El espejo de la serpiente

— EPÍLOGO—

Te encontré cuando mi corazón aún no sabía que estaba hecho para llamarte.

Te encontré cuando mi alma aún no sabía que había nacido para pertenecerte.

Los dioses, en su infinita bondad, te pusieron en mi camino, como se coloca una flor sobre el altar, como se enciende el fuego antes de la guerra.

Eres mi luz, mi flor que no se marchita, el agua que jamás se disuelve en la tierra, el sol que despierta la vida.

Dejarte partir nunca estuvo en mis planes, pero tu vida es más grande que mis deseos humanos, que mi egoísmo de retenerte.

No llores por mí.

No temas por mi nombre.

Si caigo en batalla, te buscaré en el viento.

Si me pierdo en la noche, serás mi estrella.

Si mi canto se apaga y mis pasos se borran del mundo,

Si mi cuerpo vuelve a la tierra y la muerte me llama antes de encontrarte, susurraré tu nombre.

Porque mi sangre no teme al tiempo, si tu vives en mi pecho.

—¿Qué haces?

Xihuitl, al escuchar la voz de su hermana, guardó de inmediato el papel que su tío y Rubí habían logrado recuperar del INAH. No todas sus cosas fueron devueltas, pero el anillo, el poema y la libreta que había pertenecido a su padre sí se las regresaron, y eso ya era una ganancia. Lo demás, ya después podría verlo en alguna exposición.

—Nada.

—¿Nada? ¿Y por eso tienes esa cara?— Rubí se acercó a ella, dándole un abrazo que apenas si fue un roce, pues no quería lastimarla—. ¿Ese es un poema de él?

Contarle a su hermana todo lo que había ocurrido durante su ausencia fue menos extraño que confesárselo a su madre. Quizá porque Rubí tenía menos prejuicios, o quizá porque, mientras más se hablaba del tema, más sencillo se volvía asimilarlo. A ese punto, no tenía certeza de qué fue lo que le dio el valor, pero llorar entre los brazos de su hermana la reconfortó.

—Si, me escribió varios.

Rubí sonrió al escuchar esto.

—Dime que tiene más hermanos, por favor, yo también quiero vivir mi romance.

Xihuitl negó de un lado a otro de manera divertida antes de separarse de Rubí. Tenía que tomar su maleta para por fin, después de largas semanas en el hospital, irse.

—Si, tiene muchos. Aunque temo decirte que al que conozco, ya está casado.

—¿Al que dices que fue a aliarse con los Incas y Mapuches? — Xihuitl asintió —. Es una lástima, suena como a un hombre valiente— está vez, ella no pudo responder —. ¿Estás segura de que te sientes bien? Para salir, claro. Todo va a ser nuevo para ti.

—Por el hospital no creo que el mundo haya cambiado mucho— replicó cerrando con más fuerza de la necesaria la maleta—. Además, estás tú conmigo. Si algo me pasa, puedo recurrir a ti.

Rubí analizó a su hermana antes de tomar la maleta entre sus manos. No quería que cargara más peso del necesario,

—Si él te prometió regresar y buscarte lo va a hacer. No lo conozco pero por lo que me contaste, se ve que es un hombre decidido y que nada ni nadie lo va a detener para tenerte a su lado— ella trató de sonreírle a Turquesa para darle algo de seguridad —. ¿Y si lo intentamos? A regresar en el tiempo, me refiero. Si la montaña no viene, nosotros tenemos que ir a la montaña.

Xihuitl negó con el pesar tatuado en su rostro.

—Perdí la piedra, no puedo regresar — recordó —. He quedado atada a este mundo, tal y como nuestro papá.

—Ese pesimismo no es parte de ti.

Ella bajó la cabeza, dejando que su mano rozara la herida con cuidado. Haber estado leyendo todo lo que ocurrió después de su desaparición le había dejado con la sensación de que su trabajo ya estaba hecho y tratar de volver podría llegar a complicar las cosas.

Aunque ese pensamiento desaparecía cada vez que pensaba en su esposo. Quizá, si encontraba la manera de regresar, podría pedirle que se quedara con ella, en su época.

—Lo sé, lo siento— musitó—. Podríamos ir el fin de semana a Cacaxtla. Si preguntamos e investigamos podríamos obtener información sobre la piedra. Aunque ahora que lo pienso, ¿Cómo la consiguió papá? ¿Quién se la dió?

—¿Los dioses?

—Espero que mamá siga sin mover nada del despacho de papá.

Su hermana, negó.

—Sigue intacto, pero usted señorita, no va a moverse durante al menos una semana. Esa herida con veneno no fue poca cosa— recordó—. Solo los dioses pudieron hacernos el milagro de que no murieras después de eso.

Rubí lanzó un largo suspiro antes de ofrecerle su brazo a su hermana. Xihuitl aceptó de buena gana el gesto.

—¿Está lista?

—Si, creo que sí.

Conteniendo la respiración, Xihuitl salió del hospital. Por un momento pensó en cerrar los ojos, pero su curiosidad pudo más y, al ver el primer edificio, perdió el aliento. Si bien era moderno, no tenía ese aire europeo, sino que parecía transmitir calidez, como si el arquitecto hubiera querido plasmar amor y sensación de hogar por medio de su arte.

Rápidamente, feliz por el descubrimiento, Xihuitl observó a las personas, las ropas que portaban. Muchos llevaban diseños florales, y otros tantos lucían colores extravagantes tanto en la tela como en el cabello. Parecía que el maximalismo* estaba presente en todos y cada uno de quienes la rodeaban.

—¿Tú por qué no vistes así?

—No quería asustarte— musitó — además, sabes que siempre he sido más de colores sobrios, aunque no es para preocuparse, aún el minimalismo no acapara los reflectores, ni mi corazón.

Xihuitl aún sorprendida, siguió observando las construcciones, que aunque en teoría eran las mismas que recordaba, tenían un aire diferente, como si hubiera más dedicación y amor. La sensación era difícil de explicar, se necesitaba ver para poder entender el esfuerzo que se le puso a cada edificio.

—¿Todo es así?

—Hay sectores menos favorecidos, pero no son tantos. Los tlatoanis se han encargado de ayudar a la población.



#1486 en Novela romántica
#424 en Otros
#87 en Novela histórica

En el texto hay: mexico, prehispanico, romance

Editado: 17.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.