El extra que heredó el fin del mundo

Capítulo 1: El chico invisible

Taro Ashrai había aprendido, mucho antes de entrar a la Academia, que existía una manera de caminar para que nadie te mirara. No era encorvarse ni bajar la cabeza, eso igual llamaba la atención. Era caminar como si ya hubieras pasado por ese lugar mil veces, como si no hubiera nada nuevo que ver en ti. La gente dejaba de fijarse en lo que ya conocía. Taro se había convertido, con los años, en algo que todos ya conocían sin haberlo mirado nunca de verdad.

Esa mañana caminó por el patio central de la Real Academia de los Nombrados con esa misma costumbre, mientras el cielo sobre los tejados de piedra mostraba, como todas las mañanas desde que Taro tenía memoria, el reloj. No era un reloj de verdad, no tenía manecillas de metal ni una caja que lo sostuviera. Era una marca en el cielo, con números que nadie había puesto ahí y que sin embargo todos podían leer. Esa mañana marcaba siete años. Ayer también había marcado siete años, y hacía un mes marcaba siete años y dos meses, así que el cambio era lento, casi imposible de notar día a día, pero nadie en la Academia dudaba de que fuera real. Cuando el reloj llegara a cero, el mundo empezaría a borrarse. Eso lo sabían todos, desde los nobles con Rol hasta los sirvientes sin nombre que barrían los patios antes del amanecer. Nadie sabía por qué el reloj estaba ahí ni quién lo había puesto, pero llevaba tanto tiempo formando parte del cielo que la gente había dejado de hacerse esa pregunta en voz alta.

—Otra vez llegando tarde —dijo una voz detrás de él, y Taro no necesitó darse la vuelta para saber qué era Selo.

—Estoy llegando a la hora exacta en la que decido llegar.

—Eso es lo mismo que llegar tarde, solo que lo dices con más confianza.

—Eso es lo mismo que decir cualquier cosa con más confianza. No cambia lo que es.

—Ahora sí pareces mi profesor de lógica, y te aseguro que no es un cumplido.

Selo Marnier caminaba con las manos en los bolsillos y una sonrisa que parecía estar siempre a punto de convertirse en una broma. Era plebeyo, como Taro, pero a diferencia de Taro no tenía ningún interés en pasar desapercibido. Selo quería que todo el mundo lo mirara, todo el tiempo, aunque lo único que tuviera para mostrar fuera una capacidad casi sobrenatural para meterse en problemas sin salir nunca gravemente herido de ellos.

—¿Viste el reloj esta mañana?

—Lo veo todas las mañanas. Es difícil no verlo, ocupa medio cielo.

—Mi hermana dice que en su pueblo ayer marcaba una semana menos que hace un mes. Yo no le creo del todo, la gente siempre exagera con esas cosas, pero si fuera cierto...

—No lo es. El reloj se mueve despacio. Siempre se ha movido despacio. Si empezara a moverse rápido, lo sabríamos todos, no solo el pueblo de tu hermana.

Selo lo miró un segundo de más, como si notara algo raro en la forma en que Taro había respondido, pero no dijo nada. Ese era otro motivo por el que Taro toleraba a Selo mejor que a casi cualquier otra persona de la Academia: sabía cuándo insistir y cuándo dejar las cosas donde estaban. La mayoría de la gente no tenía ese instinto. La mayoría insistía siempre, hasta que conseguía una respuesta, aunque esa respuesta fuera mentira.

La Real Academia de los Nombrados ocupaba una colina entera al norte de la capital, con edificios de piedra gris que llevaban ahí más años de los que cualquier alumno vivo podía contar. Se llamaba así porque solo entraban ahí quienes tenían un Rol: Héroes, futuros líderes de ejércitos, cazadores de Vacíos con un destino escrito antes de nacer. Los Roles se manifestaban temprano, casi siempre antes de los diez años, con una marca invisible que solo los sacerdotes del Registro podían leer, y desde ese momento el niño dejaba de ser un niño cualquiera y pasaba a ser Nombrado. Un Héroe. Un Villano, a veces, aunque esos rara vez llegaban a estudiar en un lugar como este, porque el destino de un Villano no solía incluir cosas como estudiar. Un Guardián. Una Sabia. Cada Rol traía consigo un poder que crecía con los años, protegido —eso decían los libros— por la historia misma, como si el mundo necesitara que esas personas sobrevivieran para que la trama siguiera adelante.

Taro no tenía Rol. Había entrado a la Academia por una beca especial para plebeyos con talento en combate, una excepción rarísima que el director insistía en mantener porque, según él, hacía quedar bien a la institución. Taro sospechaba que la verdadera razón era que alguien necesitaba un cuerpo más para llenar las clases de combate básico, pero nunca lo había dicho en voz alta. No tenía sentido decir en voz alta las cosas que solo servían para hacer que la gente te mirara.

—Hoy toca clase con la profesora Draus —dijo Selo mientras cruzaban el patio hacia la sala de entrenamiento—. Espero que no nos haga correr otra vez. Ayer casi vomito.

—Ayer vomitaste.

Casi. Hay una diferencia importante entre casi vomitar y vomitar de verdad, y esa diferencia es mi dignidad.

Taro no sonrió, pero algo parecido pasó por su cara, algo que llevaba mucho tiempo sin practicar y que por eso le salía torpe. Con Selo era más fácil que con el resto. Con Selo no tenía que medir cada palabra antes de decirla, no tenía que calcular si algo lo hacía destacar demasiado. Selo ya sabía que Taro era raro, en el sentido de que hablaba poco y miraba mucho, y hace tiempo que había decidido que esa rareza no era un problema que necesitara resolver.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.