Mis encuentros con Esteban no son tan frecuentes, por lo mismo son intensos y apasionados. Los martes y jueves, días en que no hay clase de música, nos quedamos de ver en el salón donde nos besamos por primera vez. Es arriesgado, pero no hay muchas posibilidades de que nos descubran, ya que el prefecto nunca anda por los salones de talleres y el conserje llega hasta la seis, además de que casi no hay alumnos después de la hora de salida, más que los que se quedan a clases extras, pero en sí la mayoría lo único que quiere es ir a casa a relajarse. Me siento mal por romper las reglas, pero acepto que es lo que lo vuelve más interesante.
Mi relación con Esteban es casi igual antes, pero agregando el hecho de que esta vez hay besos y caricias de por medio. Podemos hablar de todo y nada, entrelazar nuestras manos, ver el hermoso cielo a través de la ventana; él acaricia mi cabello mientras yo beso su cuello. Es un experto en asaltar mi boca, robarme besos y hacerme suspirar.
La única que sabe de esto es Vanesa, no está de acuerdo, me lo ha dicho, sin embargo me apoya al ver que no cambiaré de opinión por el momento. Antonio, por su parte, sabe que algo me sucede, pero no se molesta en averiguar qué es.
Como ya no hay casi nadie después de clases, y los alumnos y profesores que se encuentran están ocupados en los talleres, Esteban me lleva a mi casa. Nadie nos ve, lo nuestro no se sabe, lo cual es mejor, así no hay rumores.
Le repito constantemente que no le diga a nadie, en especial a la hermana de Vanesa, he visto que son muy unidos, pero sé que ella no es discreta como mi amiga. De hecho, Evelyn me recuerda mucho a Celeste, pero más gorda; ambas se pintan el cabello —aunque una las puntas y la otra todo el pelo—, son muy habladores y dicen las cosas sin pensar… Se consigue amigas iguales.
Una tarde en que me encuentro besando el lóbulo de su oreja, se aleja de mí y me ve a los ojos.
—¿Qué?
—Helena, estaba pensando en que deberíamos vernos en otras partes, tener citas reales…
—Pero si salimos podríamos encontrarnos a alguien de la escuela.
—¿Y qué? No es tan malo que lo nuestro se sepa…
—No estoy preparada —susurro—. Todavía no le he dicho nada a Antonio.
—Deberías decirle.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Pues porque no, va a decirme que soy una idiota por salir contigo. —Lo señalo con el dedo índice. Él se cruza de brazos con molestia—. No me veas así, tú tienes la culpa.
—Sigues con lo mismo, ¿no puedes superarlo?
—¡Lo dices como si fuera tan fácil! —Reclamo—. Tú te encargaste de que todos en Flaubert pensaran que soy una promiscua —le recuerdo.
—Les expliqué que no era cierto.
—¿Y te hicieron caso? Me seguían llamando zorra a mis espaldas.
—Claro que no, tu paranoia te hace creer eso, no te llamaban de ninguna manera.
—¡¿Mi paranoia?! —Exclamo—. Ahora resulta que estoy loca.
—No quise decir eso… —dice con arrepentimiento.
—¿Sabes qué, Esteban? Esto que tenemos es muy tóxico, no deberíamos vernos más.
—Pero…
—Es lo mejor —me jacto.
—Helena…
—Vete.
Pero no se va, al contrario, se acerca a mí y me besa. Le correspondo, me gusta tanto que no lo puedo alejar.
Nos estamos besando desenfrenadamente, cuando de repente alguien entra al salón de música. Me separo de Esteban con rapidez, empujándolo levemente, y volteo hacia la persona que nos acaba de descubrir. Aprieto los puños al ver a la hermana de Vanesa, que se encuentra con la boca abierta, viéndonos con impresión. Y yo que creí que las cosas no podían empeorar.