El espía que me rompió el corazón

Capítulo 7

—Síganme, por favor —le pido a la pareja para que nos adentremos en el jardín de banquetes—. Como pueden ver, el lugar es amplio. Nosotros manejamos tres disposiciones distintas de mesas, dependiendo del número de invitados. Por cierto, ¿ya tienen la cifra final? —pregunto mirándolos sobre mi hombro.

Heidi se gira hacia Ryan o, más bien, Jasper, como ella lo conoce… El Embustero para términos prácticos.

—¿Ya decidiste si vas a invitar a tus primos, Schatzi, o solo a tu tía Donatella?

Por el cuello del Embustero sube un rubor que me revela que la tía Donatella es otra más de sus mentiras. Una que probablemente se le ocurrió basándose en mí.

El Embustero es huérfano, lo abandonaron delante de las puertas de un hospital a los pocos días de nacido. Al menos eso fue lo que me contó. Claro que, bien pudo tratarse de una mentira, como su lugar de trabajo y, al parecer, su nombre y su nacionalidad.

Evidentemente, no conozco a este hombre, pero sospecho que Heidi tampoco.

Ignoro cuál sea la verdadera historia del Embustero, lo que sí sé, es que lo de la tía Donatella son puras patrañas.

—Invitaré a mi tía y a cuatro primos que viven en Birmingham —dice él, evitando mirarme a toda costa.

—Seguro que su tía Donatella amará el resort, ¿ya ha estado antes en el Caribe?

Los párpados del Embustero se contraen ligeramente. Sus ojos se posan en mi rostro por primera vez.

—Vacacionó en Cancún cuándo era joven, ¿no es así, Schatzi? Según Jasper me contó, su tía ganaba todas las líneas de conga —comparte Heidi dedicándole una sonrisilla cariñosa.

—Sí, es verdad —contesta él con la mandíbula tensa.

Es un descarado. Literalmente se robó lo que le conté sobre Rafaela para engañar a su novia, hacerle creer que tiene una historia familiar.

—Y seguro que, desde entonces, no tolera el tequila, no es capaz de ni olerlo —concluyo con una sonrisa desafiante.

Los labios del Embustero se encrespan al escucharme.

—No entiendo, ¿por qué piensas eso? —me cuestiona Heidi arrugando la frente.

Las entrañas se me retuercen. No puedo dejar que mi enojo contra el Embustero me haga olvidar que necesito ganarme de nuevo a Heidi para que no soliciten el cambio de wedding planner.

—Tengo entendido que el tequila deja una impresión larga en los vacacionistas… —comienzo a justificarme.

La tonada circense del celular de Heidi nos sobresalta a las tres. Si su tono de llamada se me hizo horrible en el avión, ahora, en un escenario tan bonito, resulta aún más chirriante.

Ella mira la pantalla. Su rostro se anima al ver quien la llama.

—Un momento, por favor —dice alejándose a presurosas zancadas para contestar en privado.

La sigo con la mirada hacia los rosales. Por su lenguaje corporal, una imaginaría que la llamada concierne secretos de Estado.

—Daria —el Embustero dice mi nombre como una pregunta, no, más bien, como una súplica.

Es estremecedor y a la vez desquiciante. Mi nombre saliendo de sus labios solía ser mi sonido favorito en el mundo, ahora hace que se me crispe la piel.

—Dime, Jasper —contesto con veneno en la voz, sin quitar la mirada de Heidi a varios metros de nosotros.

—Necesitamos hablar. —Él estira su brazo hacia mí como si pretendiera tomar mi mano.

—Detén esa mano o arriésgate a perderla.

—Daria, por favor.

Me giro sobre mis talones para encararlo.

—¿Por favor qué? Eres un descarado, Ryan o Jasper, o como sea que te llames en realidad.

—Necesitamos hablar, te debo una explicación —el Embustero echa un vistazo hacia donde está Heidi como para cerciorarse de que sigue lejos antes de volver a mirarme a mí—. Quisiera verte… a solas.

—Apuesto a que sí —digo con los brazos al frente y una furia que podría fundir el metal.

—Debes estar llena de preguntas y quiero contestarlas. Es lo menos que puedo hacer por ti.

—Cuatro años muy tarde, ¿no te parece?

—Vamos, Daria —dice en voz de urgencia. Su acento inglés falsea.

El dolor de cuatro años hurga en mi corazón. Quiero decirle que se vaya por donde llegó y que olvide mi nombre. No obstante, han sido demasiadas lágrimas derramadas por su causa… es verdad que lo menos que puede hacer por mí es contestar mis preguntas.

La llamada de Heidi concluye. Por el rabillo del ojo la veo regresar.

—Esta tarde, afuera de la piscina techada —siseo supurando enojo en cada sílaba.

Él da el asentimiento más imperceptible.

—Lamento eso, tenía que tomar la llamada —se excusa Heidi. Su buen ánimo contrasta con la tensión que emana de su prometido y de mí—. ¿Sucede algo malo?

Me toma todo lo que tengo suprimir de mi rostro el huracán emocional que estoy atravesando. Aun así, soy incapaz de pronunciar palabra.




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