—Parece que mientras solucionamos una cosa, empeora otra.
Cuitláhuac se acarició el puente de la nariz, dejando la nota de Xihuitl encima de la mesa.
—Es mejor que ella nos avisara de lo que está pasando — Tlahuicole, que había escuchado parte de la misiva, trató de sonar tranquilo—. Si se toman las debidas precauciones, su extraña enfermedad morirá con ellos. No creo que debamos preocuparnos por eso.
El nuevo tlatoani asintió. Sabía que debía de empezar a ver la luz al final de tanta neblina, pero la reciente muerte de su hermano aún le tenía con las emociones a flor de piel.
—¿Cómo están mis sobrinos? ¿Ya saben que su padre...?
—Si, lo saben. Todos están sufriendo, pero agradecen profundamente que su padre haya hecho todo eso para salvarlos de sus destinos.
—¿Les contaste?
Tlahuicole negó.
—Lo hizo la señora Tecuixpo. Al enterarse de que su esposo, el señor Oxib-Keh estaba aquí, decidió visitar a sus hermanas y hermanos. Entre la conversación, fue inevitable contarles la verdad— informó—. Ellos quieren saber cuándo pueden volver, ya sabe, para darle los ritos funerarios adecuados a su padre.
Cuitláhuac desvió la mirada, con tantas cosas ocurriendo a su alrededor, ni siquiera él había tenido una ceremonia adecuada para hacerle honor a su nuevo título.
—No lo sé. Quizá vamos a tener que esperar un poco más antes de poder hacer algo, quiero que todos nuestros enemigos estén muertos. Arriesgarnos a un ataque no sería prudente— respondió al fin después de tantos minutos en silencio —. Quiero que les digas a los comerciantes que busquen información sobre Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid, Alonso de Grado. Xihuitl dice que ellos, al igual que el asesino de mi hermano, son peligrosos.
—Como usted ordene.
Cuitláhuac se mantuvo inmóvil mientras veía como Tlahuicole salía de su sala de reuniones. Él también era un hombre valiente, lo había visto en combate y su habilidad con las armas y el combate cuerpo a cuerpo, había salvado a varios de sus guerreros.
—Lamento interrumpir, tlatoani.
Apenas Tlahuicole había salido cuando la figura del joven Cuauhtémoc apareció, luciendo visiblemente nervioso. Quizá temía que los demás presagios de Xihuitl se cumplieran, después de todo, Moctezuma ya había muerto y ni siquiera todo lo que hicieron fue suficiente para cambiar su destino.
—¿Está todo bien? ¿Encontraron al asesino de mi hermano?
—No tlatoani — Cuauhtémoc bajó la cabeza, apenado —. Es solo que los hombres que prometió traer Tlilcuetzpalin, el hermano de Xicohténcatl, ya han llegado. No fue fácil encaminarlos, pero están esperándolo en la sala principal del palacio.
Cuitláhuac asintió, poniéndose de pie para seguir a Cuauhtémoc por los pasillos. Estaba ansioso y expectante. Había oído rumores de la existencia de otros imperios, pero verlos en persona, era muy diferente.
—Ha venido aquí, el... — Cuauhtémoc se detuvo unos momentos, ¿Cómo sería correcto nombrarlo? — hijo del tlatoani de Tahuantinsuyo. El joven Atahualpa. Su acompañante se llama Yachay, pero sus ancestros pertenecían a nuestras tierras, así que tiene también el nombre de Tonatiuh.
El nuevo tlatoani mentiría si dijera que no había quedado impresionado por la altura del primer hombre. Desde lejos era evidente que los dioses lo habían bendecido al hacerlo nacer en una familia importante. Su porte, su forma de vestir, incluso la manera en que miraba a los demás, delataban su estatus no solo como alguien de gran relevancia, sino también como un guerrero formidable.
—Es un gusto conocerlos.
El hombre que estaba al lado de Atahualpa, murmuró algunas cuantas palabras, haciendo que el más alto también hiciera una pequeña reverencia con su cabeza.
—Dice que es un honor conocerlo. Qué no esperaba ver tanta belleza y riqueza en un lugar tan lejano.
—Dígale, por favor, que en cuanto la situación mejore, podrá visitar todos los lugares que desee, para mí y nuestra gente, será todo un placer que alguien de su nivel, recorra nuestras tierras.
Cuauhtémoc al ver que habían terminado de conversar, decidió presentar al resto.
—Ellos vienen de más al sur, no son propiamente un imperio, pero su pueblo mapuche es importante— aseguró señalando a una mujer joven y a un hombre—. Ella es Ayelén y él, Ankatu.
Cuitláhuac también hizo una reverencia hacia ellos.
—Nos alegra conocer a otros hermanos de la tierra— murmuró Ankatu en un perfecto náhuatl —. El resto de nuestra gente está afuera, terminando de guardar las provisiones.
—Gracias por haber venido aquí. Es un alivio ver qué han acudido a nuestro llamado. Imperios y tribus del norte también han llegado, pero no están aquí, sino con algunos de nuestros aliados. Espero puedan conocerlos pronto — Cuitláhuac respiró profundo, señalando con su cabeza uno de los enormes pasillos que tenía la casa que perteneció a su hermano —. Deben de estar cansados, ¿Quieren comer algo?
—Nos gustaría descansar y lavarnos un poco antes, claro, si eso no presenta ningún inconveniente para usted.
Cuitláhuac negó en dirección a Yachay.
—No es ninguna molestia. Tenemos muchas habitaciones, por favor, dile a algunos de los sirvientes que se encarguen de alojar a nuestros invitados.
Cuauhtémoc asintió, guiando al peculiar grupo hasta donde los hombres y mujeres que los atenderían se encontraban. Después, regresó al lado de Cuitláhuac.
—¿Dónde está Tlilcuetzpalin?
—Acomodando a un animal que dicen tiene por nombre, llama.
—¿Cómo el fuego?
—Tendrás que verlo para creer que una bestia así existe— murmuró divertido, haciendo que saliera del palacio—. Se ve bien, y por lo que parece, le gusta Ayelén.
—Es bonita. Harían una buena pareja, además de que sería excelente para comenzar a tener buenas relaciones con otros imperios.
Mientras Cuauhtémoc asentía ante las palabras de Cuitláhuac, Tlilcuetzpalin se acercó con bastante alegría a ellos. Si bien no los conocía en persona, se alegraba de por fin ver a alguien familiar después de tanto tiempo.