El espejo de la serpiente

— CONSECUENCIAS —

Malinalli sabía que las decisiones precipitadas de Pedro iban a terminar mal. Cortés le había dicho en múltiples ocasiones que era su mejor soldado, pero también su mayor opositor; no porque lo odiara, sino porque siempre cuestionaba sus decisiones y desobedecía sus órdenes.

Por ello, en cuanto vio que él y aquellos guerreros, salían; ella se retorció hasta que sus dedos lograron tocar lo que tanto estaba buscando, que no era más que la navaja que Cortés le regaló como muestra de su confianza hacia ella.

Tecuelhuetzin al verla moverse desesperada, se movió como pudo hasta quedar a espaldas de Malinalli, quién comenzó a cortar las cuerdas tratando de no lastimarla. La más joven de ambas al sentirse libre, de inmediato se quitó la tela de la boca, desató sus pies y se apresuró a ayudar a Doña Marina.

Una vez que ambas estuvieron sin ninguna atadura se pusieron de pie y salieron del lugar. Tanto Malinalli como Tecuelhuetzin tuvieron que ahogar un grito al ver todo el caos a su alrededor.

La sangre, los cuerpos, el fuego y los gritos no eran cosas fáciles de digerir.

—¿A dónde vamos a ir ahora?

Tecuelhuetzin, al notar la duda en Malinalli, la tomó de la muñeca y la arrastró fuera del caos, corriendo tan rápido como pudo mientras buscaba dónde esconderse.

—A Tlaxcallan, solo ahí estaremos seguras.

· · ─ ·𖥸· ─ · ·

Xihuitl exhaló con fuerza mientras dejaba que sus dedos se deslizaran entre los cabellos de Axayacatzin. En esos momentos, sentada allí, se sentía terriblemente inútil. Xicohténcatl, Gonzalo y todos aquellos que había conocido estaban haciendo algo importante, moviéndose entre los enemigos, mientras ella…

Bueno, no podía culparlos del todo por mantenerla al margen. Alguien como ella no tenía las habilidades necesarias para el combate como para exponerse de esa manera.

—Creo que estás pensando demasiado.

Xihuitl hubiera pegado un brinco en su lugar de no ser porque la figura de Cuetlaxochitzin, la madre de su esposo apareció justo al frente de luna, como si fuera una aparición en lugar de una persona.

—En estos momentos no puedo hacer otra cosa— admitió, mirando al niño y a Aquetzaly que también se había quedado dormida a su lado—. ¿Quiere sentarse?

Durante todo el caos, la mayoría de las concubinas se habían mantenido al margen, intentando así salir lo menos dañadas posible. Aunque Xihuitl estaba segura de que muchas de ellas se sentían relativamente tranquilas, pues sabían que Xicohténcatl jamás les haría daño, ni buscaría arrebatarles el estatus que Huehue, en vida les había dado.

—Muchas gracias— la mujer le dió una breve sonrisa antes de fijar la mirada en el espejo con el que Xihuitl no había dejado de jugar desde que el sitio se quedó en silencio —. ¿Eso que es?

—¿Esto? Un espejo que me llegó de regalo cuando su hijo y yo salimos— informó levantando el objeto —. Fue lo primero que ví, incluso antes de las cosas que realmente me importaban— La mujer extendió el brazo y Xihuitl le dió el espejo—. Creo que es de Tezcatlipoca, ¿Verdad?

Cuetlaxochitzin no respondió de inmediato; en su lugar, se dedicó a observar el artefacto. Sus dedos recorrieron la superficie una y otra vez, con lentitud. Su mirada se detenía en cada rincón, como si quisiera grabar hasta el más mínimo detalle en su memoria.

Xihuitl no pudo hacer más que observarla, esperando a que dijera algo.

—¿Sabes por qué mi hijo confío en ti? — la más joven de ambas negó, era una pregunta que también le había rondando la cabeza durante más de una vez— Los corazones heridos se reconocen entre sí. Vio en ti la misma soledad que lo acompañó toda su vida— admitió —. Eso y todo el conocimiento que llevas contigo— agregó regresando el objeto a Xihuitl — ¿Sabes de quién es eso que traes?

—Creo que fue Tecuelhuetzin quién me lo mandó.

—La mamá de Tecuelhuetzin — corrigió dejando a Xihuitl helada—. Ambas conocimos a tu padre. Nosotras, Huehue y él, éramos amigos. Estuvimos juntos durante mucho tiempo... Nos habló mucho de ti, tenía tantas ganas de conocerte pero esperaba que fuera en otras circunstancias.

A diferencia de su primer encuentro con Huehue, Cuetlaxochitzin se mostró amable, incluso su mirada era la misma que su madre le daba cuando algo que hacía le causaba ternura.

—Quise hablar contigo desde la primera vez que supe que estabas aquí, pero Huehue me prohibió hacerlo, por eso quise ayudar un poco con esa libreta que tanto buscabas.

A esas alturas, a Xihuitl ya ni siquiera debería sorprenderle cuántas personas habían conocido a su padre. Él había sido un hombre maravilloso, alguien con tanto por aprender y enseñar, con una pasión inmensa por el mundo, con una luz tan intensa que solo pudo apagarse por culpa de alguien como Huehue.

Cada que recordaba eso, se alegraba de que Tecuelhuetzin se hubiera deshecho de él. Era un justo pago por haberle arrebatado a la humanidad a una persona como lo era su padre.

—¿Cómo lo conoció?

—Huehue lo presentó. Yo aún no era su concubina, solo su amiga— los ojos de Cuetlaxochitzin se perdieron en la lejanía, como si estuviera viviendo lo que narraba—. Era tímido y joven, pero con unos ojos tan brillantes, tan vivaces que parecían querer comerse el mundo. Preguntaba sobre todo, anotaba cada pequeña cosa. Parecía un niño aprendiendo sobre el mundo y cuando conoció a Ixcatzin, la mamá de Tecuelhuetzin, bueno, parecía que no había nadie más hermosa que ella.



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 10.01.2026

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