Después del receso, me toca clase de Historia. Es una de mis materias preferidas, así que le presto toda mi atención. Al final de la clase, el profesor encarga un trabajo en parejas. Mi hermano y yo llegamos a un acuerdo cuando nos dejen este tipo de tareas, primero me tocaría hacer equipo con Vanesa y en la siguiente le tocaría a él. Es justo. Lamentablemente, la última vez me tocó a mí, así que ahora es su turno. Volteo hacia mis compañeros para tratar de escoger al menos inútil pero no puedo.
Un compañero, cuyo nombre es Sebastián, se acerca a mí. No he hablado mucho con él pero no tengo quejas en su contra. Es un chico de piel muy morena, alto y musculoso y de ojos verdes; en realidad es muy atractivo, aunque no es mi tipo. Está en el equipo de futbol como uno de los mejores jugadores, por eso tiene ese «físico perfecto», como dirían mis banales compañeras de clase.
—Helena, ¿podemos hacer equipo? —Pregunta con tono alegre.
—Sí, ¿por qué no? —Digo con tono indiferente.
—Cuidado con ella, Sebastián —se entromete Pamela—, ella es de las que no te recuerdan nada y tampoco te ponen en la hoja de presentación.
—No hay problema. —Le guiña el ojo. Son buenos amigos, por eso trato de mostrarme fría con él, no quiero más problemas.
Pamela rueda los ojos y dirige su atención a su amiga. Yo volteo hacia Sebastián.
—Necesito que me mandes información el fin de semana para empezar a hacer el trabajo —comento.
Él alza las cejas con diversión.
—Ey, pequeña —empieza. Hago una mueca de desagrado, ¿éste qué se cree?—, ¿podría mandártela la siguiente semana? Este fin de semana tengo una fiesta en mi casa.
—¿Y? —Alzo una ceja.
—Pues que no podré investigar nada. Por cierto, ¿quieres ir? —Me ve con coquetería.
—No, gracias —respondo con indiferencia—. Por cierto, si no me mandas la información a más tardar el domingo, no te pongo en la hoja de presentación. Si el fin de semana estarás ocupado, puedes empezar a buscar desde ahorita.
En vez de enojarse, suelta una risotada.
—Está bien, Helena.
Sonríe y me ve fijamente con sus enormes ojos verdes. Sin embargo, aún hay ciertos ojos oscuros que todavía me hacen perder la cabeza, aunque debo concentrarme para olvidarlos por completo.
***
Las clases han finalizado, en la salida de la escuela me encuentro esperando a Antonio, que fue al baño. Vanesa está con su hermana, esperando a que llegue su chofer, así que estoy sola. En un momento, alguien se acerca a mí y toma mi hombro por detrás. Me sobresalto y volteo con expresión enojada. Frente a mí se encuentra Sebastián.
—¿Qué quieres?
—Solo quiero decirte que si gustas, puedes ir a mi casa mañana para empezar a hacer el trabajo.
—No, gracias, mejor tú busca la información y me la pasas por correo.
—¿Segura? —Me dirige una mirada seductora—. Ninguna chica ha rechazado ir a mi casa antes.
—No tengo idea de por qué. —Me cruzo de brazos. No sé qué le pasa a este tipo. Ni me volteaba a ver y ahora se fija en mí como si fuera la única chica de la escuela. Primero le coqueteaba a Vanesa, pero al ver que mi amiga no le hace caso, ahora quiere hacer el intento conmigo… Idiota. Además el hecho de que sea amigo de Pamela no me da confianza, me da la impresión de que armaron un plan como en esos libros juveniles donde el tipo guapo seduce a la chica callada del salón para vengarse solo porque saca buenas calificaciones, o qué sé yo.
Al parecer todas mis respuestas le hacen gracia, pues ríe como estúpido ante mi contestación. Antes de que él comente algo, Esteban lo interrumpe.
—Helena, ¿podemos hablar? —Luce muy enojado. Tiene el ceño fruncido y los puños apretados.
—Ey, está hablando conmigo —se entromete Sebastián.
—No te pregunté a ti.
—No quiere hablar contigo.
—¿Y tú cómo sabes?
—Es obvio, porque está hablando conmigo…
—¿Quién te crees que eres? —Apoyo esa pregunta.
—Pues alguien mejor que tú.
Genial, lo que me faltaba. Ahora resulta que se están peleando por mi atención. ¿Y dónde está mi hermano cuando lo necesito…? Ninguno de los dos dice nada, solo se ven a los ojos, retándose. Yo estoy enojadísima con los dos imbéciles. Por suerte mi héroe no tarda mucho en llegar, Antonio se coloca al lado de los tres y alza una ceja. No comprende qué está pasando; no lo culpo, yo tampoco lo hago. Esteban y Sebastián dejan de verse y posan su mirada en mi mellizo.
—¿Qué está pasando?
—Nada, ya se iban, al igual que nosotros —comento, pasando por en medio de los estúpidos.
Antonio se les queda viendo durante unos segundos más, hasta que reacciona y me sigue. Después de dar unos pasos, se acerca más a mí.
—¿Qué pasó?
Niego con la cabeza.
—Los idiotas creen que tienen chance conmigo. —Me limito a responder.
Él se queda serio.