El espía que me rompió el corazón

Capítulo 2

Después de meter a Rafaela y a Tiago en un taxi de vuelta a nuestro hotel (y llenar las mejillas regordetas de mi hijo de besos), camino con mi maleta por la terminal hacia el área de vuelos privados.

Antes de llegar, paso a los sanitarios para cambiar mis jeans y mi camiseta con el estampado del castillo de la Bella Durmiente, por una blusa blanca y una falda plisada. No es precisamente el atuendo que elegiría para conocer a una de mis clientas, pero es el conjunto más decente que traigo en mi equipaje.

Me aplico un poco de rubor y rímel para completar el look antes de dirigirme a la elegante sala de espera.

Mis dos años y medio en Le Château me han ayudado a dejar de sentirme intimidada por las muestras de opulencia. Ahora estoy habituada a tratar con clientes cuyos brazaletes y relojes cuestan más de lo que yo ganaré en los siguientes 10 años de trabajo. He aprendido a manejarme con naturalidad y a esconder cuando me siento apantallada. No obstante, normalmente yo trato con mis clientes dentro del resort, en un ambiente que me resulta familiar y seguro. Esta vez, me encuentro algo ansiosa, no sé qué esperar de la situación, estoy fuera de mi elemento.

La sala de espera está vacía excepto por un par de figuras al fondo que miran por el enorme ventanal con vista a la pista de aterrizaje. Los novios.

Me acerco a la pareja. Él es de hombros anchos, cabeza rapada y va vestido de traje; ella es muy alta, aún más delgada y tan rubia que su cabello es casi del color de una Barbie, lo lleva corto al estilo Bob. Va vestida de blanco de pies a cabeza con una falda de tubo y un saco a juego.

La pareja se gira al escuchar mis pasos. El hombre me mira con expresión vacía. Por su parte, ella me dedica una media sonrisa con sus labios pintados de rojo intenso.

—¿Eres la wedding planner? —pregunta con un marcado acento alemán.

—Sí, mucho gusto, Daria Olveira —me presento ofreciéndole mi mano para estrecharla.

La mujer la toma.

—Heidi Lindemann —dice ella dándome un firme apretón.

—Muchas gracias por acceder a llevarme con ustedes —digo girándome para estrechar la mano del hombre, pero él no la toma, ni siquiera se digna a mirarme. Se queda con los ojos sobre mi cabeza, fijos en el horizonte. Qué hombre tan grosero.

—Este es Kenny, mi jefe de seguridad —explica Heidi con expresión ofendida—. ¿Pensaste que era mi prometido? ¡Qué disparate!

La indignación en su voz me deja claro que esta no será una de esas confusiones de las que uno se ríe más tarde. Heidi se siente genuinamente agraviada por mi error.

Mi estómago cae a mis pies, tengo menos de cinco minutos de conocer a la clienta y ya me las arreglé para ofenderla.

—Discúlpeme, me confundí.

—¿Tengo cara de que me lío con el guardaespaldas? —inquiere Heidi poniendo los brazos en jarras.

—No, señorita Lindemann. Yo venía con prisa y no me di cuenta de lo que decía. Por favor, perdóneme.

—¿Serás tan distraída para organizar mi boda? Necesito a alguien competente. El señor Miller habló maravillas de ti, temo que haya exagerado —dice ella con gesto sombrío.

Oh, no, ¿y si pide que le asignen a otra wedding planner? Esa será Audrey y si eso sucede, lo perderé todo, no solo este evento.

—Le aseguro que no tendrá motivos de queja, señorita —digo tensa como una cuerda.

Heidi me mira de arriba abajo con una ceja enarcada, como revaluándome.

—Eso espero, no soy tolerante a la incompetencia —me advierte—. Lo dejaré pasar esta vez porque entiendo que estás interrumpiendo tus vacaciones para organizar mi boda… supongo que debo agradecértelo —dice ella un poco más relajada… solo un poco.

Le muestro mi gratitud con una respetuosa inclinación de cabeza.

Fue bueno de Gordon mencionarle lo de las vacaciones interrumpidas, espero que eso me gane algunos puntos con Heidi porque, si mi radar de wedding planner no me engaña, esta va a ser una novia difícil.

Una mujer con uniforme de tripulación llega para informarnos que ya podemos abordar. Sigo a Heidi y a Kenny hasta uno de los jets que se encuentran en la pista. Subo las escaleras sintiéndome una rock star que está por comenzar su gira mundial.

En cuanto entro, una de las azafatas toma mi maleta para llevarla al compartimento de equipajes. Le agradezco torpemente en tanto que miro a uno y otro lado del avión sin saber dónde colocarme. Kenny se va a la parte posterior del avión, en tanto que Heidi toma uno de los primeros asientos. ¿Debo irme atrás a la zona de empleados o me quedo cerca de la novia por si quiere adelantar cuestiones de la boda en el trayecto? No quiero parecer presuntuosa sentándome cerca de Heidi, tal vez quiera dormir durante el vuelo…

Tres chasquidos de unos dedos con una manicura perfecta.

—Un jugo de tomate. Ahora —ordena Heidi volviendo a chasquear los dedos una cuarta vez, su rostro anguloso dirigido hacia la sobrecargo que va volviendo de guardar mi maleta.

—Se lo traigo de inmediato, señorita Lindemann —responde ella en voz apresurada—. ¿Gusta algo de beber? —pregunta cuando tiene que pasarme por el angosto pasillo.




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