Una mentira no necesita inventarlo todo. A veces le basta con colocar una verdad en el sitio correcto y apartar las demás de la vista. He pensado mucho en eso mientras intentaba decidir dónde comienza esta historia, porque podría empezar por mi condena, por la sangre, por las alas que perdí o por el nombre que los mortales terminaron convirtiendo en una maldición. Todo ocurrió. Precisamente por eso sería tan fácil volver a contarlo mal.
No sé cuál fue la primera versión que escuchasteis sobre mí. Conozco algunas: en unas fui el orgulloso que quiso ocupar el lugar de su creador; en otras, la serpiente que enseñó a los mortales a desobedecer; en casi todas, alguien tuvo la cortesía de decidir mis motivos antes de preguntarse si alguna vez los tuve. No pienso discutir cada historia. Sería una forma bastante tediosa de comenzar un evangelio.
A estas alturas, tampoco espero que me creáis porque yo diga que estuve allí. La memoria no concede inocencia, y haber sobrevivido a una historia no convierte a nadie en su mejor testigo. Recuerdo cosas que preferiría haber olvidado y he olvidado detalles por los que daría demasiado con tal de recuperarlos. Hay días en que puedo reconstruir una batalla entera y, sin embargo, no consigo recordar el sonido exacto de una risa.
Volví muchas veces a los mismos momentos buscando el punto en que todo se había torcido. Durante años imaginé que encontraría una decisión evidente, una puerta que nunca debí cruzar, una palabra que habría podido guardar para mí. Siempre resulta tranquilizador creer que una vida puede explicarse así: una causa, un error, una consecuencia. El universo rara vez tiene semejante consideración.
El problema no estaba únicamente en lo que recordaba, sino en el orden en que lo hacía. Algunas escenas habían quedado tan unidas dentro de mí que tardé siglos —los humanos llamarían siglos a aquel tiempo— en comprender que jamás habían ocurrido una junto a la otra. El dolor tiene esa mala costumbre: elimina las distancias.
Recordar aquella primera noche sigue siendo distinto. No porque sea el recuerdo más antiguo que poseo, sino porque durante mucho tiempo estuve convencido de que no era un recuerdo. Cuando sucedió, yo era demasiado joven para pensar en el futuro como algo capaz de mirar hacia atrás. El mañana era simplemente el lugar al que llegaríamos después de dormir.
De mi infancia podría contar cosas más amables. Podría empezar con Jezhael y conmigo compitiendo por cualquier absurdo que permitiera declarar un vencedor, con Aurelia riéndose de ambos desde algún lugar demasiado alto, o con los jardines de El Origen cuando todavía me parecían tan extensos que estaba seguro de que ni siquiera nuestros padres conocían todos sus rincones. Quizá habría sido un comienzo más justo. No fue el que recibí.
Aquella noche me acosté creyendo que al despertar todo seguiría en su lugar. Jezhael dormía en la cama contigua, aunque había jurado que no tenía sueño; nuestras túnicas estaban abandonadas sobre una silla donde no debían estar, y una franja de luz estelar atravesaba la ventana hasta tocar el suelo. No había presagios. Si los hubo, tuvieron la decencia de no presentarse como tales.
Dormí sin saber que algo imposible había encontrado el modo de alcanzarme. Ni siquiera ahora sé explicar cómo ocurrió sin darle al fenómeno una intención que quizá nunca tuvo. No escuché una llamada antes de cerrar los ojos ni sentí que alguien entrara en mi mente. Simplemente dejé de estar en mi habitación.
Por un instante creí que seguía soñando, porque reconocí el Palacio de Plata y al mismo tiempo supe que aquel lugar no podía ser el palacio que conocía. La gran sala se extendía delante de mí bajo una cúpula abierta por una grieta inmensa, y más allá de ella no brillaba una sola estrella. Nunca había visto un cielo completamente vacío. Todavía recuerdo que eso me asustó antes que cualquier otra cosa.
Un polvo pálido cubría el suelo y los restos de las columnas. Algunas lámparas seguían encendidas pese a que nadie parecía haber quedado para mantenerlas, y su luz hacía que las sombras se movieran cuando yo respiraba. Intenté llamar a mi hermano, pero otra voz pronunció mi nombre antes de que pudiera hacerlo.
Era la de mi padre. Llegó desde el trono, desde las paredes y quizá desde mi propia memoria. «Samael, Estrella de la Mañana». El título me produjo una sensación extraña, como una prenda que todavía me pertenecía pero que alguien estuviera a punto de quitarme. Busqué a mi padre entre las ruinas. El trono estaba vacío.
Debí de moverme entonces, aunque no recuerdo haber dado un solo paso. De pronto me encontraba más cerca del centro del salón y había algo caliente entre mis dedos. Bajé la mirada. Tenía las manos cubiertas de sangre.
El primer impulso fue buscar la herida. Revisé mis brazos, mi pecho, el costado que alcanzaba a ver bajo la túnica, y después repetí el gesto porque la ausencia de dolor no conseguía tranquilizarme. No encontré ningún corte. La sangre seguía allí.
Más allá de una columna caída estaba Aurelia. Había polvo en su cabello y una pequeña herida en la frente, pero permanecía de pie. Sentí tal alivio al verla que durante un segundo olvidé mis manos. Entonces advertí que ella no me miraba como solía hacerlo.
Estaba observando mi rostro. Sus ojos se detuvieron sobre el lado izquierdo y allí permanecieron, inmóviles, hasta que llevé una mano hacia el ojo por puro reflejo. Una punzada respondió bajo mis dedos. Aurelia dio un paso atrás.