—¿En verdad no hay nada que se pueda hacer?
Malinalli bajó la cabeza, ella había visto muchos casos similares cuando estuvo con los invasores y no podía augurar buenas noticias.
—No, la herida es muy profunda, y aunque las hierbas han ayudado, ya ha perdido mucha sangre. Aquí no tenemos recursos para mantenerla con vida.
Xicohténcatl tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no soltar un improperio o un golpe.
—¿Qué opinan los demás curanderos? ¿Las curanderas? ¿Qué dicen?
Cuitláhuac y Tlilcuetzpalin se acercaron a él, con mucho cuidado, como si no quisieran asustar a un animal herido.
—No hay nada que se pueda hacer. Lo sentimos mucho. Ella no va a soportar mucho más tiempo aquí.
Xicohténcatl apretó la mandíbula al mismo tiempo que contenía la respiración. No, no podía estarle sucediendo esto. Los dioses le habían traído a su esposa, la pusieron ante él, no tenían derecho alguno de arrebatarsela.
Las lágrimas pronto comenzaron a caer por su rostro. No sabía qué hacer, ni que decir para tratar de mantener la calma. Él la amaba, quería que estuviera a su lado, pero si su vida estaba en peligro... Tendría que dejarla ir, ¿Verdad? Ahogando el llanto, se alejó del sitio dónde atendían a los enfermos. Sus piernas se tambalearon de un lado a otro, pero aún así se las arregló para llegar hasta el otro extremo.
—Xico... Sé que esto no es fácil, pero si pensamos con la cabeza fría, sabes que es mejor dejarla ir.
—No puedo, no puedo dejarla ir así como así, es mi esposa, la gobernante de Tizatlán, la futura madre de mis hijos. Ella se debe de quedar aquí, conmigo.
Tlilcuetzpalin bajó la mirada sin saber que decir. Sabía que en esos momentos no existía palabra alguna de consuelo.
—Tiene que sobrevivir.
—¿Y si no lo hace? ¿Y si el viaje le hace daño a la herida? Yo no sé que es lo que va a ocurrirle, ¿Y si se muere y yo no estoy con ella?
Cuitláhuac, que los había seguido para asegurarse de que estuvieran a salvo, se acercó unos cuantos pasos más, manteniéndose sereno.
—Ella tiene manera de regresar y nosotros tenemos manera de visitarla en el futuro — comenzó —. Xihuitl tiene el espejo que fue de su padre y en el templo de Coatlicue me dieron otro. Podemos viajar y verla. No hay nada perdido, solo... Tenemos que lograr que se salve, lo demás, al igual que todo esto, lo resolveremos sobre la marcha.
Xicohténcatl no supo si su corazón estaba aliviado o preocupado al escuchar las palabras de Cuitláhuac.
—¿Y si esa piedra que tienes no funciona como la de mi esposa? ¿Si nunca vuelvo a verla?
—Debemos de confiar — Tlilcuetzpalin fue el primero en animarse a hablar después de aquellas preguntas—. Esa piedra va a funcionar y te aseguro que no te vas a alejar de ella más que un par de días, como ya lo hicieron antes. En cuanto ella se salve, la traeremos de regreso. Podrán estar juntos.
—Entonces, debo viajar con ella, para cuidarla y asegurarme de que no muera en el camino.
Cuitláhuac de inmediato negó.
—Sería peligroso, no conoces nada de ese mundo y la única que puede explicarlo está entre la vida y la muerte. No podemos arriesgar a nadie más.
—La amo.
—Lo sé, y es por eso que debes dejar que en su época la curen. Seguramente ya va a ser todo un problema explicar porque está herida por un arma que dejó de existir hace siglos. Es mejor no complicarle más las cosas.
El guerrero los miró fijamente.
—¿Crees que vamos a poder continuar con todo eso sin ella?
—Nos ayudó en la peor parte. Y si aprendimos bien, seguro podremos con esto.
Visto de esa manera, Cuitláhuac y su hermano tenían razón, sería solo separarse por unos cuantos días, como cuando él se fue para combatir. No era diferente, ¿Verdad? Ante sus propias palabras, Xicohténcatl apretó los labios. Su esposa era una guerrera, seguramente esa herida no sería nada.
Ella estaría bien y regresaría sana y salva a su lado.
—Bien. Vámonos. No hay más tiempo que perder— limpiando una lágrima de su mejilla, Xicohténcatl respiró profundo, tratando de centrar sus pensamientos en la razón y no en el corazón— Ayúdenme a prepararla, debo de ir por algo.
Cuitláhuac asintió, regresando con Tlilcuetzpalin hasta donde los demás miraban con pena a Xihuitl, que por segundos estaba consciente.
—¿Y bien? ¿Qué fue lo que dijo?
—Lo convencimos. Sobre todo con la idea de que él también puede ir a visitarla.
Ayelén frunció el ceño observando la obsidiana.
—Los espejos son portales, hemos visto la magia que pueden hacer pero hay que tener cuidado, está herida y el cambio puede ser peligroso— musitó dándole el artefacto a Ankatu, que a su vez se lo pasó a Anicu y Atahualpa— ¿Qué tenemos que hacer?
—Podemos arrojarla a ella y al espejo desde uno de los puntos más altos del volcán, pero eso sería peligroso. Lo mejor será poner el espejo en el suelo, justo en el sitio exacto de dónde la vamos a lanzar, después, cantaremos y bailaremos, invocaremos a la luna, a Tezcatlipoca y a la madre de los dioses... Ellos tendrán que ayudarnos.
Al escuchar esto, Tecuelhuetzin no pudo evitar preocuparse.
—¿Va a funcionar?
—Esto logró transportar al papá de Xihuitl.
—Pero él estaba sano cada vez que entraba y salía... La última vez que pasó, ya estaba muerto — recordó Tecuelhuetzin cada vez más preocupada—. ¿Qué posibilidades hay de que sobreviva? — la mujer limpió el sudor de la frente de su cuñada.
—Tenemos que confiar.
Tecuelhuetzin tomó el objeto y con ayuda de Ayelén, Malinalli y Tlilcuetzpalin corrieron hasta el punto de tierra a dónde sería lanzada Xihuitl.
—¡No sé olviden de decirle que la queremos!
—¡Eso se lo dirás tú a su regreso!
Después de gritarles aquella respuesta, Cuauhtémoc tomó a Xihuitl entre sus brazos para llevarla hasta el punto más alto del volcán. Detrás de él, Axayacatzin, Cuitláhuac, y el resto de los hombres que ahora formaban parte de la Alianza de los Cuatro Rumbos, le siguieron.