La única advertencia que tengo para este capítulo es que no soy muy buena narrando escenas de acción, pero en esto caso fueron bastante necesarias, así que espero lo disfrutem c:
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El plan original de Hernán había sido intentar conversar con Pánfilo de Narváez, unirlo a su causa sin necesidad de usar tanta violencia, pues aquello le haría perder hombres de manera innecesaria, pero después de pensarlo un par de días, tuvo la certeza de que Pánfilo jamás daría su brazo a torcer, él era un perro leal a Diego, y tratar de razonar sería como hablar con la pared...
—Lamento interrumpir señor — uno de sus hombres se acercó a él con timidez, extendiendo un plato repleto de comida—. Pero hay varios hombres inquietos.
—¿Inquietos por el viaje?
—Por todo lo que ha estado pasando — respondió —. Varios quieren irse en los barcos que van a llegar con Pánfilo.
Hernán ni siquiera se inmutó ante las palabras, en su lugar, se dedicó a comer un poco.
—¿En verdad quieren regresar? — el hombre sintió un temblor recorrerle el cuerpo entero cuando escuchó aquello — ¿Debo de recordarles de dónde provienen? ¿Lo que les espera si regresan? Ustedes son criminales, la mayoría aceptó este viaje para no seguir pagando por sus pecados y si regresan sin mi autorización, entonces regresarán al lugar de ratas del que salieron— con tranquilidad, Hernán pasó su bocado —. Habla con ellos, menciona está conversación y veremos qué opinan ahora.
Cortés sonrió satisfecho consigo cuando el hombre a su lado se fue. Los hombres que llevaba consigo tendrían que comenzar a aprender su lugar.
Con cuidado, terminó de comer el último bocado para después obligar a los "soldados" que iban con él a que continuaran la caminata. Deteniéndose solo para dormir lo necesario. Era de vida o muerte que llegara a tiempo a Cempoala, pues ahí emboscaria a Pánfilo y al vencerlo, su gente no tendría otra opción más que seguirlo.
—¡Señor! La entrada del pueblo ya se ve.
—Bien, ¡Hagan silencio! Tenemos que ser cuidadosos— Hernán al mismo tiempo que sus hombres dejó caer algunas de sus cosas al suelo—. La noche es la única aliada que tenemos para demostrarle a Diego Velásquez quién es el verdadero conquistador.
Todos asintieron, tomando sus cosas para emprender la marcha hasta el otro campamento. El aire húmedo de la región ya había hecho que la ropa se les pegara al cuerpo como si fuera una segunda capa de piel, pero ni siquiera toda esa incomodidad les impidió seguir caminando hasta el lejano resplandor de las fogatas dónde Narváez y su gente se encontraban.
Al acercarse más, Hernán notó que el campamento de Pánfilo era un laberinto construido por tiendas improvisadas, mismas que estaban siendo custodiadas por hombres somnolientos que roncaban junto a las brasas. Sin poder evitarlo, Cortés sonrió moviendo las manos, indicando en silencio a sus hombres que debían dispersarse para neutralizar a los guardias.
Ellos de forma obediente, comenzaron a caminar con las dagas y espadas en alto, pero en cuanto el primero acercó la hoja al cuello de un supuesto guardia dormido, este abrió los ojos y gritó la alarma. De inmediato, el campamento estalló en caos, con armas resonando por doquier y hombres saliendo de sus carpas como si fuesen hormigas dispuestas a morir por su reina.
Hernán, maldijo entre dientes antes de correr hacia la carpa central con la espada fuertemente empuñada en la mano, estaba listo para matar a Narváez aunque tuviera que arrastrarlo fuera de su lecho. Furioso y expectante a partes iguales, apartó la tela de la entrada con violencia, encontrándose con que el interior estaba vacío.
—¡Maldito seas!— gruñó Cortés antes de salir de la carpa de un rápido movimiento. Aunque no llegó muy lejos, pues Narváez y media docena de soldados ya lo estaban esperando.
—Bienvenido, Hernán— el hombre alto, corpulento y con una cicatriz en la mejilla sonrió con frialdad y burla, viendo de arriba a abajo a Cortés con desprecio—. Es una pena que tengamos que recibirte así, pero como nunca avisaste que vendrías...
Cortés no lo dejó terminar, simplemente se lanzó contra Pánfilo, dejando que su espada chocara con la contraria para crear un estruendo que rápidamente ahogó los disparos y alaridos a su alrededor. Hernán atacaba con furia pero Narváez detenía los movimientos con facilidad, tanto que en una de las múltiples ocasiones que él tuvo para herir a su enemigo, no dudó en hacer que la punta de su arma perforara el costado izquierdo de Cortés, con el hierro entrando y saliendo en movimientos rápidos, lo que dejó a su paso un agujero en la piel de la que brotó sangre en pulsaciones violentas. Hernán rugió de dolor, pero el instinto de supervivencia lo impulsó a girar la muñeca para cortar profundo en el muslo de Narváez.
Cada vez más molesto, Pánfilo tomó a su Cortés de los hombros para hacer que ambos rodaran por el suelo repleto de cadáveres frescos de ambos bandos.
En respuesta, Hernán aplastó la cara de Narváez con el pomo de su espada, rompiéndole varios dientes en el proceso. Pánfilo gruñendo de dolor, clavó los dedos en la herida del costado de Cortés, retorciéndolos dentro de la carne desgarrada hasta que Hernán aulló como un animal herido. Aprovechando la confusión de su contrincante, Narváez logró colocarse encima de Cortés, inmovilizándolo contra el suelo. Con las manos temblando por el esfuerzo previo, alzó la espada con ambas manos para asestar el golpe definitivo. La hoja de su espada apuntaba directamente al pecho de Hernán, lista para atravesar la armadura y las costillas, pero el golpe nunca llegó a producirse, pues una tercera arma interceptó la trayectoria, desviandola con el chirrido que solo produce el choque de acero contra acero.
Narváez y Cortés, jadeantes, cubiertos de barro y sangre, alzaron la vista al mismo tiempo, viendo que una mujer de cabellos rubios y sucios, vestida con ropas masculinas, empuñaba la espada con mano experta, mientras intentaba que su brazo no temblara por el esfuerzo de haber parado el golpe.