Luego de la conversación que tengo con Esteban, no me dan ganas de ir hasta la cafetería, pues además de que me quita el apetito, sé que es el lugar donde él se va a dirigir. Camino hasta el patio y una vez allí, me siento en los escalones que dirigen a la cancha.
Suspiro con pesadez y pienso acerca de mi relación con Esteban. Todo es muy confuso. Lo conocí hace medio año, cuando entré a primer semestre de preparatoria. Desde el primer momento en que nuestros ojos se encontraron, hubo una especie de conexión entre ambos, sin embargo ninguno se atrevió a hablarle al otro hasta la fiesta de bienvenida, que se hacía en nuestra anterior escuela cada que iniciaba un nuevo semestre. Esa noche fui con Antonio, pero en el momento en que fue por unas bebidas para ambos, Esteban se aproximó a mí y comenzó a hacerme plática. Esa vez no dijo estupideces, o por lo menos aparentó ser normal, ya que nuestra conversación fue muy amena e interesante, llegando a ser divertida en algunos momentos. Antonio regresó con las bebidas pero al ver que estaba charlando con Esteban, no se acercó. Se lo agradecí en su momento, pues nunca ha sido un hermano celoso o metiche en mis relaciones.
Después de esa fiesta, comencé a hablar más con él y mi error fue no parar a tiempo los coqueteos sutiles que mostraba conmigo. Obviamente teníamos química, nos gustábamos mucho y nuestra mutua compañía era agradable para ambos. Cuando estaba con sus amigos a veces decía una que otra idiotez o algún chiste ridículo que en su momento me dio gracia, pero conmigo se comportaba como un chico común y corriente.
A pesar de que era muy popular, ya que llevaba años estudiando en Flaubert y todos lo conocían y tomaban en cuenta su opinión, nunca fue una persona pedante. Nuestra cercanía llevó a lo inevitable: me pidió que fuera su novia. Una parte de mí deseaba aceptar, pero la otra no, no estaba preparada en ese momento para una relación, así que le comenté, con un tono más frío del que quería usar, que estaba enfocada en mis estudios y que no necesitaba un novio.
Él se molestó por ello e hizo, con su grupo de amigos, un comentario que arruinó mi reputación. El muy ardido dijo que de seguro yo lo había rechazado porque tenía como diez novios, cuando nunca he tenido ni uno, y ellos se lo tomaron literal… Todavía no sé por qué lo tomaban en serio esos imbéciles, si Esteban no se caracteriza por hacer comentarios muy elocuentes con sus amigos.
Gracias a ese estúpido comentario que pasó de boca en boca, todos en la escuela me conocían como «la zorra», y aclaro que eso influyó en mi decisión de cambiarme de escuela; Antonio me apoyó en todo momento, a él también le cabreaba la idea de que me llamaran a mis espaldas con ese mote. ¡Me enojé muchísimo! Y hasta la fecha no se me ha quitado esa molestia.
Él trató de aclararlo con sus amigos, lo llegué a escuchar, sin que me notara, diciéndoles que no era cierto lo que dijo, pero el apodo ya se me había quedado. Incluso me pidió disculpas.
—Helena… —Se acercó a mí una mañana en que sacaba unos libros de mi casillero, con actitud cabizbaja y llena de vergüenza. Me enojó más ver que no iba solo, sino que su mejor amiga Celeste estaba junto a él.
—¡Lárgate! —Mascullé.
—Yo solo… —pausó—. Quiero pedirte disculpas, no fue mi intención que esto pasara, estaba molesto y se me salió decirlo, pero nunca usé la palabra zorra, ¿verdad, Celeste? —Él estúpido volteó hacia su amiga y le pidió ayuda.
—Cierto, él no usó la palabra zorra… —Se cruzó de brazos— eso quedó implícito. —Se atrevió a decir mientras se encogía de hombros.
Yo me indigné y Esteban se escandalizó, aunque no supe por qué, si ya sabe cómo es ella. Celeste tiene complexión gruesa, ojos castaños y el cabello siempre lo trae pintado de colores, a veces lo lleva rosa, unas veces morado, luego es rubia, la última vez que la vi lo llevaba azul, y además dice las cosas con una falta de tacto sorprendente. No he sabido nada de ella pero no me interesa, por mí mejor.
—¡Celeste! —Exclamó.
Yo solo los fulminé con la mirada, me di la media vuelta y me fui, justo como hice hoy.
***
Después del receso, camino hacia el salón de clases. Al entrar allí, noto que Antonio y Vanesa me ven con curiosidad y, para mi mala suerte, me interceptan.
—Helena, ¿por qué no fuiste a la cafetería? Te estuvimos esperando —dice Vanesa.
—Incluso fuimos a buscarte al pasillo y no te encontramos —agrega Antonio.
—Fui al patio. —Me limito a decir—. Necesitaba aire fresco.
—Está bien —comenta Vanesa sonriendo—. Todos necesitamos aire fresco de vez en cuando.
No obstante, Antonio me ve con duda. Lo bueno es que no pregunta nada, y agradezco por millonésima vez la suerte de no tener un hermano metiche.
A la hora de la salida, acompañamos a Vanesa hasta su limosina. Ella busca con la mirada a su hermana. La esperamos durante unos minutos, hasta que notamos que se acerca junto con Esteban; hago una mueca de disgusto involuntariamente y mi hermano frunce el ceño. Lo bueno es que él se queda unos metros atrás en lo que Evelyn se acerca.
—Buenas tardes —nos saluda; le respondemos con cordialidad. Luego se dirige a su hermana—. Vane, no podré irme contigo, me quedaré a un curso de matemáticas. —Al oírla decir eso, mi amiga pone una expresión de sorpresa, pues se nota que Evelyn no es aplicada en la escuela, ¡todo un desastre!, muy contraria a su hermana —. Ya sabes que me cuesta esa materia —agrega—, no quiero que me vaya mal, por eso me aplicaré.