Es un verdadero fastidio ir a la nueva escuela. Cuando despierto, me alisto con rapidez y doy de comer a mi adorado Rey, mi hermoso perrito chihuahua. Después me dirijo a la cocina, mi hermano Antonio ya está desayunando.
—¿Te caíste de la cama? —Le pregunto de forma sarcástica.
—No dormí en toda la noche, no tenía caso seguir acostado, así que me puse a leer —dice al terminar de pasarse un bocado—, ¿perdiste el tiempo durmiendo? Por favor —se burla.
Me siento en la mesa, ignorándolo, y Juanita, una de nuestras criadas, me pone el desayuno en la mesa, que son huevos fritos con tocino y jugo de naranja.
—Gracias, ¿pero y la fruta? —le digo.
—Oh, lo siento —se disculpa—. Se me olvido, ya te la traigo.
—Por un día que no comas fruta no te vas a morir — dice mi hermano levantando sus platos para ponerlos en el fregadero—. Provecho —dice saliendo de la cocina.
—Qué bueno que ya se fue —le digo a Juanita. Ella se limita a servirme la fruta, la verdad es que no es muy amable conmigo. Ni las gracias le doy esta vez, al contrario, frunzo el entrecejo.
La realidad es que es pesado intentar ser cordial con alguien que no tiene el mínimo interés en ti. Hago un esfuerzo sobrehumano para ser cortés con ella, solo porque mis padres insisten en que seamos educados y amables con Juanita, «es muy buena persona» repiten constantemente, pero la verdad es que la anciana siempre anda amargada, y peor aún, si no le damos los buenos días tiene el cinismo de acusarnos con nuestros papás. Estoy segura de que va a ir a quejarse con ellos porque no la saludé al entrar a la cocina, le pedí la fruta y no le di las gracias.
Cuando termino de desayunar y lavarme los dientes, me dirijo a la salida; mi hermano ya está esperándome en su automóvil.
—Te tardaste —me reclama. No le digo nada, simplemente me subo. Él conduce en silencio todo el camino.
Al llegar a la escuela, Antonio y yo nos bajamos del auto con distinción. No quiero presumir, pero tenemos la elegancia propia de nuestra familia, los Villanueva. Mi padre es un empresario muy importante y mamá es ingeniera civil, trabaja con las constructoras más significativas de la ciudad.
Lamentablemente, Antonio es mi hermano gemelo, por eso estamos en el mismo salón. No solo lo tengo que soportar en mi casa, sino también en la escuela.
Antes de ingresar al instituto notamos una limosina estacionada cerca de ahí. «¿Qué clase de ridículo es el que se atreve a llegar en eso?» pienso. No nos retrasamos más en reparar en algo tan banal, así que nos dirigimos con paso veloz a la entrada.
Al llegar al salón correspondiente, todos nos voltean a ver cuando damos los buenos días. Suprimo una sonrisita al darme cuenta de que, a pesar de sentarnos en unas bancas de enfrente que no están ocupadas por nadie, no dejan de mirarnos. Antonio elige la que está en la esquina del lado izquierdo —si ves frente al pizarrón— y yo me siento a su derecha. Los dos tenemos buenos genes: cabello rizado y castaño, pómulos sobresalientes y ojos grandes y de color azul claro. Sin embargo, su encanto por nosotros no dura mucho, se desvanece en cuanto entra al salón una chica muy guapa de piel morena y ojos azul fuerte. Está sonriendo de forma y saluda con ánimo a todos. Como si fuera un imán, algunos chicos se acercan a ella y le empiezan a hacer plática, a lo que suelta una risita afectada. Ruedo los ojos con fastidio y volteo a ver a mi hermano, pero noto que él también la está mirando con atención.
—Agh. —No puedo evitar quejarme en voz alta. Antonio alza una ceja y enfoca su mirada en mí.
—¿Qué?
—Nada —digo a la defensiva.
—¿Molesta de que alguien te haya robado la atención de todos el primer día? —Se burla en un susurro—. Por favor, ni que estuviéramos en preescolar.
—¿Por qué no te callas? —Mascullo. Niega con la cabeza y comienza a revisar su celular para matar el tiempo. Tengo entendido que está prohibido usarlos en clase, pero entre clases sí se puede.
Faltan unos minutos pare que suene el timbre, así que la chica comienza a ojear a todo el salón para buscar un asiento disponible. No quedan muchos, así que ruego para que escoja uno muy alejado, por ejemplo el de la última fila, pero para mi mala suerte elige justo el que está al lado de mí.
—Hola, buenos días —dice con amabilidad. No pienso contestarle, pero me doy cuenta de que se dirigió específicamente a mí.
—Buenos días —respondo al mismo tiempo que mi hermano.
—Me llamo Vanesa, ¿y ustedes?
La volteo a ver con atención. Es el primer día de clases y ésta parece feliz, como si estuviera en una fiesta. El primero en responder es mi gemelo.
—Soy Antonio. —En seguida, ambos voltean a verme, como esperando a que hable, pero no tengo ánimos. Antonio me dirige una mirada de reproche y vuelve a hablar. —Ella es mi hermana Helena —me señala—; disculpa que no te responda, no se ha sentido muy bien estos últimos días —inventa, queriendo justificar mi actitud.
—¡Mucho gusto! Y no te preocupes, no quiero molestar —se dirige a mí. No me molestaría si se hubiera sentado en otro lado para no escuchar su fastidiosa voz. Me limito a encogerme de hombros.
—No te preocupes. —Esta vez tengo la decencia de responder. Vanesa me mira sonriente y asiente con la cabeza.