Febrero, 2022. París, Francia
Qué error tan grande cometí. Invertí todos mis ahorros en un diplomado de organización de bodas al otro lado del Atlántico, solo para ser vista hacia abajo por un montón de parisinas estiradas. Bueno, eso es mentira, no todas son francesas, en el curso también hay un par de americanas y tres inglesas igual de insufribles.
¿Por qué a la gente le cuesta tanto trabajo ser amigable? ¿Es tan oneroso sonreír de vez en cuando? Extraño Río de Janeiro, a la tía Rafaela y a mi gente.
Apenas llegué a París hace una semana y ya quiero volver a casa. Nunca imaginé que la soledad de vivir en un país extranjero resultaría tan demoledora.
Pellizco el croissant en mi plato y me llevo un pedazo a la boca. Su delicioso sabor cargado de mantequilla no hace mucho para levantar mi ánimo decaído. Necesito más que carbohidratos para superar este revés del destino. Tenía muchísimas ilusiones de tomar el diplomado y conocer París… nunca pensé que lo pasaría tan mal.
En la mente me taladra la risa burlona de mis compañeras por confundir el color blanco marfil con el blanco hueso a la hora de elegir la mantelería. Como si no fueran prácticamente idénticos. Lo peor es que, aunque me empeñe esta noche por aprender a distinguir toda la paleta de tonos blancos, mañana esas chicas encontrarán otro motivo para mofarse de mí.
Creí que este diplomado me otorgaría una prestigiosa acreditación para impulsar mi carrera de wedding planner, no que haría trizas mi autoestima.
Me sorprende que un grupo de mujeres profesionistas se comporte como colegialas, burlándose y criticándose entre ellas. Tengo 28 años, mis días de lidiar con bullies deberían ser cosa del pasado.
El diplomado dura solo seis meses, me recuerdo para darme aliento. Puedo sobrevivir seis meses de esto; después de todo, si tengo una cualidad, es ser resiliente.
Le doy un sorbo a mi café au lait, mis ojos recorren la preciosa cafetería en la que estoy ahogando mis penas en pan y mantequilla. El diplomado puede no ser lo que yo esperaba, pero qué precioso es París, como una postal perfecta. No por nada la llaman La Ciudad el Amor y aunque no he vivido nada ni remotamente cercano a un romance aquí, puedo apreciar el encanto romántico que tiene.
Mi teléfono comienza a vibrar. Es una videollamada de Rafaela. Justo lo que necesito para levantarme el ánimo.
—¡Hola! —exclamo en voz moderada a pesar de que soy la única cliente en la cafetería.
—Mi Daria, te extraño montones —replica Rafaela mientras intenta enfocarse correctamente en la cámara del teléfono. Su cabello ondulado teñido en color rojo ocupa casi la totalidad de la imagen. Un par de intentos más y al fin queda encuadrado su rostro—. Mírate qué linda, pero… ay, no, tus ojitos están tristes. ¿Qué hicieron esas compañeras tuyas ahora?
—Estoy bien, tía. Prefiero no darle importancia.
—¿Ah, no? Entonces, supongo que no estás consolándote con un pan de chocolate o algo así, ¿verdad?
Tomó mi plato por la orilla y lo levanto para mostrarlo a la cámara.
—Un croissant, pero creo que es contra la ley francesa vivir en París y no comer un croissant al día —bromeo, pero no le arranco ni una sonrisa a mi tía. Está preocupada, le agobia verme mal—. Por favor, no te alteres. Ya no soy una cría, puedo soportarlo. Además, es mejor darme el gusto de un pan que ahogar mis penas en tequila, ¿no crees?
Rafaela hace una cómica cara de asco al otro lado de la pantalla. Aborrece el tequila desde que se excedió en su disfrute durante un viaje a Cancún hace varios años y ahora incluso su mención le causa malestar.
—Preferiría que no tuvieras penas que ahogar. Te fuiste buscando una mejor preparación, no para ser la diana en los ataques de un grupo de chicas insufribles.
—Lo sé, pero debo aguantar. Ya pagué el curso, el hospedaje y los boletos de avión, no perderé ese dinero. Aprenderé lo que pueda y volveré a Río con un currículum de envidia —digo alzando la barbilla con fingida determinación.
—Eso espe…. —La voz del jefe de Rafaela se escucha al fondo. Ella pone los ojos en blanco, no soporta al hombre; por fortuna, está a un año de jubilarse, así que no tendrá que lidiar con él por mucho más tiempo—. Mi Daria, tengo que irme. Te marco en la noche. Recuerda que tú vales más que cualquiera de esas esnobs —susurra antes de colgar.
Mi tía no ve la sonrisa de despedida que le dedico.
Su llamada, en lugar de animarme, tiene el efecto contrario. Me provoca una enorme melancolía por mi hogar.
Me quedo mirando el teléfono con una espantosa sensación de vacío en el pecho. En la garganta se me forma un nudo del tamaño de una naranja. Como quisiera tomar un taxi al aeropuerto y esperar el siguiente vuelo a casa; en unas horas estaría con Rafaela comiendo feijoada y riendo de cualquier bobería…
La puerta de la cafetería se abre de golpe dejando entrar una ráfaga de viento y el ruido de la ajetreada calle.
Alzo la vista por reflejo. El hombre más hermoso que he visto en mi vida va cruzando la puerta. Cabello castaño corto, hombros anchos y cuerpo atlético, sus mejillas tienen un brillo saludable como si acabara de asolearse en una playa; me recuerda al Ken Malibú que Rafaela me regaló cuando cumplí siete años.