El excéntrico Esteban

1. Evelyn

¡Realmente empiezo a odiar este día! Y eso que apenas está iniciando.

—¡Cariño —oigo, por enésima vez, la voz de mi madre—, levántate porque se te va a hacer tarde! El chofer tendrá que llevar a tu hermana y tú te vas a ir caminando, ¿me oíste? —Me amenaza—. Además no creo que quieras llegar tarde a tu primer día de clases en tu nueva escuela, ¿qué impresión darás, bebita?

—No sé y no me importa —me quejo y gruño por lo bajo, odio que me llame bebita.

—¿Cómo que no sabes y no te importa? —Me reclama—. ¡Levántate! —Exclama en el momento en que jala con fuerza mi cobija.

Refunfuño, me levanto como puedo, y me dirijo a mi baño personal para ducharme. De pronto, comienzo a pensar en los últimos momentos que he vivido. Esto es lo que ha pasado: mi padre es un político rico y, antes de salir de vacaciones de verano, le surgió un puesto de trabajo en una nueva ciudad; muy a mi pesar, nos mudamos a esta nueva mansión que él compró con anterioridad. Se encargó de llevar a todo nuestro personal de servicio e incluso llegó a contratar más personas, ya que esta casa es mucho más grande que la anterior donde vivíamos.

Yo nunca quise mudarme, no quería dejar mi escuela, mis amigos, ni mi anterior hogar, me gustaban, pero tuve que adaptarme a esta nueva vida para no molestar a mi padre. Nos inscribió a mi hermana y a mí en una de las mejores preparatorias del lugar, a la cual tendremos que asistir en unos momentos y, para que no estuviéramos tristes, nos contrató a ambas una sirvienta personal. Muy a mi pesar, esa tipeja el fin de semana pasado me robó un carísimo collar de perlas que me regaló mi abuelita en mi cumpleaños y la muy… desgraciada tuvo el cinismo de desaparecerse… ¡Cómo la odio! Ahora no tengo sirvienta personal, ni mi preciado collar de perlas. No quiero parecer creída diciendo que tengo —o tenía— una empleada doméstica personal, solo digo lo que ocurrió.

Al terminar de ducharme, me cambio rápido y me dirijo a la enorme cocina. Una cocinera me sirve jugo de naranja, pan tostado untado con mantequilla, huevos revueltos con chorizo y chocolate caliente, pero no pruebo ni un poco de la comida, no me siento con apetito, lo cual es extraño, ya que siempre tengo hambre.

—¿Qué tienes, Evelyn? —Pregunta mi hermana menor, Vanesa.

—Nada —respondo sin ánimos.

—Oh, yo sé que estás nerviosa por el primer día de clases, pero todo saldrá bien —sonríe, enseñando sus perfectos dientes blancos en el acto.

—Lo que digas.

Suspiro y la miro. Mi hermanita es perfecta: alta, delgada pero con unos buenos atributos delanteros y traseros, con una perfecta piel color canela, un cabello súper sedoso, suave, largo, liso y de color negro, con unos enormes ojos azules… A veces la envidio; yo soy todo lo contrario: chaparra, si no estoy más gordita es de pura suerte, mi complexión es gruesa, ¡y vaya que duele admitirlo! Mi cabello ondulado me llega a los hombros y es de color castaño claro con mechas rosadas, mis ojos son marrones, y mi piel es blanca con imperfecciones, que cubro día a día con un poco de maquillaje. La respuesta a nuestras diferencias es que yo me parezco más a papá y ella se parece a mamá.

Además del físico, tenemos personalidades completamente diferentes: ella es popular, tiene facilidad para hacer nuevos amigos, es amable, responsable, siempre saca las mejores notas, y yo… Bueno, yo soy un caso perdido, a veces suelo tener muy mala actitud, soy una irresponsable de primera y con un seis de calificación soy muy feliz, ¡ese seis que me ayudó a no reprobar el semestre pasado me supo a diez!

Cuando acabamos de desayunar —según, porque yo no comí nada—, nos acercamos con nuestro chofer, Marcos, para que nos lleve a nuestra nueva escuela. ¡El muy tonto quiere llevarnos en la limosina! Me niego y le digo que no me voy a subir en eso, pero insiste en que tiene órdenes de mi madre.

—Agh, está bien, pero vamos rápido, nos dejas y te vas en seguida. Como es temprano no creo que nos vean muchos compañeros. —Termino aceptando—. Y de regreso vas por nosotras en auto normal —ordeno.

—Sí, señorita.

Voy entretenida con mi celular, cuando la voz de mi hermana me saca de mi grandiosa actividad.

—Mira, Eve, llegamos —dice emocionada.

Al bajar del vehículo, observo, con cierta irritación, que esa escuela está llena de puros niños de papi y mami, riquillos y creídos. Lo admito, a veces suelo ser así, pero no siempre, y jamás me burlé de alguien que no tuviera dinero, ya que de pequeña mi padre siempre nos decía que eso estaba muy mal, pero la gente que veo en este lugar luce aborrecible; Vanesa dice que nunca debo juzgar a una persona sin conocerla, pero la mayoría de las veces mis prejuicios suelen ser ciertos. La que nunca presume ni es quisquillosa o exigente es mi hermanita, pero ella es harina de otro costal, así que mejor no la meto en esto.

Observo mi horario, que me entregaron en el momento en que me fui a inscribir, y me dirijo al salón correspondiente.

—Espero no encontrarme con mucha bazofia —mascullo.

Entro al salón, me dirijo hacia una banca de hasta atrás y me siento, esperando que a nadie se le ocurra voltear a verme, ya que otra vez mi malhumor ha regresado, y yo no soy de las que dudan en golpear a alguien cuando me hastío.

Para mi buena suerte, ninguno de los inútiles tuvo la decencia de hablarme, así que espero a que llegue el profesor de la primera clase. Tan irrelevante fue, que lo único que oigo es cuando el profesor pide que me presente ya que, para mi desgracia, soy la única alumna nueva en ese salón… A veces deseo que mi hermana tenga mi edad y que no fuera un año más chica, para así tener su compañía.



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En el texto hay: amigos, romance adolescente, amistad amor

Editado: 22.07.2026

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