Me levanto más temprano de lo habitual para preparar una carpeta con sugerencias de temáticas, centros de mesa y menús para presentarle a Heidi. Me baso en lo poco que pude conocerla ayer, puesto que anoche, al intentar recabar información sobre ella y su prometido, no encontré absolutamente nada.
Ni Heidi ni el señor Thornhill tienen presencia en línea. Busqué su anuncio de compromiso en páginas de sociedades londinenses, pero no hallé ni pío de ellos. Lo único que encontré fue una escueta mención de Heidi Lindemann como la directora de una galería de arte en Chelsea, pero no había fotos de ella y mucho menos de su prometido, el misterioso corredor de bolsa Jasper Thornhill.
Es inusual no hallar información de mis clientes en línea, siempre encuentro al menos un artículo acerca de sus logros o actos de beneficencia en revistas de sociedad. Es extraño que esta joven y poderosa pareja se mantenga en el completo anonimato. La última vez que me topé con alguien con tan poca presencia en línea fue… bueno, no tiene caso volver a pensar en el canalla aquel.
Me visto con una falda rosa palo y una blusa de aspecto profesional, pero que es lo suficientemente ligera para no resultar agobiante en el calor caribeño.
Salgo de mi cabaña y me dirijo al edificio principal de Le Château.
Gordon me intercepta tan pronto cruzo las anchas puertas de entrada.
—¿Estás lista para el día de hoy? ¿Crees poder sacar el evento en tan poco tiempo? —pregunta con nerviosismo.
—Voy a intentarlo —digo poniendo los brazos en jarras. No sólo es que haya accedido a celebrar un casamiento con una semana de anticipación, sino que haya interrumpido mis vacaciones con mi hijo.
—Si alguien puede lograrlo, eres tú, querida Daria.
—Ni creas que con halagos te salvarás de esto, espero un bono que refleje el sacrificio que hice para estar aquí —le advierto con una ceja enarcada.
—Considéralo un hecho, bastante nos está pagando Heidi. Sólo asegúrate de que la boda quede perfecta.
—Sabes que lo haré —digo relajando mi pose. Al menos seré remunerada justamente—. Por cierto, anoche pasé horas en línea tratando de conocerla a ella y a su prometido, pero no hallé nada.
—Lo sé, son un completo misterio. Lo único que puedo asegurarte es que están forrados —cuchichea Gordon, tomándome del brazo como si fuéramos dos viejas chismosas—. Heidi ofreció pagar el doble de nuestro anticipo estándar con tal de asegurar la fecha. Hizo la transferencia al momento y dio un sustancioso extra para garantizar que vaciáramos el lugar para su evento.
—¿Qué?
—¿No te has dado cuenta? Le Château está vacío.
Miro hacia uno y otro lado percatándome por primera vez del inusitado silencio por la falta de huéspedes. ¿Qué clase de persona vacía un resort?
—¿Y no te pareció extraño? —lo cuestiono.
—Por supuesto que me pareció extraño, pero estamos hablando de cantidades exorbitantes de dinero, no podía rehusarme solo porque es una petición inusual. Mi trabajo es ver por este negocio, no interrogar a los clientes.
—Un resort vacío, una boda express… Algo huele mal —digo torciendo la boca con gesto intranquilo.
—No dejes volar tu imaginación. Puede que solo sean personas muy privadas y, sobre el tiempo, tal vez van contra reloj —sugiere Gordon haciendo un gesto de vientre de embarazo con una mano—. Yo sólo sé que no están escatimando en gastos y que anoche su equipo de seguridad atosigó a nuestros pobres vigilantes durante horas.
—Otra cosa extraña, ¿no te parece? ¿Por qué tanto interés en la seguridad?
—No me desgastaré tratando de entender los comportamientos de la gente rica y tú tampoco deberías hacerlo. Lo único que importa es que queden satisfechos y que paguen sus cuentas —dice entre broma y en serio.
—Bien, se hará lo que tú digas. Yo me encargaré de que Heidi quede contenta, pero tú debes contener a Audrey. Lo que hizo ayer cruzó una línea. Nadie se mete con Tiago y vive para contarlo.
—Lo sé, querida Daria. Anoche hablé con ella, le dije que fue muy poco profesional hablar de tu vida privada frente a la clienta. Ella se comprometió a no hacerlo más.
La experiencia me dice que no debo fiarme de la palabra de Gordon, al menos no en lo que concierne a Audrey, pero, por ahora, no queda mucho que hacer. Me despido de él y voy a buscar a Heidi, quien está en la terraza del restaurante principal tomando el desayuno.
Zigzagueo entre las mesas vacías, Heidi se encuentra al fondo en la mejor mesa, una con una vista en inigualable de la playa.
Kenny y otro de sus hombres están de pie a unos metros de la mesa, vigilando el perímetro, pero ellos no son la única compañía de Heidi. Audrey está sentada a la mesa, mostrándole de nuevo su odiosa carpeta.
—Buenos días — digo una vez que estoy cerca de ellas.
Heidi se gira al escuchar mi voz. Sus ojos están cubiertos por unos enormes lentes oscuros. Sus labios pintados de rojo dibujan una sonrisa apagada al verme. Puede que no sea mucho, pero es bastante más de lo que le ha procurado a Audrey desde que las estoy viendo. Al menos conmigo hace la finta de sonreír.