Después de clases, me dirijo muy contentita a la clase de Galindo. Esteban no va conmigo pero imagino que estará en el baño, así que lo más seguro es que llegue después. El guapote me pone un ejercicio y después de quince minutos, me pregunta por Esteban
—Evelyn, ¿Esteban está enfermo?
—Mmm, no, profesor.
—¿Vino hoy a la escuela?
—Sí.
—Oh, es que nunca llega tarde a la clase —dice extrañado. Es cierto, Esteban siempre llega puntual junto conmigo, pero esta vez no llegó.
—¡Qué raro! —Exclamo.
Después de media hora, puedo afirmar que Esteban no vendrá a la clase; es la primera vez que falta. Galindo me da un pequeño receso y trato de marcarle para ver donde está, pero no responde; hago otro intento pero es lo mismo, me manda a buzón. Genial, él me tenía que llevar a casa pero no da señales de vida. Me molesta que ni siquiera me haya avisado que no iba a poder llegar a la clase, así le hubiera dicho más pronto a Marcos. De seguro él se encuentra despreocupado de la vida, pero ahora tendrá que ir por mí. Le mando un mensaje para decirle que vaya por mí a las cinco. No tarda en responder, para mi alivio, afirmando que estará a la hora exacta.
Después de la clase del guapote, me despido de él y me dirijo a la limosina que ya se encuentra esperando por mí. Antes de subir, noto que el auto de Esteban todavía se encuentra en la escuela. Quiero buscarlo y mentársela por no haberme dicho nada, además necesito saber dónde se metió y preguntarle por qué no fue a la clase, pero Marcos ya está ahí y no quiero hacerlo esperar. Al ir a casa, no puedo dejar de pensar en que voy a confrontar a Esteban para que suelte la sopa y me explique qué me está ocultando.
***
Al siguiente día, Esteban llega como siempre, saludando a todos y diciendo idioteces. Se ve más feliz y radiante que de costumbre.
—Hola, buenos días —saluda a todos—. Hola, Kike; hola, Mario… Hola, Tania, qué guapa te ves hoy.
—¡Ay, aléjate! —Chilla la pelirroja.
Esteban sigue saludando a todos hasta posarse enfrente de mí.
—¡Hola, amiguísima! —Dice sonriente, pero al notar mi expresión malhumorada se pone serio—. ¿Qué tienes?
—¿Por qué no fuiste a la clase de Galindo ayer? —Pregunto en tono serio. Él pone una expresión de asombro y, posteriormente, de arrepentimiento.
—Es que… Tuve que hacer cosas que surgieron de la nada y…
—¡No me mientas! —Reclamo en tono fuerte, haciendo que nuestros compañeros volteen a vernos con curiosidad, pero me vale—. No contestaste mis llamadas y al salir vi tu auto estacionado. —Bajo un poco la voz—. ¿Dónde estabas?
Comienza a ponerse nervioso. Una sonrisita torpe adorna sus labios y juega con los botones de su camisa.
—Es que… No volverá a pasar, te lo aseguro. —Me ve a los ojos.
—Mi mamá se enteró ayer de todo, ahora obligará a Marcos a que venga por mí. Dice que no sabemos cuándo tengas cosas que hacer, así que ya no podré regresar contigo.
Al escuchar eso, curiosamente su rostro muestra una expresión de alivio. Me enojo más, me hace sentir que fui una carga.
—Evelyn… —Quiero que continúe pero se queda callado.
—¿Qué?
—Es que… Seguiré yendo a las clases de Galindo, aunque tal vez haya días que no pueda, prometo avisarte.
—¡Pero explícame el motivo! —De nuevo alzo la voz y de nuevo atraigo la atención de todos, en especial la de nuestros amigos. Esteban se pone aún más nervioso, así que toma mi mano y me dirige fuera del salón para que no nos escuchen.
—Te lo explicaré —dice en un susurro—, pero no ahora, no puedo.
Alzo una ceja.
—¿Por qué no?
—Es… Complicado.
—¿Por?
—Evelyn, no puedo. —Me mira con una expresión llena de culpa y tristeza.
«Dijiste que ya no ibas a ser metiche» dice mi lado bueno, mi angelito. «Oh, pero por qué te oculta cosas, exígele a que te diga» ahora salió mi diablito. Me quedo pensativa, si no quiere decirme es por algo, no tengo derecho de obligarlo a hablar. Si yo tuviera un gran secreto, del cual no estuviera preparada para contárselo a nadie, no me gustaría que me presionaran para hablar, eso no hace un buen amigo. Tus amistades te ofrecen apoyo y están para ti cuando las necesitas, no te imponen ni te hacen sentir mal. Doy un gran suspiro.
—Lo siento, Esteban. —Él me mira con duda, de seguro creyó que le reclamaría más. —No voy a presionarte. Tampoco te sientas mal por no decirme, es tu asunto…
—Evelyn, yo…
—Está bien —le sonrío con sinceridad—. Si algún día quieres contarme, estaré para ti. Mientras no te presionaré.
—¡Gracias! —Exclama y me da un abrazo, acto que correspondo.
***
En el receso, mis amigos aprovechan cuando Esteban va al baño y me preguntan qué pasó con él en la mañana.
—Oh, nada. —Le resto importancia—. Ayer no fue al curso de matemáticas y no me avisó, pero ya se disculpó, le surgieron unos inconvenientes.