El espejo de la serpiente

— KICKAPOO —

—Antes de partir de mi pueblo, la mujer de la que les hablo me contó una historia, una que decía podría ayudarme a convencerlos de que todo era real.

Cuando Temilotzin recobró la consciencia por completo, se encontró rodeado por un pequeño grupo de personas bien abrigadas que lo observaban con curiosidad. Aunque al principio pensó que no podrían entenderse, uno de ellos se acercó y le explicó que, en ocasiones, comerciaba con su gente y que conocía lo básico de su lengua.

El guerrero pudo haberse mostrado desconfiado con sus palabras, pero dadas las circunstancias no tenía demasiadas opciones; mucho menos podía darse el lujo de tratar con recelo a quienes bien habrían podido dejado morir en medio de aquel lugar casi desierto.

—Me contó sobre un pueblo, que para resistir la invasión, tuvieron que convertirse en monstruos — murmuró haciendo que todos los que estaban alrededor de la fogata lo miraran con atención —. En aquel pueblo, comer a otro humano está prohibido, no importa que estén al borde de la muerte por falta de alimentos, simplemente no pueden perturbar su naturaleza así... Pero, cuando los invasores llegaron, muchos tuvieron que hacer sacrificios para poder luchar contra ellos y uno de esos fue devorar el cuerpo de sus compañeros caídos para transformarse en animales que fueran capaces de defender a sus familias y sus tierras. No les importó que su alma quedara condenada con tal de proteger lo que son y lo que aman.

Temilotzin sabía que seguramente a su nuevo traductor podría costarle algo de trabajo seguirle el ritmo, por lo que se detuvo el tiempo suficiente como para que Anicu pudiera repetir sus oraciones en palabras que todos comprendieran.

Una vez que él dió un asentimiento de cabeza, Temilotzin continuó.

—Esas criaturas tienen un nombre extraño, ¿vendigo? ¿wendigo? Si, creo que ese era su nombre.

Anicu guardó silencio durante bastante tiempo. Temilotzin creyó que aquello era producto del poco entendimiento que tenía de sus palabras, pero, cuando sus miradas se cruzaron, el guerrero comprendió que no era por eso que callaba,

—¿Estás seguro que esa es la palabra que ella te dijo?— Temilotzin asintió, logrando que Anicu desviara la mirada en dirección a sus compañeros —. Mereces saber que esa historia no nos pertenece, no somos a quienes estás buscando. Ellos, a los que mencionas están más al norte.

El guerrero asintió sin hacer mayores expresiones en el rostro, era claro que no había esperado encontrarlos desde el primer momento.

—Aún así, luchar por la tierra es nuestro deber. El Gran Espíritu, quien nos eligió para poblar la tierra, no nos consideraría como buenos kikapús si no combatimos a todos quienes buscan profanar a la naturaleza y su orden— Temilotzin no sabía si aquellas palabras deberían aliviarlo o preocuparlo—. Iremos hasta el sitio de donde dices que proviene esa mujer. Diremos que vamos tu parte.

Temilotzin asintió, retirándose uno de los accesorios que llevaba en el cabello para entregárselo a Anicu.

—Por si te piden una prueba de que nuestra plática fue real— El hombre asintió, guardando el brazalete de oro entre sus ropas.— Agradezco que estés dispuesto a ayudarnos, pero no puedo quedarme más tiempo aquí. No sé cómo estará mi pueblo, y me preocupa perder tiempo valioso descansando mientras ellos...

Anicu lo interrumpió con un movimiento de su mano.

—Entiendo perfectamente lo que sientes. Así que no te preocupes, puedes irte cuando gustes. Solo, acepta estos regalos— una de las mujeres se puso de pie, acercándose a una pequeña pila de pieles y alimentos que llevaban consigo —. Debes ir más abrigado, mientras más al norte vayas, más frío habrá. El cielo llora polvo blanco por esos lados.

Temilotzin agradeció de buena gana la comida y abrigo que le ofrecieron.

—¿Sabe? Hace mucho tiempo, antes de que yo naciera, se dice que nuestro pueblo sufrió del llanto blanco del cielo. Fue un invierno tan duro que creímos que los dioses nos habían abandonado. Todos sufrimos, enemigos y amigos.— musitó colocándose la piel de venado alrededor del cuerpo—. La única solución que encontramos fue colocar a guerreros de todos los pueblos para que lucharan entre ellos, quienes perdieran serían tomados como sacrificios para tener contentos a los dioses.

—¿Y eso cómo les ha funcionado?

—Bastante bien, no hemos vuelto a tener esos problemas desde entonces.

Anicu sonrió, sabía que cada pueblo y lugar tenía sus costumbres y si todos habían accedido a llevar a cabo esa solución para sobrevivir, entonces no tendría porqué opinar.

—Los dioses siempre son buenos con quién lo merece.

Temilotzin avergonzado miró al fuego.

—No estoy tan seguro de eso— admitió —. Si así fuera, no nos estarían abandonando a nuestra suerte con esos invasores.

—Sé que no debería meterme en esto, pero como yo lo veo, es una prueba de sus dioses para ver qué tan unidos pueden ser. — Anicu murmuró aquella respuesta tan bajo que Temilotzin creyó que era un invento de su imaginación —. Una prueba que demostrará tanto a propios y extraños, que tanto están dispuestos a hacer por la libertad, que tan unidos pueden ser cuando algo o alguien busca arrebatarles la libertad.

—Es una prueba cruel.

—Lo es, pero los dioses no prueban a quienes no consideran capaces de resistir— Temilotzin no pudo responder, por lo que Anicu entendió que era hora de cambiar de conversación—. Duerme un poco. Mañana, en cuanto salga el sol, partiremos. Tú al norte y nosotros al sur.

· · ─ ·𖥸· ─ · ·

¡Pedro! ¡Pedro!

Hernán entró prácticamente corriendo a la habitación dónde su amigo y compañero estaba descansando. Cuando Alvarado lo miró, notó que estaba entre feliz y preocupado.

¿Por qué haces tanto escándalo? — Hernán le extendió un papel en su dirección, era una carta traída por uno de los hombres que dejó a cargo de la Villa Rica de la Vera Cruz—¿Buenas o malas noticias?



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 10.01.2026

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