Después de la pequeña conversación que tuve con Esteban, él no ha vuelto a buscarme. A veces cruzamos miradas en la cafetería, pero en seguida volteo hacia otro lado y no hace el intento de buscarme con la vista. Queda claro que entre nosotros no puede haber nada después de lo que sucedió en nuestra antigua escuela.
Para distraerme y pensar en otras cosas, además de concentrarme aún más en mis estudios y en consentir a mi preciado Rey, retomo las clases de danza contemporánea, pues no solo me relajan, sino que también me ayudan a hacer ejercicio y no pasar todo el tiempo sentada. Trato de convencer a Vanesa para que ingrese a las clases conmigo, pero ella se niega con cortesía, pues ya se ejercita mucho en el gimnasio de su madre durante las noches.
En las clases también pongo mi empeño para ser una de las mejores. Antonio, Vanesa y yo llevamos las mejores notas. Con mis demás compañeros llevo una relación cordial, pero hasta ahí. No he hecho ninguna amistad más que con Vanesa, y es obvio, después de mi enfrentamiento con Pamela, ella se ha encargado de decirles a nuestros compañeros que soy una mala persona, y como es amiga de todos por su personalidad despreocupada y «divertida», le creen. Gracias a eso Vanesa tampoco ha hecho mucho amigos, la admiran y son amables y aduladores con ella, pero no tiene una amistad real con ellos porque prefiere juntarse conmigo, así que le agradezco de corazón, pues nunca había tenido una amiga tan sincera como ella.
En cuanto a esto, a veces Antonio quiere acaparar toda la atención de Vanesa. Entiendo que le guste, pero es mi mejor amiga, aunque alega diciendo que también es la suya. Mi hermano y yo, a pesar de estar siempre juntos y compartir todo, no somos muy unidos, en los recesos estamos juntos solo porque Vanesa convive con ambos. Últimamente siento que somos dos desconocidos viviendo en la misma casa, sin embargo no me molesta. Él tampoco tiene muchos amigos, no obstante sí se lleva bien con algunos chicos del salón y charla con ellos.
En la clase de Educación Física que toca los jueves, antes del receso, la profesora nos pone a jugar volibol. Vamos a los vestidores para ponerlos el uniforme deportivo y posteriormente nos dirigimos a la cancha, donde nos indican la actividad que toca. Los deportes con balones no son mi fuerte pero tampoco soy tan mala como otros compañeros, lo malo es que en mi equipo tocan todos los que son pésimos en ese juego, y para rematar mi mala suerte, me toca contra el de Pamela. La he visto jugar, es muy buena, demasiado diría yo… Solo espero que no me dé un pelotazo.
La rubia me ve de mala manera mientras acomoda sus lentes y luego dirige la mirada al resto de mis compañeros; suspira e inicia el juego. Sabe que no somos buenos, así que ella y su equipo se controlan y no son bruscos a la hora de lanzar la pelota.
Unos minutos antes de que termine la clase, la profesora Marina me pide ayuda para guardar los balones en lo que ella revisa la lista. No son muchos y tampoco están tan pesados, así que no tengo ningún problema.
Una vez que dejo los balones en la bodega, cierro la puerta con seguro y me dirijo a la cancha, donde sigue Marina, para darle la llave. Mis compañeros ya no están ahí, de seguro se encuentran en los vestidores para después ir a la cafetería, pues muy pronto será la hora del receso. Me dirijo ahí con rapidez y me pongo nuevamente el uniforme normal. Odio el color, es negro con amarillo pollo, como las abejas, aunque agradezco que no sea café como las águilas. Por este simple hecho pensé que sería mejor entrar al Instituto Los Cuatro Diamantes, ya que el uniforme de ellos es blanco y azul, pero al final me decidí por las Águilas y Antonio apoyó mi decisión.
Como Vanesa terminó de cambiarse antes que yo, pienso que debe encontrarse en la cafetería junto con mi hermano. Camino hacia allá, pero antes de llegar, noto que Esteban se encuentra acomodando unas libretas en su casillero. Trago grueso y decido no voltear a verlo, pero antes de pasar junto a él, se me queda mirando con fijeza. Pienso que va a ignorarme justo como los días anteriores, pero desdichadamente habla y su voz detiene mis pasos.
—Hola —dice en voz baja. Aprieto los labios, pienso seguir mi camino pero antes de dar un paso, vuelve a hablar—. Lo siento.
Me detengo y veo su expresión detenidamente. Luce arrepentido, cansado y apagado. Va a decir algo más pero lo interrumpo.
—No vamos a hablar aquí —digo con tono sereno. El pasillo no está lleno, pero hay algunos compañeros rondando por ahí, si escuchan algo que no deben probablemente surgirán nuevos chismes, y lo que menos quiero es que haya habladurías de mí en esta escuela—. Después de clases.
—¿En dónde?
—En el salón de música —propongo. Los jueves nadie practica ahí, así que es perfecto para hablar sin que nadie nos oiga. Asiente con la cabeza y me alejo, no sin antes pensar que me he vuelto loca por aceptar charlar con él.
***
Me dirijo con rapidez a la cafetería, donde veo que Vanesa está hablando con mi hermano. Camino hacia ellos y me coloco enfrente, por lo que dejan de hablar y me ven con curiosidad.
—¿Estás usando a Vanesa? —Pregunto.
Antonio alza una ceja y ella me ve con impresión. Creo que es por la expresión que usé.
—¡Ella no es un objeto! —Me reclama mi mellizo.
Ruedo los ojos y la tomo de la muñeca.