El espejo de la serpiente

— ENVIADA DE LOS DIOSES —

Desde que Pedro dejó Tenochtitlán, algo en su interior le decía que debía huir cuanto antes de ese lugar, que era peligroso permanecer un día más rodeado de esos perros indios que en cualquier momento iban a traicionarlo. Él entendía a la perfección que su vida corría peligro, pero por más que se lo repetía, no podía irse sin obtener el oro que habían ido a buscar, por lo que sus compatriotas los siguieron, por lo que huyeron de Cuba. Regresar sin nada de eso sería una condena.

Por ello, la noche en la que emprendió la retirada, caminó lo más lejos que pudo del centro de Tenochtitlan y posibles pueblos aliados. Anduvo sin rumbo fijo hasta que algunos aliados otomíes le recomendaron instalarse cerca de uno de los volcanes activos más grandes que tenía la región, el Tastobo.

Pedro, como era de esperarse, desconfió, aunque sin tener muchas opciones, terminó por seguir a aquellos hombres hasta el peculiar asentamiento que ofrecía una vista espectacular, misma que le permitió no solo distraerse durante algunos días, sino también pensar en que es lo que haría a continuación. Pedir ayuda a los barcos españoles más cercanos quedaba descartado, pues todos provendrían de Cuba y el gobernador no lo tenía en alta estima. Así que eso solo le dejaba la opción de ganar la guerra que se avecinaba, ya que si derrotaba al hermano de Moctezuma o algún otro líder importante, su autoridad no podría ser cuestionada y aquello que perdió, podría recuperarlo.

Con esas ideas en mente, empezó a trazar algunos planes, donde parte de sus aliados tendrían que comenzar a obtener provisiones de los pueblos cercanos. No importaba si tenían que robar o amenazar, era su deber traer comida y armas al campamento. Y aunque a muchos no les gustó la idea de convertirse en delincuentes, siguieron sus órdenes. Aún tenían la esperanza de que el temido Tonatiuh recuperase el terreno y la victoria perdida.

—Señor— pese a que habían perdido a su principal intérprete, para fortuna del conquistador, algunos habían aprendido un par de palabras en náhuatl que servían para comunicar lo básico—. Lamento la interrupción, pero ya llevamos más de dos semanas aquí varados, y hay muchos hombres que se preguntan si no vamos a hacer nada más que esperar.

Pedro bufó, limpiándose el sudor de la frente.

—Planear un golpe efectivo requiere tiempo y al ser pocos, la estrategia debe de ser aún mejor, pero no espero que un indio como tu lo entienda— murmuró claramente molesto—. Largo de aquí, tu sola presencia me irrita.

El otomí dió un asentimiento de cabeza antes de salir. La mayoría de ellos comenzaba a detestar su mala actitud.

—Quizá deberías de comenzar a tratarlos mejor— en cuanto se quedó solo, Pedro trató de imitar la voz de Cortés—. Quizá deberías ser más amable si quieres que aún te guarden algo de lealtad— al escuchar su pobre imitación, Alvarado comenzó a reír de nervios y frustración, era muy probable que toda esa situación ya le hubiera hecho perder la razón— Eres un imbécil Cortés, nunca debiste dejarme solo.

Si Pedro hubiera estado más concentrado en todo lo que pasaba a su alrededor que sumirse en su propia miseria y deseo por recuperar su honor, se habría percatado de que su campamento nunca había dejado de ser observado por los hombres de Ankatu, que al igual que en la batalla anterior fueron encomendados a vigilar la zona de manera discreta.

—¿Y bien? ¿Cómo vamos? ¿Tenemos información importante?

Cuitláhuac después del último encuentro que tuvo con los invasores, había decidido esperar a que Xicohténcatl junto con el resto de sus hombres y la tribu aliada de los Kickapoos se recuperara. Sabía que podía luchar con los guerreros y aliados que tenía, pero la venganza no era solo suya y el resto de los pueblos también tenían el derecho de ver como el último español caía. Por eso, durante ese tiempo, solo mandó a vigilar la zona y todos los movimientos de Pedro y sus hombres.

—Ese invasor sigue sin salir de su carpa. Los hombres siguen yendo y viniendo de los pueblos con provisiones, pero nada más. No parece que se estén preparando para una guerra.

—¿Y Xicohténcatl? ¿Él junto con los Kickapoos ya vienen?

—Lo desconozco— respondió Cuauhtémoc sentándose a su lado—. Pero la última nota que mandaron decía que no solo venían ellos, sino también algunas mujeres, varias querían ayudar a los heridos que se tengan. Al parecer se enteraron de las bajas anteriores que tuvimos porque la atención tardó en llegar.

—Hay que instalar un campamento para que ellas estén ahí, también hay que informar a algunos hombres de que su trabajo ya no será luchar, sino ir por los heridos y llevarlos para ver si aún tienen salvación.

—Yo me haré cargo— aseguró— La verdad, es que deseo que todo esto termine, sé que mi destino era mucho peor, pero esto… no me gusta vivir en la angustia de saber si vamos a ganar o no, si todo lo que estamos haciendo vale la pena— admitió bajito—. Cuando Moctezuma murió yo creí que…

—Yo también lo creí— admitió rápidamente, no quería que ese joven hombre siguiera alimentando la zozobra, una que a veces lo consumía a él—, pero ahora tengo la certeza de que vamos a ganar. Empezamos a corregir los errores que nos hicieron caer y eso debe de representar alguna diferencia.

Ambos se sumieron en el silencio, tratando de meditar todo con calma. Alguien alterado sólo podía llevar al caos y ya habían vivido bastante inestabilidad como para crear más.

—¿Ya tienes algún plan?

—Si. Con los análisis del terreno y las diversas formas de lucha que tenemos todos creo que lo mejor es primero el asedio, lo que ellos planeaban hacer, nosotros debemos de tomarlo. Los mapuches creo que lo llaman la guerra vacía.

—¿Y cuándo vamos a comenzar?

—En cuánto Xicohténcatl llegue.

—Quizá sería buena idea empezar ahora, ¿No?

Cuitláhuac ladeó la cabeza, mirando al cielo.



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En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 10.01.2026

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