No puedo evitar burlarme en mi mente al notar que mi hermano es cada vez más obvio en demostrar su interés por Vanesa. De hecho, cada chico que conoce se fija en ella, pero a mi amiga no parece importarle eso, es una niña dedicada a sus estudios. Después de que se quedó a comer con nosotros la primera vez que fue a la casa, me he vuelto más cercana a ella, hasta puedo considerarla mi amiga.
En el receso, Antonio se encuentra charlando con ella y no quiero interrumpir, así que solo me limito a escucharlos. De repente, mi hermano se queda mudo, casi tira su almuerzo por la impresión reciente, y mira con fijeza hacia el otro extremo de la cafetería. Vanesa y yo lo vemos con curiosidad.
—¿Estás bien?
—Antonio, ¿qué pasa? —Pregunta Vanesa con su vocecita tierna de personaje de caricatura.
Él ve un punto en específico, pero antes de que dirija la mirada hacia ese lugar, sonríe de manera forzada y me toma del brazo.
—Vanesa, querida, ¿nos disculpas un momento?
—Por supuesto.
Sin decir más, me jala hasta el otro rincón de la cafetería.
—¡Ey, ¿qué pasa?!
—Shhh, calla… —Voltea de un lado a otro para asegurarse de que nadie más nos escuche—. Helena, ¿tú recuerdas a…? —Pausa, como si decir aquello fuera de mal agüero.
—¿A quién?
—Esteban Lortia.
Me quedo de piedra al oír ese nombre, pero en seguida me restablezco.
—¿Cómo olvidar a ese imbécil? —Ruedo los ojos—. ¿Qué tiene?, ¿por qué lo mencionas?
—No te espantes pero él se encuentra aquí mismo, en el otro lado de la cafetería.
No digo absolutamente nada hasta después de unos segundos.
—¿Estás de broma?
—No, es verdad…
—Este idiota, ¿me viene siguiendo o qué? Odio mi maldita suerte.
—Ya somos dos.
—¿Y ahora qué?
—¿Pues qué de qué? Hay que ignorarlo, como antes.
—Espero que esta vez no ande diciendo sus estupideces —murmuro.
—Es imposible que ese intento de ser humano no diga alguna estupidez.
—Tienes razón… Lo hace para molestar.
—Como sea, volvamos con Vanesa. Nos está esperando.
—Está bien. —Suspiro con pesadez.