El espejo de la serpiente

— VIRUELA —

—Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Alonso de Grado que seguramente llegó con Narváez y es uno de los que huyó de las masacres de Cempoalatl y Caltonac*

Xihuitl se removió inquieta cuando la respuesta al cuestionamiento de su esposo abandonó sus labios. Esperaba que, con tantas alteraciones y cambios, la lista de los soldados invasores más peligrosos no hubiera aumentado.

—¿Estás segura de que son todos?

Ella asintió, tomando con fuerza la mano de Xicohténcatl. Lo había extrañado tanto que ahora no quería separarse de él ni un segundo. Necesitaba tocarlo para sentir que era real.

—Si. A ellos debemos de buscarlos y eliminarlos, claro, si Cuitláhuac no se ha encargado ya.

La noticia de la Noche de la Victoria en el Templo Mayor se había propagado como pólvora por todas las regiones cercanas a Tenochtitlán y ellos, gracias a la misiva de Cuauhtémoc, se habían enterado de cada uno de los detalles.

Como se había previsto, hubo pérdida de vidas humanas y, aunque sin duda les costaría recomponerse de lo ocurrido con Moctezuma y con el resto de los pobladores, al menos habían logrado sembrar el miedo entre los invasores.

—Creo que deberíamos estar al pendiente de cualquier movimiento que quieran hacer los invasores, quizá quieran enviar una carta de auxilio al gobernador de Cuba— Xicohténcatl miró con la ceja alzada a Gonzalo, no le gustaba cuando hablaba así con su esposa, porque si bien entendía algunas palabras, no era suficiente para sentirse incluído —. Aunque dudo mucho que él los quiera ayudar.

Xihuitl al ver la reacción de su esposo, dejó que la mano del guerrero se posara sobre su rodilla.

—Es una buena idea, aunque deberíamos concentrarnos en los hombres que están aquí. Vi que llegaron con algunos invasores.

Xicohténcatl asintió.

—Rescatamos a algunos porque suplicaron piedad— informó —. Sus nombres son extraños, pero sus historias... Creo que deberías escucharlas.

Chakte, con algo de timidez se puso al frente para entregarle una hoja a Xihuitl.

— Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Tadeo y Simón. Esos son los nombres de los hombres que trajimos — Xihuitl miró el papel con atención —. La mujer, María de Estrada, tuvimos que deshacernos de ella. Era peligrosa.

—Hicieron lo correcto, no voy a cuestionar sus decisiones — musitó regresando el objeto a Chakte—. Solo quiero saber ¿Por qué los trajeron? ¿Qué les dijeron que los convenció de esa manera?

Todos los guerreros intercambiaron una mirada antes de dejar que Xicohténcatl tomara la palabra.

—Tadeo. Él nos dijo que vino aquí por obligación, que estaba condenado a morir por haber defendido el honor y memoria de su hermana, que había sido ultrajada y asesinada por un hombre que era demasiado adinerado como para ser castigado— comenzó —. Él queria morir, pero al ver todo lo que sus compatriotas están haciendo con nosotros, se molestó, dice que su hermana jamás aprobaría semejantes atrocidades y es por eso que quiso defender a algunos. No sé si sea verdad, o no, pero ví sinceridad en sus ojos— admitió.

—Nos dijeron que hay frailes y sacerdotes en el Reino de España que defienden la existencia y libertad de los pueblos conquistados — completo Gonzalo—. Quizá no todos son tan malos. Algunos como yo, merecen otra oportunidad.

—No tienen que convencerme de nada— aseguró ella—. Sé que ser buenos o malos seres humanos no depende del país del que se proviene o la religión que se profese. Mejor dígame, a quienes más trajeron.

Emocionado por la respuesta, Chakte se puso de pie.

—Anicu, un hombre que envió Temilotzin— aseguró logrando que Xihuitl sonriera—. Al parecer tu plan está funcionando.

—Nuestro plan— corrigió — ¿Dónde están?

—Los dejamos descansando afuera, al lado de varios hombres que tienen la piel como si la mismísima obsidiana hubiera nacido de ellos— el corazón de Xihuitl se aceleró al escuchar esto—. Estaban algo enfermos pero...

—Tenemos que matarlos y aislar a todos los que tuvieron contacto con ellos.

La sala se quedó en silencio durante largos instantes antes de que Gonzalo empezara a negar.

—¿Matarlos? ¿Te estás escuchando? Eran esclavos, los liberamos y ellos nos ayudaron, les debemos al menos dejarlos con vida.

Xihuitl también se puso de pie, luciendo visiblemente contrariada.

—Lo siento mucho por ellos, pero si no nos deshacemos de los esclavos, si no vemos la manera de alejarnos de nosotros todos morían. Ellos están enfermos de viruela. En la historia que yo conozco, fue por esa enfermedad que las defensas de Tenochtitlán cayeron, muchos murieron porque no están acostumbrados a ese tipo de males.

—Son humanos.

—Quizá tú eres inmune, pero ellos no. Ni siquiera sé si yo soy inmune, lograron erradicarla muchos años antes de que yo naciera— Xicohténcatl al ver como Gonzalo y su esposa empezaban a gritar, se puso de pie al mismo tiempo que Chakte y los demás hombres de Guerrero—. No voy a arriesgar a nadie.

—Por más que seas la enviada de los dioses, no eres ninguna divinidad para decidir sobre la vida de esos hombres que vinieron aquí contra su voluntad ¡Muchos fueron arrancados de sus familias!

—¡Lo siento mucho por ellos pero no voy a arriesgar a nadie de aquí!

—¡Eres una...!

—¡Ya basta los dos!— Xicohténcatl tomó la mano de su esposa para ponerla detrás de su espalda—. Hasta ahora nada de lo que dice ha sido mentira y si eso que los enfermó puede dañarnos, entonces es mejor seguir su sugerencia.

—¿Desde cuándo te volviste tan imprudente?—farfulló Gonzalo visiblemente molesto —. No voy a matar a nadie y si tú decides seguir a tu esposa con esta idea tan macabra, entonces voy a advertirles y hacer que se vayan.

—¿Cuándo te volviste tan insensato? Eres un guerrero, tú mismo dijiste que todos hicimos sacrificios, y si tenemos que hacer uno más para salvar a la gente de esta tierra, entonces lo voy a hacer.



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 10.01.2026

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