Junio, 2026. Orlando, Florida
La empleada de la aerolínea se ha propuesto sacarme de quicio. Es la única explicación que encuentro para su actitud pedante. Entiendo que mi urgencia no es problema suyo, pero caramba tampoco tiene por qué mirarme como si le estuviera pidiendo pagarme el vuelo de regreso.
Tiene suerte de que yo sea una persona tranquila, cualquier otro en mis zapatos estaría haciendo un escándalo digno de que los demás pasajeros sacaran sus teléfonos para grabar. “Mujer pierde los estribos en el Aeropuerto Internacional de Orlando” titularían los reels mostrándome discutiendo a gritos con la empleada, rodeada de personas usando orejitas de Mickey Mouse que vuelven a casa tras unas felices vacaciones.
Eso es todo lo que yo deseaba, unas bonitas vacaciones para mi hijo en el lugar más feliz de la tierra. Jamás me tomo tiempo del trabajo, tardé meses en poder coordinar una semana libre para este viaje y, a tres días de nuestra llegada, mi jefe me llama que debo volver de urgencia.
Una novia contactó al resort de improvisto, quiere que le organicemos su boda para dentro de una semana… ¡una semana! Ignoro cuánto ofreció pagar la mujer para que Gordon accediera a una locura así, pero debe ser una cantidad exorbitante. Las bodas en Le Château de por sí no son nada económicas, al contrario, somos el recinto para bodas más exclusivo de todo el Caribe. Estoy hablando de magnates petroleros y dueños de televisoras, quien sea que es esta novia de improvisto debe tener más dinero del que podrá gastar en 15 vidas. Y yo voy a organizarle su boda… si llego, claro.
Uno de los problemas de vivir en una exclusiva isla caribeña: la escasez de vuelos de entrada y salida.
—Por favor, señorita, debe haber algún vuelo. No importa cuántas escalas me tome, debo llegar a mi destino cuanto antes —imploro con expresión desesperada.
—Señora Olveira, ya le dije diez veces que es imposible —responde enfatizando la palabra señora, como si quisiera ofenderme con ella. Tengo un hijo de tres años, estoy más que habituada a que me llamen señora—. No hay forma de que usted llegue a Saint Barth antes del fin de semana. Su mejor opción es esperar el vuelo de regreso que ya tienen comprado.
Al decir eso, le lanza una mirada de disgusto a Tiago y a la tía Rafaela, quienes esperan detrás de mí junto a nuestras maletas con cara de decepción. No puedo culparlos, literalmente estoy estropeando nuestras vacaciones familiares.
Hago como que no me doy cuenta de la manera en la que la mujer mira a mi hijo, porque si me concentro demasiado en ello esto va a ponerse feo. Puedo aguantar sus malos modos, los cuales ha sacado a relucir desde que me acerqué a su mostrador, pero que se meta con mi Tiago es otra historia.
—Nuestro vuelo es para dentro de cuatro días, no puedo esperar tanto. Por favor…
—Basta, señora Olveira. Esa es la única solución, a menos de que tenga los recursos para contratar un jet privado. Por favor, apártese para que pueda atender a los pasajeros que sí cuentan con boleto, está atrasando la fila.
Con un grosero ademán, la empleada le indica al siguiente pasajero que se acerque al mostrador.
Me hago a un lado, mientras guardo nuestros pasaportes. Tengo un nudo en el estómago.
Rafaela se acerca con mucho tacto.
—Lo intentaste, mi Daria. Gordon debe entender. Bastante malo es que espere que interrumpas tus vacaciones para volver corriendo al trabajo. Deja que la otra chica se encargue —me habla a mí, pero no quita los ojos de Tiago. Ha visto demasiados casos de robo de niños en la televisión.
—Si permito que Audrey haga esta boda, será mi fin —le recuerdo.
Dado lo remoto de Le Château, el resort cuenta con su propia wedding planner para comodidad de sus clientes. Llevo dos años y medio desempeñándome en el puesto, organizando bodas de ensueño y viviendo en una locación paradisiaca. Obtener el trabajo fue como sacarme la lotería y todo iba perfecto hasta hace un mes que Audrey Williams llegó de Nueva York para apoderarse de mi empleo.
Audrey es sobrina lejana del dueño del resort y Gordon ha recibido mucha presión para darle mi puesto. El único motivo por el que aún conservo el trabajo es por mi excelente desempeño y las lluvias de halagos que recibo de los novios al día siguiente de cada boda que organizo. Si no llego a Saint Barth a tiempo y Audrey hace un trabajo remotamente pasable en la boda de improvisto, le darán mi puesto y yo no solo perderé el trabajo de mis sueños, sino que Tiago, Rafaela y yo nos quedaremos sin casa.
Mi tía suelta un suspiro resignado. Odia no saber cómo ayudarme. Rafaela es la única familiar que me queda, pero con ella me basta y me sobra. ¿Cuántas tías aceptan mudarse contigo a una remota isla caribeña para cuidar a tu hijo en lo que tú cumples tus metas laborales? Solo Rafaela Olveira.
—¿Ya vamosh a paque, mamá?
La vocecita de Tiago me estruja el corazón. Le prometí una semana en Disney World y no le pude dar ni tres días completos.
—No, Tiago, mamá tiene que trabajar —digo con lo que pretendo sea un gesto medianamente optimista.
Tiago frunce los labios en el puchero más adorable que jamás nadie ha hecho. Sus cejas cafés se juntan hasta hacerse una sola, un gesto idéntico al que hacía… No, Daria, ni se te ocurra pensar en ese canalla. Ni ahora, ni nunca.