Han pasado tres semanas desde que entré a mi nueva escuela y que hice tres amigos —sí, Alicia, Ezequiel y Omar—. Al terminar las clases, me dirijo a la salida y me subo en el taxi que pedí hace diez minutos. Marcos ha estado un poco enfermo y Vanesa fue a casa de unos gemelos que son sus compañeros de clase para elaborar un trabajo, les encargan muchos y siempre se reúnen en casa de ellos para hacerlos… A mí también me dan mucha tarea pero me vale madres. Al bajar del taxi, veo a lo lejos a un chico que me mira con seriedad. Al principio lo ignoro, hago como que no lo veo y me dirijo al portón de mi casa, pero su voz me detiene.
—Evelyn. —Oigo que me llama.
Me doy la media vuelta con extrañeza y casi me caigo del susto al ver que se encuentra a unos cuantos pasos de mí.
—¿Quién eres? —Alcanzo a preguntar.
—¿No me recuerdas? —Me mira con atención y yo siento vergüenza porque no tengo idea de quién rayos es.
—Oh, sí, eres… Un amigo de la infancia —digo lo primero que se me ocurre y él empieza a reír.
—No.
—No tengo idea de quién eres. —Acepto.
—Soy el chico que ayudaste hace tres semanas —sonríe.
De pronto lo recuerdo, oh, sí, el extraño chico que estaba herido bajo el árbol. Parece mucho mejor.
—Oh, ya te recuerdo… —Hay un incómodo momento de silencio—. ¡Qué raro que te hayas acordado de mí!
—Yo siempre recuerdo a las personas que me ayudan… siempre —recalca esa palabra.
—Ah, okeeey —rio de forma nerviosa.
Lo veo con detenimiento. Si hay que describirlo físicamente, no puedo referirme a él como con los demás chicos, con los términos guapo o feo, sino él más bien luce… Extraño. ¿Es tan guapo que luce desagradable, o es tan feo que resulta atractivo? No estoy segura. Además se ve que en su forma de ser es aún más rara. Parece que es de esa gente con gustos excéntricos.
—¿Qué andabas haciendo ahí? —Le pregunto.
—Andaba metido en problemas menores, pero no te preocupes —me responde—. Ya todo está solucionado. Por cierto, ¿qué andabas haciendo tú ahí?
Creo que pongo cara de espanto porque empieza a reír mientras titubeo palabras tontas.
—Emm… es que… yo… solo iba pasando.
—Está bien, está bien —me dice—. Soy Esteban. — Me extiende la mano.
—Mucho gusto —le digo mientras correspondo su gesto—. Yo soy Evelyn.
—Ya sé… Me gusta tu nombre, es inusual y único.
—Gra… cias. —Me limito a responderle.
Nos ponemos a platicar de otras cosas y conforme pasa el tema de conversación me entero de que tiene mi edad, aunque parece que es un poco más grande —de hecho la mayoría de mis compañeros parece de más edad, pues gracias a mi estatura y que estoy poco desarrollada, me suelen confundir con una niña—, y que va a empezar a asistir a clases en el Instituto Águilas Doradas en el salón de cuarto semestre del grupo «B». Justo en el que estoy yo.
—Es genial —le digo—, yo voy a esa escuela y en ese mismo salón
—Genial —me responde—, sí que es genial, nos estaremos viendo en la escuela… ¿Esta es tu casa? —De repente me cambia el tema de conversación—. Yo vivo en la residencia de allá —dice mientras señala una enorme mansión, a la cual no había prestado mucha atención hasta ese momento… De veras que soy despistada—. Supongo que aquí vives tú.
—Sí —le contesto—, ¿quieres pasar? —Lo invito.
Entrando a casa, llamo a mamá. Esteban se presenta muy amable, al parecer a mi mamá también le cae bien porque le invita un vaso de limonada. Vamos a la cocina a servirnos la bebida y seguimos platicando cosas sin sentido mientras hago unos sándwiches, pues después de clases llego con mucha hambre. Hoy papá no llegará a comer por el trabajo, así que cenaremos más temprano de lo normal, por eso preparo esos aperitivos, para no quedarme con hambre en lo que llega la cena. No tengo idea si Esteban ya comió o no, pero acepta gustoso el bocadillo que le ofrezco.
Después de comer, volvemos a la sala de estar. No aguanto mi curiosidad, así que le vuelvo a preguntar.
—Por fin, ¿me vas a decir qué andabas haciendo ahí, todo golpeado y ensangrentado?
—Está bien, te diré la verdad —me dice. Yo sinceramente espero una respuesta más coherente de la que me da.
—Soy un vampiro que anda huyendo del clan de los «Vandijuelas», ellos me quieren asesinar, ya que poseo el diamante de ajo al que soy inmune por mi tipo de sangre, y creen que los quiero exterminar…
—Para… —Le digo bruscamente, recargando mi mano izquierda en mi barbilla mientras que con la derecha me hago el cabello hacia atrás. No puedo seguir oyendo tanta pendejada—. Seguramente estabas todo drogado porque tenías los ojos más rojos que mi cojín de corazón, sí, ese que ves ahí —señalo el almohadón que me dio mi hermana en mi cumpleaños número catorce; él voltea a verlo con curiosidad—, y saliste corriendo tan rápido porque todavía tenías droga en tu cuerpo y no querías que te llevara al hospital, pues tus padres se iban a dar cuenta de tu estado.
Él se queda serio y luego sonríe con lentitud… Hay un incómodo silencio que dura unos cinco segundos, hasta que se pone la mano en la nuca y exclama: