En el receso, estoy tratando de convencer a mis amigos para que me acompañen al partido. No quiero ir, prefiero quedarme a dormir, pero ayer Vanesa me persuadió para que vaya con ella y no me queda de otra más que cumplir mi palabra.
—Vamos, chicos, vayan conmigo —insisto—. Ahora resulta que ninguno puede, ¿entonces para qué los tengo…? Nah, es bromi.
—Me encantaría ir, en serio —dice Pamela—. Mi primo va a jugar y amaría verlo, pero lamentablemente mi madre tiene cita con su cardiólogo ese día y no podemos cambiarla —recuerda. Su madre es hipertensa y el médico que la trata se encuentra en una ciudad diferente, por lo tanto tienen que viajar para ir a verlo.
—No sé por qué tienen que ir a otra ciudad cuando aquí hay muy buenos doctores. —Me cruzo de brazos.
—Es su médico de años, no lo va a cambiar —comenta.
—¿Quién es tu primo? —Pregunta Ezequiel.
—No estudia aquí, va en la escuela de los Diamantes.
—Ah, entonces quieres que los diamantes ganen —dice Omar.
—Pues sí —sonríe.
—Traidora —le reclaman nuestros dos amigos.
—Es mi familia —explica.
—Bueno, ¿y es guapo? —Me entrometo—. Porque si es así preséntamelo.
Nuestros demás amigos ríen, no sé por qué, si no estoy bromeando.
—Es muy guapo, y no lo digo solo porque es mi primo —indica—. Aunque…
—¿Qué?
—Te lo puedo presentar para que sean amigos, pero no algo más.
—¿Por? —Alzo una ceja.
—No tiene mucho que regresó con su exnovia.
—Oh, ¡qué bien! —Exclama Esteban viéndola. Ella le sonríe.
—Mmm… Tenía que ser —murmuro. Vuelven a reír, ¿que soy su payaso o qué? —. Como sea —cambio de tema—, Esteban, tú ven conmigo, tú sí quieres. —Lo veo con ojos de cachorro triste.
—No puedo, Celeste viene de visita y ya quedé de pasar el día con ella —me recuerda. Cierto, me había comentado que su amiga vendrá a verlo. Al escuchar eso, Pamela se pone celosa, lo noto porque se tensa y sonríe forzadamente. Por suerte, Esteban también se da cuenta, pues le rodea el hombro con su brazo, lo que la tranquiliza. Me encantan, todavía no son novios pero es obvio que hay algo entre ellos.
—Alicia. —La miro suplicante.
—Evelyn, te dije que ese día tengo que acompañar a mi familia a un desayuno familiar.
Chingada madre, me voy a morir de aburrimiento ese día. El único consuelo que me queda es que voy a ver a los jugadores musculosos con sus pechos amplios, traseros perfectos y brazos marcados… Bueno, tal vez no sea tan malo.
***
El día del partido, Vanesa va a mi habitación tempranito para levantarme.
—¡Evelyn, levántate, en un rato nos tenemos que ir! —Dice emocionada.
—Mmm, Vanesa, vete… —me quejo. Amo a mi hermana pero que me deje dormir.
—¡No! —Chilla—. Vamos, hay que apoyar a nuestro equipo.
—Mmmcheequipoendejo —mascullo.
—¿Qué?
—Nada… Ya voy.
Me levanto y me quedo diez minutos viendo a la nada. Me doy una ducha rápida y me visto con unos jeans desgastados y una blusa negra. Bajo a la cocina y veo a Vanesa, que lleva un vestido amarillo. En serio que tiene el espíritu escolar, sin embargo el tono de su ropa es más bonito que el de la escuela.
—Mira, hice esto. —Señala unas banderitas triangulares amarillas y negras.
—Chido. —Alzo el pulgar.
Como siempre que voy con Vanesa, Marcos nos lleva, pues mamá lo sabe y no quiere que maneje.
Una vez que llegamos a nuestro destino, bajamos de la limosina y agradezco que no haya mucha gente en la entrada. Lo que menos quiero es que los chicos de esa escuela nos vean como bichos raros.
—Eve, no traje mis banderitas —se queja. Las olvidó en casa.
—Qué mal, ya vámonos.
—¡No! Vamos a entrar —dice. Suspiro, no me queda de otra.
La escuela de los Diamantes pone señalizaciones para dirigirnos a la cancha donde será el juego, así que las seguimos. Una vez dentro, vemos algunos estudiantes de los Diamantes y uno que otro de las Águilas. Las animadoras de nuestra escuela están en un extremo del pasillo, terminando de ponerse brillo labial; en un momento mi mirada se encuentra con la de Tania, que rueda los ojos y en seguida mira hacia otro lado. Ni quien quiera verla.
Le pido a Vanesa que me acompañe al baño para echarme agua en la cara, pues me muero de sueño. Luego nos dirigimos a la cancha y buscamos asiento en las gradas. Sigo a Vanesa, que se sienta junto a tres chicos, la primera es una hermosa chica de cabello y ojos oscuros; al lado de ella se encuentran su hermano —deduzco esto porque se parecen mucho, hasta puedo asegurar que son mellizos—, un papucho de pelo negro y ojos color esmeralda, y su cuñada, una teñida de ojos miel. Ésta, a diferencia de Tania que es más sutil a la hora de pintarse el cabello, lo tiene color cereza. No sé qué insistencia con teñirse de pelirrojas.