso Atahualpa, aquel que su hermano le pidió contactar. La sola idea de llevarlo con él, le hacía pensar en que su hermano Xicohténcatl lo felicitaría por cumplir con su misión. Seguramente estaría orgulloso de todo lo que había logrado durante su extraño e intenso viaje.
—¿Atahualpa? — al pronunciar aquella palabra un hombre visiblemente alto, de cabello corto y musculatura bien definida se dio la vuelta para mirarlo con detenimiento— ¡Yachay! Que alegría me da verte de nuevo.
Cuando Tlilcuetzpalin intentó acercarse, varios hombres le impidieron el paso.
—No puedes pasar, no hasta que recibas su aprobación — murmuró Yachay al ver la confusión en aquel joven rostro—. Pero puedes decirme qué es lo que quieres decirle y yo lo traduciré.
—¿Su hermano no le informó nada?
Yachay apretó los labios antes de encogerse de hombros. No quería hablar mucho de ese tema, sobre todo porque se sentiría como un traidor al exponer al hijo del emperador.
—Hubo algunos problemas que impidieron una buena comunicación— respondió — Pero ahora no hay intermediarios. Yo prometo ser fiel a cada palabra que salga de tu boca.
Tlilcuetzpalin pasó saliva, ese hombre que tenía enfrente imponía mucho respeto, incluso su caminar era elegante y seguro, como quién se sabe el dueño del mundo. Pero había llegado demasiado lejos como para cohibirse.
—Vengo desde muy lejos solo para buscarte. Mi hermano y Xihuitl, me enviaron a decirte que debes unirte a nosotros en la guerra que se avecina. Unos hombres, los invasores de las costas han llegado a nuestras tierras y están dispuestos a todo por el oro— aunque sonara como un loco, no había tiempo para intentar suavizar las cosas— Si accedes a ayudarnos, nosotros pelearemos contigo cuando llegue el momento.
Yachay tradujo palabra por palabra la explicación de Tlilcuetzpalin, esperando pacientemente a que Atahualpa terminara de formular una respuesta.
—¿Por qué tendríamos que acceder a librar una guerra en tierras que ni siquiera conocemos? Dices que nos ayudarán, pero nosotros estamos en pleno esplendor, ¿En qué podrían sernos de utilidad?
Tlilcuetzpalin pasó saliva.
—Van a venir a atacar tus tierras también. No sé mucho, Xihuitl apenas si fue capaz de decirme algunas cosas por medio de cartas— con las manos temblando, señaló el último papel que había recibido, Yachay extendió su mano y él se la entregó —. Los invasores vendrán a tus tierras, van a aprovechar la inestabilidad que existe en tu imperio después de la muerte de tu padre. Vas a intentar llegar a un trato con el invasor… pero él te va a traicionar. Morirás al igual que todo lo que conoces.
Mientras escuchaba a Yachay, Atahualpa miró con curiosidad el papel antes de guardarlo entre sus ropas.
—¿Por qué va a estar dividido el imperio?
Tlilcuetzpalin se rascó la cabeza. Ahora se lamentaba no haber preguntado más.
—Tú y uno de tus hermanos van a estar peleando por el liderazgo, creo que se llama Huáscar— murmuró — Unos te apoyarán a ti, otros a él, de eso se aprovechan los invasores. Y al igual que con nosotros, tratarán de usar a los pueblos que ustedes han conquistado para vencerlos.
—¿Huáscar? — Tlilcuetzpalin asintió, mirando con bastante esperanza a Atahualpa y a su gente.
—¿Tienes alguna prueba de lo que dices?
—Solo mis palabras.
Atahualpa hizo una mueca.
—Eso no es suficiente para arriesgar a mis hombres. Lo lamento.
—Señor…tiene que creerme. Quizá mis palabras no son suficientes, pero si me acompaña, le prometo que Xihuitl le dirá todo lo que desea saber, ella si será capaz de convencerlo. Se lo prometo.
Atahualpa desvió la mirada. Por más que aquello sonara increíble, no podía irse así como así, tenía un deber. Y si era sincero, el único motivo por el que podría moverse de su sitio, era para seguir agregando pueblos a su territorio.
—Irme significaría dejar todo atrás. Tengo responsabilidades, batallas que librar, gente que proteger. Lo siento, pero no puedo tomar decisiones tan precipitadas solo por palabras y suposiciones.
Tlilcuetzpalin se sintió aturdido. Por él había hecho este viaje, por él comenzó todo y … ¿Ahora se suponía que debía irse con las manos vacías? Pasando saliva, el joven se mantuvo firme. Él había creído en su hermano, en sus palabras. Puso su confianza en Xihuitl, en aquella extraña que les había abierto la puerta a una perspectiva diferente de la vida. Había arriesgado todo y no se iba a ir con un no por respuesta.
—Sé que puedes no creer en lo que digo. Si alguien me hubiera dicho que un día arriesgaría todo solo por unas cuantas palabras no le hubiera creído… Pero tendrías que verla, cuando habla lo hace con tanta convicción, con tanta certeza y seguridad, es tan precisa en la información que da miedo— musitó —. Ellos también me creen— señaló a su alrededor con el dedo temblando —. Saben que un cambio grande se avecina, y aunque es normal, un ciclo que todos vamos a vivir, no creo que sea justo perder lo que conocemos en el proceso. Por favor, no te pido que confíes en mi ciegamente, pero quizá un pequeño grupo de hombres que puedan acompañarme para verificar lo que te digo, harían la diferencia.