El punzante olor de alcohol contra mi nariz me trae de vuelta. Despierto dando un grito ahogado.
Trato de incorporarme de golpe, pero alguien me toma por los hombros para mantenerme recostada.
—Alto, querida Daria. Vas a hacerte daño —dice Gordon en voz preocupada.
Me toma un par de segundos ubicar que estoy en la enfermería del resort. Detrás de Gordon está Audrey y, a su lado, se encuentra la enfermera Elizabeth, la encargada de la salud de los huéspedes y del personal en Le Château; lo que usualmente consiste en atender raspones de rodillas y quemaduras de piel por pasar demasiado tiempo en la playa o, como ahora, colapsos inexplicables.
—¿Qué sucedió? —pregunto, sintiendo que la angosta enfermería da vueltas.
—Pasó que dejaste a Le Château en ridículo enfrente de los novios —me recrimina Audrey con los brazos cruzados frente al pecho.
—Silencio —la reprende Gordon y luego se gira hacia mí—. Te desmayaste mientras estabas con la señorita Lindemann y el señor Thornhill, ¿no lo recuerdas? Probablemente se te bajó la presión. Vamos a comprobarlo —añade haciéndole una seña a la enfermera para que se acerque, tensiómetro en mano.
El corazón me sube a la garganta. Los recuerdos me llegan como en maremoto. Qué señor Thornhill ni qué nada, ¡ese era Ryan!
Dudo que la presión se me haya bajado, porque solo de pensar que Ryan está de vuelta en mi vida siento que mi pulso se dispara a las nubes. No necesito un tensiómetro para saber que me va a explotar el corazón y de ningún modo en un buen sentido.
—Acabaste embarrada en las tartas —señala Audrey, en tanto que la enfermera trata de ponerme el aparato alrededor de la muñeca.
Bajo la mirada hacia mi ropa. Efectivamente, soy un batidero de merengue y chocolate.
Poco a poco, la vergonzosa escena va tomando forma en mi mente. Ryan tendiéndome la mano, yo actuando como una lunática y llevándome el carrito de tartas al suelo.
—Alto, por favor —digo retirando el brazo—. Estoy bien, solo necesito un minuto para recomponerme.
La enfermera pone los ojos en blanco. No es el elemento más amigable con el que contamos en el resort.
—¿Comiste bien ayer? ¿Desayunaste esta mañana? Me siento culpable. Yo fui quien te obligó a volver al trabajo e hice que te pusieras en acción de inmediato al llegar. Seguro no tuviste tiempo de descansar —dice Gordon, ignorando los murmullos malhumorados de la enfermera.
La imagen de Ryan me quema el cerebro. Siento el cuerpo afiebrado de consternación. Creí que jamás volvería a verlo; en especial, no en el trabajo y menos como el novio en una de mis bodas.
Me incorporo para quedar sentada sobre la camilla de enfermería. Esta vez, Gordon me lo permite.
—Mi presión arterial está bien —miento, porque, a como siento el pulso, la he de traer en 180/120—. Ustedes no entienden, ese de allá afuera, el que dice ser el señor Thornhill, es…
Me detengo justo a tiempo, cayendo en cuenta de lo que estoy apunto de decir. El señor Thornhill es, ¿quién? ¿Cómo planeo acabar esa frase? ¿El señor Thornhill es mi donador de esperma?
Nadie conoce la identidad del papá de Tiago. Yo me encargué de ello. Si acuso al señor Thornhill de ser el padre de mi hijo, no sólo voy a perder el trabajo, sino que me encerrarán en un manicomio.
No puedo hacer una declaración de esas. En especial porque Ryan se está haciendo pasar por otro hombre. No rompió el acto ni porque me vio; o… ¿será que lo aluciné? ¿Qué posibilidades hay de qué mi ex sea el prometido millonario de Heidi? Y no sólo eso, sino que se haya presentado con otro nombre y un acento completamente distinto.
Ryan no era corredor de bolsa, ni millonario, ni inglés…
Pensándolo con más calma, probablemente me confundí. Tal vez el señor Thornhill se da un aire con Ryan y mi cerebro hizo el resto.
Tuve un ataque de ansiedad suscitado por mi activa imaginación e hice el ridículo delante de unos clientes sin motivo alguno.
Sí, es lo que sucedió.
—El señor Thornhill es, ¿qué? —pregunta Audrey con impaciencia.
—Un corredor de bolsa en Londres. Creí que ya lo sabías. Es importante conocer a las parejas con las que trabajamos —contesto con expresión digna; al menos tan digna como puede alguien cubierto en merengue—. Lo siento, Gordon. Tienes razón, me descompensé por no comer bien, pero ya estoy mejor y lista para continuar mi trabajo.
—¿Estás segura, Daria? Tu salud es muy importante —dice él con duda en la voz.
—Yo puedo encargarme de los novios. Es mejor que Daria descanse, no vaya a ser que vuelva a dar otro espectáculo delante de la feliz pareja —sugiere Audrey.
Una mirada implorante a Gordon, no necesito palabras, él sabe exactamente lo que quiero decirle: No me mandes a descansar, no le des mi trabajo a Audrey.
—Seguro que Daria puede manejarlo —concluye él guiñándome un ojo de forma discreta—. Pero solo para asegurarnos, quiero que el doctor Carter dé su visto bueno primero. Me quedaré más tranquilo si él piensa que puedes volver al trabajo.
Mis dedos presionan mis rodillas hasta que la piel alrededor se vuelve blanca.