—¿En dónde... en dónde estoy?
Xihuitl, con un fuerte dolor de cabeza y una enorme pesadez en los ojos, se las arregló para abrir los párpados, cerrándolos casi de inmediato cuando una luz blanca la deslumbró.
—Turquesa, hija. Por fin despiertas— la voz de su madre le hizo comenzar a respirar agitadamente—. No, no respira mi niña, cálmate. Ya estás en casa, ya estás bien— cuando el pitido del monitor llenó la habitación, la mujer acarició su mejilla, tratando de arrullarla con un tarareo—. Ya estás bien mi amor. No hagas ningún esfuerzo, la herida puede abrirse.
¿Herida? ¿Cómo era posible que su mamá...? El solo pensar en aquellas respuestas hizo que las lágrimas salieran sin control por sus ojos.
—No, mamá. No entiendes, Necesito... necesito....
—¿Necesitas regresar a ese auto desecho? — la voz de su madre se escuchaba más preocupada que molesta—. Por favor, tienes que descansar, te encontraron hace una semana en aquel lugar, no solo tenías las heridas del accidente sino de... de...— la mujer ahogó el llanto. No soportaba ver a su hija de esa manera, tan herida, tan delicada, como si a duras penas hubiera logrado burlar a la muerte—. Tienes que estar tranquila, ¿si? Cuando estés bien, hablaremos de todo.
Xihuitl negó, no podía quedarse con aquella zozobra en el corazón, así que haciendo acopio de todas sus fuerzas, abrió los ojos, tratando de enfocar primero el techo. Cuando sus ojos se adaptaron lo suficiente a la luz, respiró profundo, moviéndose lo suficiente como para poder mirar a su madre, que tenía la vista perdida en algún punto fijo de la pared.
—¿Puedes responderme aunque sea algunas preguntas? — cuestionó no sin cierta dificultad. Cada que hablaba y respiraba le dolía todo el cuerpo.
—Descansa, por favor. Inténtalo.
—No puedo, no sin saber al menos algunas cosas— Su madre se debatió eternos segundos antes de mover la cabeza de arriba hacia abajo—. ¿Cómo fue que me encontraste?
—No fui yo, fue la policía que llevaba buscándote horas— la mujer con ayuda de un pañuelo se limpió la nariz que ya estaba roja—. Te vi muy extraña desde que saliste de la Iglesia y cuando te marqué y no respondías, entré en pánico. Llamé y busqué en todos los lugares posibles, hasta que finalmente los oficiales hicieron algo, pero no fue hasta la mañana que encontraron el auto.
—¿Cómo?
—Desapareciste un día lunes en la noche, te encontramos el martes cerca del mediodía— aclaró ante la confusión de su hija—. Estabas lejos del auto, como si te hubieras arrastrado. Creímos que solo tenías heridas del accidente pero cuando te dieron la vuelta... notaron que no dejabas de sangrar, por una herida de bala, de un arcabuz.
Xihuitl no sabía si llorar de felicidad o de pena al saber que al menos todo lo que vivió no había sido un delirio, una fantasía de su mente tratando de sobreponerse al accidente.
—Mis cosas, ¿Dónde están mis cosas?
—Confiscadas. Los policías y el INAH las tienen ahora. Los videos de seguridad te colocan el Cacaxtla, nadie sabe que estabas buscando o porque te escondías, pero temen que te hayas robado lo que traías puesto. La ropa, el anillo, el papel... Lo único que dejaron fue tu bolso, el que traías aferrado al cuello.
La joven tuvo que respirar profundo para detener los erráticos latidos de su corazón, Si su madre la veía así, seguramente no le iba a contar nada más.
—Yo estaba huyendo de unos hombres, ¿No los vieron? Me estaban siguiendo, apenas si logré escapar de ellos.
—No hija, no había nadie contigo.
Bueno, Coatlicue no había mentido al decir que habían sido los dioses quiénes le tendieron esa trampa.
—Turquesa, déjame hacerte una pregunta— musitó su madre en cuanto el silencio se hizo más pesado—. Me dijeron que no debo de alterarte pero... ¿Cómo fue que te pusiste esas cosas? Las cámaras solo te ven huir, tener el accidente y nada más.
Xihuitl comenzó a reír de puro nervio, tanto que tuvo que ver al techo y respirar profundo para calmarse.
—¿Alguna vez le creíste a mi padre sobre los viajes que decía hacer? — su madre no respondió, no cuando las lágrimas volvieron a empapar sus mejillas—. Mamá, yo sé que suena difícil de creer pero te juro por mi vida que cuando tuve el accidente, viaje en el tiempo, tal y como papá decía hacerlo— Xihuitl pasó a duras penas el nudo de su garganta, pero se las arregló para tomar la mano de su madre—. No estoy loca mamá, te lo juro.
La mujer mayor apretó la mandíbula con fuerza, haciendo acopio de todas sus fuerzas para poder hablar.
—Aunque quisiera creer que estás loca, no puedo, no cuando yo misma te vi con todas esas cosas encima— admitió— ¿Qué fue lo que hiciste? ¿Qué tanto...?
Xihuitl se aferró con fuerza a los dedos de su mamá, sintiendo alivio en su corazón al escuchar que su madre le creía. No importaba que lo dijera solo para no alterarla más, aquellas palabras eran suficientes para darle algo de alivio.
—Cuéntame qué pasó, qué ha ocurrido desde que me fuí.
Aurora negó de un lado a otro, sin saber si debía reír o llorar.
—Tu padre siempre hacía lo mismo, cada que desaparecía regresaba y preguntaba que tanto habían cambiado las cosas— murmuró moviendo su mano libre para buscar su celular—. Tu hermana también está preocupada , ¿No quieres que le llame para que venga a verte?
—¿Ella va a creerme?
—Cualquiera te creería después de ver cómo llegaste— recordó—. Quizá es mejor no involucrarla, de todos modos, seguramente aún no regresa— Xihuitl frunció el ceño ante estás palabras— La he mandado con tu tío para ver si puede recuperar tus cosas.
—Por primera vez voy a celebrar que mi tío tenga influencia dentro del INAH — la joven soltó una risa sin emoción—. Por favor mamá, quiero leer, quiero saber que pasó.
Su madre aún insegura asintió, dándole su celular. Xihuitl con la única mano que le servía, buscó "Conquista española en México", pero no hubo ningún resultado. Extrañada decidió escribir el nombre de Cuitláhuac. Inevitablemente perdió el aliento al comenzar a leer el primer resultado.